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BLOG

sáb

26

abr

2014

UNA HORA CON SATÁN

Ya podeis escuhar el podcast del especial Espada y Brujeria de Una Hora Con Satan. En este programa Dlorean Ediciones ha participado activamente:

http://www.ivoox.com/una-hora-satan-35-espada-brujeria-audios-mp3_rf_3056597_1.html

 

Dlorean, tu transporte a lo fantástico.

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jue

20

mar

2014

DLOREAN PUBLICARÁ LAS NOVELAS PULP DE HANK WESTWOOD

 

A ninguno os sonará el nombre de Henry Westwood. Normal. Puesto que Henry “Hank” Westwood no era un hombre famoso ni mucho menos. Y digo “era” porque el próximo autor novel que va a publicar Dlorean Ediciones lleva diez años fallecido.

 

Hace cosa de cinco años yo trabajaba en Enne Entertaintment. Allí coincidí con Pres Romanillos, ex director artístico de Disney (fallecido en 2010 a causa de una leucemia) Un día, hablando sobre autores pulp, me contó una anécdota, que había leído en alguna pagina americana. Un hombre había fallecido años atrás y un buen, un sobrino que había ido a cuidar a la viuda que estaba convaleciente por una caída,  encontró en su sótano más de cien novelas terminadas, escritas a máquina y atadas pulcramente con cuerda de embalar.  Una anécdota como otra cualquiera. Yo tengo un amigo que tiene más de cien comics dibujados, por pura afición y que nunca nadie ha visto (solo unos pocos colegas) Yo mismo tengo numerosos relatos cortos escritos que nunca se han publicado ni nadie ha leído. Aunque hay que reconocer que el tesón y la dedicación para escribir cien novelas protagonizadas por el mismo personaje no lo tiene cualquiera.

 

Cuando hace un año fundamos Dlorean Ediciones, el escritor Francisco Miguel Espinosa, gran aficionado al pulp, se puso en contacto con nosotros. Había leído en el blog de Barry Reese, en los comentarios, a un aficionado que contaba la historia de este hombre que tenía en su sótano más de cien novelas pulp. Francisco Miguel Espinosa nos propuso lo siguiente. El iba a ir a Estados Unidos por un tema de trabajo y se iba a alojar muy cerca de donde vivía la viuda de Hank Westwood. Por lo tanto, pretendía contactar con la viuda y tantear su disposición a publicar aquellas novelas (si eran publicables claro). Y nos confesaba Francisco Miguel que sobre todo lo hacía por curiosidad. Desde que supo que en un sótano había más de cien bolsilibros cogiendo polvo, no dejó de pensar en cómo serían. Nosotros le dijimos, claro está, que si las novelas eran medianamente buenas nos interesaban. Estábamos empezando y necesitábamos material.

 

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mié

08

ene

2014

LO QUE NOS TRAERÁ EL 2014.

Comenzamos año nuevo y para Dlorean nuestro segundo año de vida, por lo que queremos hacer un pequeño repaso de lo que nos espera en cada línea de cara a este año 2014.

 

En la colección Savage tendremos una nueva novela protagonizada por Jonathan Baker (la Garra) de la mano de su creador, Miguel Angel Naharro, titulada “La Isla en el fin del tiempo”.  También en  Savage tendremos un proyecto que está levantando muchísima expectación. Se trata de Weird West. Una línea de “bolsilibros” ambientados en el universo creado por Lem Ryan en “Cazadores de Vampiros” y que estarán escritos por gente de la talla de Raúl Montesdeoca, Luis Guallar, Carlos Díaz Maroto, Alejandro Castroger, Ana Moran, Néstor Allende, Miguel Ángel Naharro, Luis Guillermo del Corral,  etc…

También dentro de esta colección publicaremos a nuestro primer autor extranjero. Se trata de un magnifico escritor que ha firmado mas de cien “bolsilibros” protagonizados por un detective que investiga casos sobrenaturales.

Y por último pero no menos importante: un grupo de autores de mucha calidad (hay un finalista del premio Planeta y un ganador del premio Miguel Delibes) se han reunido para escribir “bolsilibros” dedicados a un agente secreto internacional que causará sensación.

 

En la colección Ciudadela, Joaquín Sanjuan nos deleitará con la segunda novela de Leyendas de Lácenor; fantasía épica de la buena. El maestro Lem Ryan introducirá a su bárbaro Katham en la colección ciudadela para disfrute de sus seguidores. Y os podemos asegurar que no será Katham el único Barbaro que desfilará por las páginas de la colección Ciudadela.

 

En la colección Tesla, Raul Montesdeoca nos traerá otra novela protagonizada por los agentes del Buró Britanico Patric Steed y Asha Ishikawa en una trepidante aventura. Mientras que Joseph Remesar nos obsequiará con “El sumergible” continuación de las aventuras del inspector James Usera-Brackpool, protagonista de “El Dirigible”. Y por supuesto habrá mas sorpresas en la colección Tesla.

 

No termina ahí la cosa. Iniciaremos la colección dedicada a la Ciencia Ficción con dos magnificas novelas: “En tierra prestada” de Amando Lacueva y “Sobrecarga” de Daniel Gutierrez. Dos autores veteranos que no necesitan presentación.

 

Incluso haremos nuestros pinitos en el género del terror con Julián Sánchez Caramazana y su segunda novela de la saga “La soledad del zombi”.

 

Por último, si las fuerzas lo permiten seguiremos publicando antologías. Más concretamente una dedicada al western y otra de terror que llevará el título de “Hotel Pandemonium” y que aglutinará relatos de dos figuras tales como Karol Scandiu y Miguel Ángel Naharro.

 

Y por supuesto que todavía habrá sitio para más sorpresas. En Dlorean seguiremos trabajando para que podáis tener el mejor pulp, steampunk, fantasía épica, ciencia ficción, etc…

 

Dlorean, tu transporte a lo fantástico... tambien en 2014

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mié

06

nov

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XVI

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

 

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO IV: LA ISLA DE LA MUERTE (TERCERA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

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mar

29

oct

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XV

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mié

23

oct

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XIV

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jue

17

oct

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XIII

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mar

08

oct

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III


ACTO IV

 

      Patrick miraba entre los barrotes de la celda a la inmensa foresta que se extendía en todas direcciones. Preguntándose en qué lugar de aquella maldita isla podría encontrarse Asa. Había sido escoltado hasta el gran muro que habían visto en la lejanía por los hombres de Herr Moeller, un psíquico prusiano y miembro del equipo del Doktor Otto von Grueber.

   Los prusianos habían establecido su base dentro del propio muro, que era impresionante en tamaño y resultó no ser una construcción compacta. Disponía en su interior de espaciosas cámaras y de varios pisos de altura. El enclave era ideal para los siniestros planes del Doktor, crear un ejército controlado por sus psíquicos con la terrible fauna de la Isla de la Muerte.

   Steed observó por el ventanuco que junto a la cara interna del muro se había excavado un foso de proporciones grandiosas, no se habían escatimado esfuerzos en mantener a raya a las criaturas que poblaban el lugar. Cosa que a Steed no le extrañaba lo más mínimo. El único camino que unía el poblado con la jungla parecía ser un descomunal puente levadizo de piedra incrustado en el gran muro. La cantidad de energía necesaria para mover la enorme pieza de roca tenía que ser asombrosa.

   En la amplia celda estaban también los supervivientes de la partida de rescate entre los que se contaban Lord Highbourne, el sargento Henry Dickinson y una decena de los diezmados piratas malayos con su líder Kemal, el Tigre de Malasia. Nadie hablaba en aquellos momentos, el desánimo se había abatido sobre el grupo. Tan solo Lord Highbourne parecía mantener el buen humor y se dedicaba a la realización de su estricta tabla de ejercicios diarios.

— ¿Qué es lo que trataban de mantener dentro para construir un muro de tal tamaño?

   Fue Kemal quién rompió el silencio de la estancia.

   Steed se volvió hacia el interior y respondió.

— Sinceramente, espero que no tengamos que averiguarlo.

   Patrick tenía intención de continuar la conversación pero el sonido de unos pasos que se acercaban desde fuera de la celda acapararon toda su atención. Poco después oyeron descorrerse los pesados cerrojos que les retenían prisioneros y vieron perfilarse en el dintel a un hombre con el uniforme de la infantería prusiana. Portaba un rifle en sus manos, al igual que lo hacía el otro soldado que le acompañaba.

— Lord William Highbourne y Sir Patrick Steed, hagan el favor de acompañarnos.

   Las palabras, dichas con fuerte acento alemán, eran amables. Pero no las expresiones de los soldados y su tono.

   Fueron conducidos a través de un intrincado laberinto de pasillos y escaleras hasta una sala que se hallaba en el nivel superior. Era amplia y luminosa, daba al lado exterior del muro. Podían divisar el mar y también un extraño poblado de piedra que se asentaba en una estrecha franja rocosa. Steed advirtió movimiento entre las edificaciones pero no logró identificar la procedencia de sus habitantes. Debían pintar su piel con algún pigmento pues aquella tonalidad no se correspondía con ninguna que el británico hubiese visto antes. En el centro de la sala se había dispuesto una mesa con lo que debía ser la versión local de un banquete. Unas sospechosas salchichas, pescado frito, algunas frutas y vegetales. Además de una especie de gachas blancas que intentaban asemejarse al puré de patata pero que estaba claro que no lo era. Se habían dispuesto tres sillas alrededor de la mesa y en la que presidía se encontraba Herr Hans Moeller, baronet de Wolfstadt como a él le gustaba presentarse pomposamente. Después de ser invitados a la mesa por su particular anfitrión, Steed y Lord Highbourne tomaron asiento. El prusiano despidió a los dos soldados.

— Pueden retirarse, no hay peligro alguno. Al fin y al cabo estamos entre caballeros. —sonrió a sus invitados Herr Moeller levantando su copa

   Los dos militares desaparecieron cerrando la puerta tras de sí. Cuando quedaron solos, el prusiano les animó a que probaran la comida.

— Vamos, no sean tímidos. Deben estar hambrientos, sedientos y cansados. Repongan fuerzas. Las salchichas están hechas con la carne de una especie de oso nativo. Son enormes esos animales, aunque ya se habrán dado cuenta de que todo en esta isla tiende a ser muy grande. Es lo más comestible que hemos encontrado por aquí. Entre nosotros, les recomiendo que no prueben la carne de los lagartos, es repugnante. Y el puré de patata lo hacemos con la corteza fermentada de unos arbustos que crecen en abundancia por los alrededores. Una receta que hemos copiado a los nativos.

   El prusiano hablaba atropelladamente, saltando de una idea a otra y sin parar. Al ver que no permitía meter baza a sus acompañantes comentó.

— Les ruego me disculpen. No les dejo hablar. Es que hace tanto tiempo que no podía disfrutar de una conversación entre iguales. Desde que Hendrik y el Doktor Otto von Grueber se marcharon no ha habido oportunidad. Echo de menos incluso al bruto de Gunther, el jefe de la escolta del Doktor...¡jajaja!...Estoy haciéndolo otra vez, perdónenme.

   Steed maldijo interiormente aunque mantuvo las formas. Von Gruebel no estaba, una vez más el maldito científico se le escurría entre las manos. Y con él, las posibilidades de averiguar algo más acerca del paradero del profesor Barnaby, que continuaba retenido y en paradero desconocido. El agente británico intercambió una mirada cómplice con Lord Highbourne, el cual mediante discretas señas le pidió calma.

— Le agradecemos de todo corazón que nos haya invitado a este opíparo festín. —agradeció Lord Highbourne con una educación exquisita

   El noble se sirvió dos salchichas y un poco del puré. Haciendo uso de los cubiertos, probó los manjares y dijo.

— No están nada mal, dele mis felicitaciones al chef.

   El prusiano rió complacido y respondió.

— Hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos. Hablando de todo un poco, fue una suerte que les encontráramos en aquel momento, aunque no una casualidad. Les habíamos visto antes de que pusieran un pie en la isla. Tenemos ojos en el cielo.

   Steed recordó el ojo mecánico que lucía uno de los pterodáctilos que les habían atacado a su llegada. Empezó a prestar más atención a la cháchara incesante de Herr Moeller. La conversación empezaba a ir por derroteros más interesantes que la composición e ingredientes de aquella bazofia pseudo prusiana.

— Su llegada no pudo ser más oportuna. —concedió Lord Highbourne a Herr Moeller

— De haber tardado unos minutos más ahora serían ustedes el próximo menú de los Death Runners.

   Al ver la expresión de desconocimiento en sus invitados, el baronet tuvo a bien aclarar.

— Ese es el nombre que dan los nativos a esos extraños dinosaurios que lucen una cresta de plumas en sus cabezas y espaldas, La Muerte que Corre. Son unas criaturas increíbles como todo en esta isla. ¿Sabían ustedes que el Muro está alimentado por un generador que se alimenta de energía geotérmica y que sería capaz de abastecer a varias capitales europeas? Apenas hemos empezado a escarbar en los secretos de este sitio.

   Conforme hablaba su mirada se perdía, ensimismado y extasiado a un tiempo.

— Hasta ahora no habíamos podido atrapar a ningún Death Runner. Son esquivos y muy inteligentes. Después de su encuentro con ellos deduzco que se habrán dado cuenta de que no son simples animales.

   Steed asintió a la afirmación del prusiano con la intención de animarle a que siguiera su relato e intentar averiguar que estaba pasando.

— Los experimentos con los Tiranosaurios fueron un éxito aunque en el fondo sólo son máquinas de destrucción que podemos apagar o encender. Útiles pero muy poco versátiles. Ahora gracias a su gas somnífero —comentó señalando a Lord Highbourne—, hemos podido recuperar tres ejemplares de Death Runner en perfecto estado. Las posibilidades de estas criaturas son ilimitadas. Son unos tácticos excelentes, temibles en el combate cuerpo a cuerpo y tienen a su servicio todo un ejército de velocirraptores que les sirven como perros fieles. Formarán una feroz fuerza imparable y lo mejor es que estarán bajo el control de La Liga de Hierro.

   Patrick ya había oído lo suficiente como para saber que tenía que hacer lo imposible para evitar que los planes de aquel loco se llevaran a cabo.

— ¿En qué situación nos deja eso a nosotros? —preguntó con semblante serio Steed que hasta el momento no se había pronunciado palabra

   Herr Moeller respondió un tanto a disgusto.

— Me temo que su presencia en esta isla no estaba autorizada, así que deberán permanecer aquí hasta que regrese el Doktor y tome una decisión sobre ustedes.

— ¿Y cuándo será eso? —insistió Steed

— Puede que sean varios meses. Herr Gruebel tuvo que marcharse por cuestiones de salud y el tratamiento podría tomarse su tiempo.

   Steed, evidentemente molesto añadió.

— Espero que se trate de algo muy grave y doloroso.

   El prusiano perdió el apetito de repente y abandonó la sala. Dió órdenes a los hombres que le esperaban fuera de que regresaran a los dos británicos a la celda comunal. Seguidamente se dirigió hacia el área de estudios. Ardía en deseos de poder investigar a sus más recientes y preciadas adquisiciones, tres ejemplares adultos de Death Runner en un inmejorable estado de salud.

   Estaban dentro de una sólida jaula con estrechos barrotes de acero germano en una sala interna del muro, que se había improvisado como laboratorio. Hans Moeller estableció contacto visual con uno de los animales.

   Era un psíquico. No lo suficientemente bueno para ingresar en las Escuelas de Hechiceros de Batalla, pero habilidades como la suya siempre encontraban una utilidad. Su oportunidad se había presentado cuando el Doktor Otto von Grueber le había reclutado para su proyecto.

   Los ojos de la criatura eran intimidantes. Hans Moeller mantuvo el tipo, sabiéndose a salvo al otro lado de la reforzada reja. Poco a poco fue derribando las barreras mentales de la criatura para tratar de llegar a lo más profundo de su psique. No fue una sensación agradable en un principio. Era tan distinto a las experiencias que había tenido con otros dinosaurios. No se parecía ni remotamente a lo que había sentido con los pterodáctilos o los tiranosaurios. Aquí había algo más, una inteligencia más poderosa de lo que había supuesto. Lo que sentía era ajeno a todo lo humano, un sentimiento primigenio que le evocaba tiempos remotos y oscuros. Como si a través de la mente de aquel ser pudiera acceder a los recuerdos de toda su especie.

   ¡Una mente colectiva! Totalmente asombroso. Hans Moeller estaba muy excitado por lo que aquello implicaba. Había una especie de red psíquica entre toda la especie. Eso significaba que si conseguía entrar en esa red y controlarla, tendría a todos y cada uno de los Death Runners bajo su dominio. Casi temblaba ante tanto poder. Y estaba ahí para que lo cogiera con sus manos.

   El psíquico prusiano continuó con su sonda psíquica. Tenía que saber más. Conforme caían las barreras mentales de la criatura fue consciente de que la red no solo comunicaba a los Death Runners entre sí, existía también un nexo común. Hans Moeller no consiguió acceder al nodo central de la mente colmena. Las defensas eran demasiado fuertes para él. Tenía todo el tiempo del mundo y sabía que tarde o temprano acabaría accediendo a la llave que abría la puerta a un poder nunca visto antes por ningún otro ser humano.

   Moeller tuvo que descansar, estaba agotado después de su infructuoso intento de vencer la barrera que protegía al cerebro que guiaba a aquellas bestias. Una palabra se repetía en su cabeza como el eco de un susurro.

   Hela, Hela, Hela.

   ¿De qué le sonaba aquel nombre? ¿Cómo sabía siquiera que era un nombre? De pronto lo recordó. Durante su estancia en la isla había oído a Gorodo, un guía de Borneo que les había indicado la ruta hasta la isla y que chapurreaba la incomprensible jerga de los nativos, contar historias sobre la diosa Hela.

   La Muerte que Corre.

   Las estúpidas supersticiones de aquellos salvajes hablaban de que el Gran Muro había sido construido por sus antiguos amos para contener a Hela y su hueste. Los indígenas realizaban sacrificios humanos a la diosa, una costumbre que los prusianos se apresuraron a prohibir. Esas prácticas no eran tolerables para un caballero prusiano.

 

 

 

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mar

01

oct

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA XI

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

 


ACTO III

 

      Asa no había podido separarse de su peluda compañía. Junior no le quitaba el ojo de encima. En cuanto se separaba demasiado, el gorila se acercaba a ella con un trote ligero y saltarín rodeándola con un brazo tan grande como la propia mujer e invitándola a regresar a su lado. Había dado el nombre de Junior al más pequeño de los gorilas, si es que se podía llamar pequeño a un ser que la duplicaba en altura. El de pelo blanco.

   El mayor de los dos, un gigante de pelo negro que sobrepasaba las seis yardas de altura, había sido bautizado como Flabius. El mal genio de la enorme criatura y su andar encorvado le recordaban en cierta manera al profesor Barnaby, por lo que Asa se decidió en llamarlo con su nombre de pila.

   Flabius se había mostrado muy reacio a la presencia de la humana. En su primera reacción trató de ahuyentar y de intimidar a Asa con sus potentes rugidos y golpeándose el pecho al tiempo que mostraba sus amenazadores colmillos. A la japonesa no le habría importado huir pero Junior se convirtió en su principal valedor ante aquella imponente montaña peluda de músculos. El gorila blanco la arropó entre sus enormes brazos, protegiéndola. Primero emitió un rugido fuerte que, ante la mirada de reprobación del mayor de los mega primates, se fue convirtiendo en un gritillo lastimero y casi de súplica a su final. El gran gorila de oscuro vello terminó resoplando en un gesto que a Asa le pareció de resignación y acabó por tolerar la presencia de la mujer. Si bien no mostró mayor interés por la diminuta humana.

   No cabía duda de que existía una relación entre aquellos dos enormes seres. Debían ser miembros de una misma comunidad o incluso de una misma familia. Pudiera ser que Flabius fuera el padre de Junior, aunque el diferente color de su pelaje hacía dudar de esa teoría a la kunoichi. Otro pensamiento la asaltó. Tenía delante a papá gorila y al pequeño gorila, a la fuerza debía existir una mamá gorila. ¿Donde se encontraría?

   Con la llegada de Flabius, Asa se dio cuenta de que Junior era poco más que una cría. Casi un bebé a pesar de su extraordinario tamaño. Ahora entendía ciertas cosas de su comportamiento. Su afabilidad y su simpatía provenían de la inocencia de un mundo que aún no conocía, de unos ojos que veían casi todo por primera vez. Su carácter juguetón y cariñoso, todo encajaba. Flabius era todo lo contrario. Hosco y huraño, poco comunicativo incluso con Junior. Tenía el cuerpo cubierto de cicatrices causadas por la peligrosa fauna de la isla. En el tiempo que Asa pasó con los dos simios observó algo en la mirada perdida del gran Flabius, un aire de tristeza que impactó profundamente a la mujer.

   A poco de la aparición del mayor de los gorilas, este se giró. Dio unos pasos lentos y pesados alejándose para luego detenerse y mirar atrás. Con un rugido seco y un tanto desganado indicó a Junior que le siguiera. El joven gorila albino se dispuso a obedecer sin rechistar. Trató de agarrar a Asa para transportarla en su brazo derecho. La japonesa ya había sufrido la nada agradable experiencia y no estaba dispuesta a repetirla.

— ¡No! —le gritó a un sorprendido Junior

   El simio blanco tenía los ojos como platos y estaba inmóvil. Hasta el momento el gorila albino había tratado muy bien a Asa, pero no estaba del todo segura hasta que punto podía poner a prueba la paciencia de Junior.

— ¡Espera! Es mucho mejor así. —dijo en un tono más bajo y conciliador

   La mujer, apoyando su pie en la rodilla del simio, se encaramó en la blanca y peluda espalda agarrándose a su ancho cuello con sus brazos.

— Ahora podemos irnos.

   Al gorila blanco la idea le debió parecer divertida y salió tras de su oscuro congénere con sus habituales saltitos. Asa se percató de que el gran gorila negro había seguido atentamente la escena de su pequeña reprimenda a Junior. En cuanto su mirada se cruzó con la de la mujer continuó andando sin volver a mirar atrás.

   La extraña compañía continuó su marcha durante un buen rato.  La lluvia paró y unos tímidos rayos de sol tiñeron el paisaje con su luz. Asa iba a lomos de Junior, el aire fresco y limpio le daba en la cara, era una sensación muy agradable. Desde su privilegiada perspectiva pudo ver con nuevos ojos su entorno. Llegó a apreciar la belleza natural de aquel lugar. Una belleza salvaje y peligrosa en donde la muerte te espera tras cada esquina pero llena de vida a un tiempo. Durante el trayecto se encontraron con todo tipo de fantásticos animales. La mayoría de ellos grandes y tranquilos herbívoros, otros no tenían un aspecto muy pacífico pero la presencia de Flabius en los alrededores los disuadió de querer acercarse más de lo que la precaución manda.

   Tiempo después el gran gorila negro se detuvo en una zona en la que abundaban las charcas para saciar su sed. Los estanques naturales abundaban por doquier, lo que era lógico dada la gran cantidad de agua de lluvia que recibía aquella isla. Junior dejó que Asa descendiera de su grupa y se dirigió también al agua. Asa se desperezó tratando de reactivar la circulación de su cuerpo para seguidamente imitar a sus peludos amigos. Encontró una charca de varias yardas de diámetro y poca profundidad en la que el agua estaba clara y transparente. El sol, que había aumentado su intensidad, hacía que la luz se reflejara en la tranquila superficie convirtiéndola en un espejo. Asa vio su propia imagen  y tardó unos segundos en reconocerse. Las mangas de su kimono de dos piezas habían desaparecido y lo mismo había pasado con buena parte de su falda. Dejando a la vista sus hombros, vientre y sus largas y hermosas piernas. Los trozos de ropa habían sido utilizados para vendar a Junior. Estaba sucia, con la piel cubierta de tierra y polvo. Asa pensó que con su aspecto actual, casi el de una salvaje, no desentonaba lo más mínimo allí. Bebió hasta calmar su sed.

   Miró a sus animales compañeros que disfrutaban del agua refrescante. Cada uno a su manera. El pequeño Junior con estridentes zambullidas en la charca y Flabius con resoplidos de satisfacción se echaba agua en la cabeza que recogía con sus gigantescas manazas. Estaban entretenidos y no le prestaban atención.

   A pesar del noble comportamiento que los animales habían demostrado, sobre todo Junior, Asa sabía que aquel no era su sitio. Por muy hermoso y salvaje que pudiera ser, echaba de menos con todo su corazón a Patrick. Intentaba no pensar mucho en él, manteniéndolo siempre en la periferia de su consciencia pero la punzada de angustia en su pecho permanecía. Tenía que huir y tratar de reunirse con el resto de la expedición.

  Ligera y sigilosa como una gacela, la kunoichi se movió a grandes zancadas, buscando siempre la protección de arbustos o ramas bajas para mantenerse fuera de la visión de los grandes simios. De tal manera llegó hasta una zona cubierta de frondosos helechos que la superaban en altura. Una ruta de escape ajena a los ojos de los gorilas y situada en contra de la dirección del viento. Cuando creyó estar lo suficientemente lejos de sus captores abandonó todo sigilo y corrió con todas sus fuerzas tratando de poner tierra de por medio.

   No podía decir cuánto tiempo duró su agitada travesía, Asa se detuvo cuando su cuerpo se encontraba al borde de la extenuación. Se dejó caer apoyando su espalda en el tronco de un árbol de buen tamaño para recuperar el aliento. Tenía que regresar a la cima de la montaña, donde había aterrizado el Intruder. Tenía un largo camino por delante y necesitaba descansar, simplemente no le quedaban fuerzas para continuar caminando. Buscó un lugar en los alrededores donde pudiese estar segura y tratar de reponer energías, con suerte incluso dar una cabezadita. Decidió que lo mejor sería subir a una de las amplias ramas del árbol, eso la protegería al menos de los depredadores terrestres.

   Estaba valorando por donde acometer la escalada cuando un rugido atenuado le llegó desde su espalda a no demasiada distancia. La habían cogido con la guardia baja debido al cansancio, de no ser así no habría conseguido acercarse tanto sin que la kunoichi se hubiese percatado de ello. Asa se giró lentamente e intentó que la sorpresa no se reflejara en su rostro.

   Frente a sí, a menos de dos yardas, se erguía un enorme felino. Incluso a cuatro patas debía sacarle un pie de altura a la mujer. Parecía un tigre exageradamente grande y lucía en su mandíbula superior dos colmillos que sobresalían de su boca y que no debían de ser mucho menores en longitud que su espada corta, pensó la mujer.

   Estaba agotada y se sentía derrotada de antemano pero no iba a abandonar este mundo sin presentar batalla. Con movimientos lentos trató de agarrar la empuñadura de sus katanas del arnés que las sujetaba a su espalda. Una voz se lo impidió.

   El sonido, claramente humano aunque en una lengua que Asa no comprendió, le llegó desde unas yardas a su izquierda. Al mirar en aquella dirección se encontró a una joven de exótica apariencia. Su piel era de un oscuro color gris ceniza, un tono que la japonesa no había visto antes en ningún otro lugar del globo. Se vestía con una rudimentaria y corta túnica sin mangas. Llevaba varios collares trenzados al cuello en los que se veían engarzados cráneos de pequeñas criaturas. Su pelo era de un color rojo muy intenso, Asa suponía que debía haberlo teñido con algún tipo de arcilla ya que en su oscura cara se veían dibujados símbolos tribales del mismo tono. La muchacha tenía una belleza extraña y salvaje, como la propia isla.

   Asa suspiró agradecida, incluso en aquellas extrañas circunstancias se agradecía ver una cara humana. Además, el tigre de los enormes colmillos mostraba una curiosa sumisión hacia la recién llegada. A la vista de lo evidente, la isla contaba con población nativa. Una señal que le insufló algo de ánimo.

   La joven volvió a hablarle en su ininteligible idioma. Asa no comprendía nada pero repetía una y otra vez la palabra “Ula” mientras se señalaba a sí misma y sujetaba los avalorios que portaba. La japonesa no estaba segura de si era su nombre o su título pero trató de hacerle entender su nombre de la misma manera y la muchacha repitió.

— A..sssa.

   El sonido de su propio nombre arrancó una sonrisa a la kunoichi.

— No está nada mal para ser la primera vez.

   Entonces Ula empezó a hablar sin parar y a toda prisa. Algo le urgía, es lo único que Asa pudo sacar en claro de su larga parrafada. Valiéndose de señas, la japonesa explicó que tenía que dirigirse montaña arriba, apuntando con su índice hacia lo alto del pico. La joven protestó y señaló hacia la costa. Asa imaginaba que le decía que ella se dirigía a otro lugar y se despidió de la nativa pero esta la retuvo agarrándola del brazo y señalando de nuevo hacia el mar. La kunoichi se liberó de la presa haciendo palanca con su antebrazo y dio un paso atrás, empezaba a no gustarle la actitud de Ula.

   El enorme tigre profirió un profundo rugido de advertencia y sus patas se tensaron al tiempo que se agazapaba, presto para saltar. En esa posición quedó inmóvil.

   Asa no podía creer en su mala suerte. Había conseguido despistar a los gorilas gigantes solo para volver a ser retenida por una indígena y su enorme mascota felina. La chica no parecía tener intenciones hostiles pero se mantenía inflexible en su decisión de dirigirse hacia el exterior de la isla y no iba a irse sin la japonesa. Así que por segunda vez se vio obligada a tomar una ruta que volvía a alejarla de Patrick y del resto de los suyos. Con aquel enorme gato merodeando no quedaba otra que aceptar la decisión de la muchacha de oscura piel, por lo que Asa se unió reluctante a su nueva partida.

   Cuando se disponían a iniciar la marcha, oyó una serie de chillidos cortos y familiares, seguido de uno más potente y gutural un poco más alejado. Desde un lado del sendero se acercaba con su bamboleante paso Junior, seguido varias decenas de yardas más atrás por el siempre vigilante Flabius. Su desesperado intento de huída no había valido absolutamente para nada, los gorilas habían vuelto a encontrarla. Conforme los simios se acercaban, Ula señaló a las dos criaturas y dijo:

— Uhur. KiUhur.

   El primero de los nombres se refería a Flabius y el segundo a Junior. Asa se sintió un tanto desilusionada en su fuero interno al saber que los animales ya tenían nombre. Flabius y Junior los hacía un poco más suyos pero también sabía que no debía aferrarse a las cosas.

   Algo que sorprendió en sobremanera a Asa sobre Uhur y su hijo, suponía que KiUhur debía significar algo así como El Hijo de Uhur, fue que los dos simios se unieran a la comitiva de Ula de una manera natural, como si fuera la joven quien condujera a aquella atípica manada compuesta por dos grandes gorilas, un enorme tigre con dientes de sable, Asa y la enigmática Ula.

 

 

 CONTINUARÁ

 

 

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mié

25

sep

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA X

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

 


ACTO II

 

   Patrick Steed corría por su vida. Estaba empapado tanto por la fina lluvia que se colaba desde lo alto de las copas de los árboles como por su propio sudor. Corría buscando un camino a la salvación esquivando la maleza que encontraba en su camino, en una loca carrera por la supervivencia donde apenas podía saber donde pisaría en su siguiente paso. Detrás de él y no demasiado lejos, seguía oyendo los gritos de los piratas malayos que formaban el grueso de la expedición de rescate. Caían bajo las fauces y las garras de sus siniestros perseguidores. Unas criaturas de pesadilla de escamas rojizas, en apariencia similares a otros grandes saurios que habían visto en aquella maldita isla pero con una inteligencia nunca vista antes en un animal. Caminaban a dos patas y eran de aspecto reptilesco. Lucían unos penachos que les daban cierto aspecto de ave a la par que un aspecto algo ridículo, pero la mirada de sus ojos y sus hocicos de cocodrilo poco tenían de ridículo y sí mucho de peligrosos.

   Aquellos extraños seres eran capaces de empuñar armas primitivas. Steed había podido ver de soslayo en una ocasión como una de las criaturas se había valido de una rudimentaria lanza corta para ensartar a una de sus víctimas. En contadas ocasiones se detuvo a recobrar el aliento, aprovechando dichos instantes para disparar una ráfaga corta con su pistola automática. Estaba seguro de haber acabado con dos de las criaturas pero continuaban apareciendo más tras ellos y a los lados.

   Steed suponía que Lord Highbourne, el sargento Dickinson, Kemal el malayo y sus hombres debían estar en las cercanías tratando también de salvar sus vidas. Era imposible saberlo con exactitud. El grupo de rescate se había desperdigado a la desbandada y apenas se podía ver a unos metros de distancia ya que la vegetación era muy tupida. El agente británico tenía la terrible sensación de que eran ganado que unos siniestros cowboys conducían al matadero. Estaba a punto de descubrir lo acertado de tal comparación. Los monstruos hostigaban en los flancos al grupo de humanos, dejándoles una única ruta de escape. Pero no había otra opción que correr. Dentro de la jungla y separados los unos de los otros estaban condenados frente a unas criaturas que se movían con un sigilo asombroso y que aparecían de todas partes. Aquellas no eran un grupo de bestias comunes cazando para su supervivencia. Era un ataque planeado y coordinado. Los reptiles se enviaban señales sonoras y corregían su rumbo según los avisos para mantener a sus presas en una ruta previamente establecida. Había que concederles que su táctica les estaba funcionando a las mil maravillas.

   Al frente pudo ver luz entre la vegetación, una señal de que la jungla se hacía menos espesa en aquel lugar. Quizás un claro en el que poder reorganizar a la partida, buscar algo de cobertura y preparar una defensa. Hasta el momento no habían sido más que peces en un barril. Recorrió el último tramo de jungla y efectivamente llegó a la linde de una llanura limitada al otro lado por una gran pared rocosa. Una pequeña catarata había creado a lo largo de miles de años de erosión un entrante de considerable tamaño, la mejor y única seña del paisaje donde intentar devolver el fuego con cierto grado de éxito. Lord Highbourne ya se encontraba en el llano cuando Steed llegó. El noble tenía una forma física envidiable, ni siquiera parecía cansado. Poco después aparecieron el sargento Dickinson y Kemal, seguidos de un rosario desordenado de piratas malayos. Sin perder tiempo, Lord Highbourne reorganizó a los hombres. El sargento Dickinson, tras entregar el rifle especial de aire comprimido que había cargado para el noble, dió ejemplo a la tropa de lo que debían hacer. Apunto su rifle contra la muralla verde de la jungla y empezó a retroceder disparando en cuanto uno de aquellas monstruosidades osaba aparecer su horrible hocico. Kemal ordenó a sus hombres que imitaran al suboficial británico, lo que se apresuraron a hacer con gran eficacia.

   Patrick Steed no dejaba de pensar que se estaban dirigiendo a donde las criaturas querían que se dirigieran. No había otro curso de acción posible, tenían que buscar alguna cobertura o acabarían siendo rodeados en el llano y perderían gran parte de la ventaja si debían defender varios flancos. Consiguieron mantener a los monstruos a raya hasta llegar a la entrada de la abertura natural de la roca. Era lo suficientemente amplia para albergar a los que habían sobrevivido a la cacería humana y mucho más. Conforme fueron entrando a la gran oquedad se dieron cuenta de que el lugar daba acceso también a un valle oculto que no habían podido ver desde su posición original. El aspecto de aquel sitio no podía ser más  aterrador.

   Una alfombra de huesos de todo tipo de especies cubría la práctica totalidad de la zona. En algunas partes el montón de osamentas superaba la yarda de altura. Aquellos siniestros restos llevaba siendo depositados allí durante cientos de años, quizás miles. El olor a muerte y carroña que llegaba desde aquella dirección era casi doloroso. En el centro de la depresión natural vieron amontonados animales a medio devorar. El que más llamaba la atención era el cuerpo de una gigantesca hembra de gorila, a la que una pequeña legión de los monstruos de los extraños penachos se afanaba en arrancar grandes trozos de su cadáver para repartirlos entre sus congéneres, que esperaban ansiosos su ración a los pies del colosal cadáver. La llegada de los humanos no pasó inadvertida para las odiosas bestias y muchos de ellos perdieron interés en la carne de gorila. La carne fresca de humano debía resultarles más suculenta. A fin de cuentas el simio ya no iba a ir a ninguna parte.

   Con una precisión digna del mejor de los ejércitos dos grupos de reptiles empezaron a avanzar hacia ellos en semi ordenada formación. Unos procedentes del valle y otros de la linde de la frondosa jungla. Estaban atrapados, no había salida. Habían caído en la trampa de cabeza.

   Antes de que el desánimo causara su efecto el sargento Dickinson ya vociferaba órdenes.

— No desperdiciéis ninguna bala. No disparéis hasta estar seguros de que acertaréis a esos cabrones en medio de los ojos. —enfatizó señalando su rifle y su entrecejo con el dedo índice

   Algunos de los piratas no entendían inglés pero agradecieron una voz firme en aquellos momentos. Su líder Kemal tradujo las instrucciones del sargento a la tropa, además de darles consejos de cosecha propia. Los defensores se agruparon formando una línea,. Dejaron sus espaldas cubiertas por el muro rocoso y se aprestaron a enfrentarse a un destino bastante más que incierto.

   Los saurios de los penachos se detuvieron a una distancia prudente. Aprendían rápido. Se habían dado cuenta de lo peligrosas que eran las armas de sus presas y no parecían dispuestos a una carga frontal. Si la patrulla de rescate había sido diezmada, las criaturas también se habían llevado su cuota de bajas. Una de las criaturas lanzó un sonido que no les habían oído hasta el momento y varias más de ellas se unieron a la llamada, produciendo una siniestra cacofonía. Al poco tiempo una lenta pero incesante horda de criaturas más pequeñas y de color gris, a las que Lord Highbourne se refirió como velociraptores, comenzó a congregarse alrededor de los seres de los penachos a los que el noble no supo encontrar un nombre.

— En todos mis años como cazador jamás ví nada parecido. Esas criaturas son asombrosas. —exclamó Kemal

— Sí, deberíamos invitarlas a tomar el té algún día. —se quejó un picajoso Dickinson

   Lord Highbourne, muy en su estilo, trató de intermediar entre los dos hombres.

— Sé a lo que se refiere Mr. Kemal. No existe nada parecido en la naturaleza. Los saurios de piel rojiza usan armas, desarrollan tácticas bastante sofisticadas y tienen una organización nunca vista en el reino animal. Cooperan no solo en las cacerías sino que han creado una despensa comunal y usan a los velocirraptores como perros de presa y tropas de choque.

— ¿Tácticas sofisticadas? Permita que me ría. Me habría gustado ver a estos lagartos en las montañas de Afganistán. —era Dickinson quién hablaba

   Steed ignoró la fanfarronada del sargento y le preguntó al noble

— ¿Cree que son un nuevo proyecto de Von Grueber?

   Lord Highbourne se tomó un instante antes de responder.

— Definitivamente no. Sospecho que esas criaturas pueden ser el resultado de algún tipo de experimento. Pero esto que vemos aquí es una tecnología que va mucho más allá de los sueños más locos de Von Grueber. Vea que no se perciben en sus cráneos las protuberancias metálicas que observamos en sus criaturas durante la batalla del London Bridge. Por otro lado, no hay tal cantidad de psíquicos en este planeta para controlar a este ejército. —comentó señalando a la masa que se congregaba en el acceso del hueco

   Más de un centenar de velocirraptores esperaban ansiosos la señal de sus amos para abalanzarse sobre su próxima comida y esta no tardó en producirse.

   En cuanto la masa de saurios se puso en movimiento, Lord Highbourne dio buen uso a su rifle de aire comprimido. Disparó sin pausa y con gran precisión los seis particulares proyectiles que contenían redomas cargadas con un potente gas somnífero, creación del profesor Flabius Barnaby. El mismo producto que el noble y explorador había usado en Londres para reducir a uno de los T—Rex controlados por un sicario de Von Grueber.

   La espesa cortina de humo que se formó mandó a dormir a una buena cantidad de velocirraptores, incluyendo en su rango de acción a varias de las criaturas más grandes. Lord Highbourne había dejado fuera de combate a prácticamente la mitad de los saurios. Incluso así, no parecía que fuera a ser suficiente para que no acabaran cayendo bajo las afiladas garras de los depredadores. La proporción favorecía a los reptiles por cuatro a uno. Es cierto que los humanos contaban con la ventaja de sus rifles de repetición. Pero los velocirraptores se movían a una velocidad increíble y era harto improbable que cada uno de los hombres abatiese a cuatro de las criaturas antes de llegar al combate cuerpo a cuerpo, donde los saurios volverían a llevar las de ganar.

   Se produjo una descarga cerrada de fusilería y la primera línea de velocirraptores fue barrida sin compasión, haciendo caer a los que venían inmediatamente detrás. Sin pausa, otros ocupaban su posición saltando por encima de sus hermanos caídos o pisoteándolos en su frenética carrera. Kemal ordenó a sus hombres fuego a discreción. Steed disparaba ráfagas cortas aprovechando la munición y tratando de ocasionar el mayor daño posible. Iba por su segundo cargador y había causado una mortandad considerable entre las bestezuelas pero por muchas que cayeran siempre parecía haber más. El sargento Dickinson había agotado ya las balas de su rifle, ahora disparaba a los reptiles con su pistola en la mano izquierda mientras en su diestra apretaba con furia la empuñadura de su sable, preparándose para la inminente melé.

— Tragad plomo, hijos de puta. Ahora os enfrentáis a un soldado de su Majestad.

   Los primeros velociraptores chocaron con la línea de defensa de la expedición con horribles resultados para varios de los hombres de Kemal. Estaban siendo sobrepasados. El sargento Dickinson ya estaba enfrascado en combate personal con uno de los saurios. Debido a la falta de espacio, el militar británico propinaba unos tremendos golpes a la cabeza de un velociraptor con la cazoleta metálica de su sable ante la imposibilidad de usar su hoja. Tal era su furia que acabó cascando el cráneo de la criatura como una nuez.

   El familiar sonido de un arma pesada automática les trajo algo de esperanza ante lo que parecía un anunciado y amargo final. A través de la vorágine de dientes y garras, Steed no lograba ver que estaba sucediendo. Veía como la retaguardia de la marabunta de saurios era segada como el trigo maduro por la guadaña. Definitivamente alguien estaba haciendo uso de una ametralladora y no podía haber llegado en mejor momento. Eso les dio el respiro que necesitaban. Los británicos, junto con Kemal y sus valientes seguidores redoblaron esfuerzos para mantener la posición. En medio del fuego cruzado los saurios que quedaban en pie fueron exterminados en poco tiempo. ¿Quiénes podrían ser sus misteriosos salvadores?

   La respuesta a esa pregunta llegó a través de la jungla derribando árboles a su paso. Ahora podían oler el humo de la máquina y se escuchaban los silbidos del exceso de presión de la caldera al ser liberado. De no haber estado enfrascados en una batalla a vida o muerte probablemente se habrían dado cuenta mucho antes de la presencia de aquel artefacto mecánico. Era un vagón de batalla autodesplazable de color negro, armado con dos ametralladoras y un enorme cañón de doce libras que en esos momentos apuntaban a los supervivientes de la patrulla de rescate. Sobre las gruesas placas de blindaje frontal y también sobre las laterales, podía verse grabado el emblema del ejército prusiano.

  Tras varios bufidos producidos por el vapor sobrante, una manivela de rueda empezó a girar y una escotilla se abrió en la parte superior del acorazado rodante, dejando ver el busto de un prusiano calvo y enfundado en un largo abrigo de cuero negro.

— Willkommen. Mi nombre es Hans Moeller, baronet de Wolfstadt. A partir de ahora considérense los invitados de Herr Otto Von Gruebel.

   El ofrecimiento parecía cordial pero las ametralladoras les recordaban lo que en realidad eran. Prisioneros del hombre cuyas malvadas maquinaciones habían venido a detener.

 

CONTINUARA...

 

 

 

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mar

17

sep

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA IX

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sáb

14

sep

2013

PRESENTACIONES EN MADRID

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mié

11

sep

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA VIII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

 

     

ACTO IV

 

   Lo primero que notó Kemal fue un fuerte olor que invadía sus fosas nasales. Intentó moverse pero un intenso dolor en la cabeza se lo impidió.

— Se está recuperando —oyó una voz familiar pero que no lograba reconocer

   Abrió los ojos poco a poco. Estaba tumbado en el suelo y junto a él se encontraba el siempre afable Lord Highbourne. Pasaba una pequeña botella bajo su nariz.

— Ha recibido usted un buen golpe en la cabeza, tómese su tiempo. Deje que las sales hagan su efecto. —continuó diciendo el noble

— ¿Que se tome su tiempo? Asa ha desaparecido.

   Esa era la voz de Steed y no estaba particularmente contento.

   Poco a poco fue volviendo el recuerdo de lo que había sucedido. Un inmenso gorila surgió de la espesura y se lanzó sobre él y Asa. Habían sido cogidos por sorpresa y no tuvieron tiempo ni de desenfundar sus armas. El brazo del simio era como un tronco de árbol que los barrió en su primera embestida.

   Fue de nuevo Steed quién volvió a hablar, ahora le veía.

— Insisto. ¿Dónde está mi mujer?

— Mr. Nilson tampoco aparece. —añadió el sargento Dickinson aunque al resto de presentes no pareció importarle demasiado tal anuncio

   Kemal estaba todavía un tanto confuso.

— No lo sé, supongo que ese gorila enorme debe habérsela llevado.

   La noticia les dejó a todos estupefactos, particularmente a un abatido Patrick Steed.

— No se preocupe Mr. Steed —trató de animarle lord Highbourne—, los gorilas no son carnívoros. Si ese animal se la ha llevado es que no planea hacerle daño. De haberlo querido así, tuvo una ocasión magnífica cuando ella y Kemal quedaron inconscientes.

   Patrick Steed no podía dejar de reconocer que había cierta lógica en lo que decía el noble explorador. Pero no lograba calmar su preocupación el saber que su esposa estaba en manos de un gorila en medio de una isla de pesadilla.

— Formaremos inmediatamente un grupo de rescate e iremos a por Mrs. Ishikawa. La encontraremos, tiene mi palabra Mr. Steed.

   Esta vez sí levantaron algo el ánimo de Steed las palabras de Highbourne.

— Entonces no perdamos tiempo. Manos a la obra. —dijo un más enérgico Steed

— Si me lo permiten me gustaría acompañarles. Me siento en cierta manera responsable de lo que le ha sucedido a Mrs. Ishikawa. Podría serles de gran utilidad, soy un gran cazador. Fuí entrenado por uno de los mejores en este oficio.

   Steed, bastante más relajado, ofreció su mano a Kemal para que pudiera incorporarse. Al tiempo que decía.

— Será un honor contar con usted en el equipo.

   Finalmente un grupo formado por unos veinticinco hombres dejaron atrás la atalaya donde el Intruder había aterrizado de emergencia. A poco de partir comenzó a llover. Una lluvia que no les abandonaría durante la mayor parte de su estancia en la isla. A pesar del cielo nublado hacía calor y la humedad era agobiante. Una sensación que la lluvia no ayudaba a calmar.

   Lord Highbourne llevaba sus ropas de explorador de color caqui con impoluto sombrero del mismo tono. Incluso empapado por la lluvia parecía tan elegante como cuando usaba sus mejores chaqués. Intentó llevar un rifle largo de aire comprimido bastante pesado, una versión reducida del cañón que había usado en Londres para detener al tiranosaurio que amenazaba la ciudad. Pero el sargento Dickinson no se lo permitió. Aunque a Lord Highbourne no le importaba lo más mínimo cargar con el artilugio, ya que era bastante más que capaz de hacerlo, al sargento no le parecía apropiado que el noble acarreara con todo aquel peso. En cierta forma, era más clasista que el mismo noble.

   Kemal no había mentido en cuanto a sus habilidades como cazador. Iba en vanguardia de la expedición. Sus ojos captaban detalles que se les escapaban al resto. Una rama rota, un montón de hierba demasiado inclinado, larvas que habían caído al suelo eran algunos ejemplos de ello. Donde la mayoría de la expedición sólo veía una vasta jungla para Kemal era como si el camino hacia su presa estuviera señalado por farolas de gas.

   Continuaron un buen trecho siguiendo el rastro que el gorila dejaba tras de sí hasta llegar hasta llegar a la vertiente sur del pico en el que habían aterrizado. La vista desde el lugar era hermosa. Desde allí tenían una visual de prácticamente toda la isla. Enseguida Lord Highbourne sacó un catalejo de su bolsa de viaje y Steed ajustó sus anteojos a visión telescópica.

   Al pie de la montaña en la que se encontraban se extendía una espesa jungla, salpicada de pequeños ríos, lagos y bastantes pantanales. Había una construcción que no necesitaba de lentes de aumento para ser vista. Un muro de colosales dimensiones diseccionaba el paisaje de la isla hacia el suroeste.

   El noble explorador, con su catalejo fijado en el muro, le comentó a Steed.

— Los detalles de ese muro coinciden con las construcciones que vimos en la atalaya, ha sido construído por el mismo pueblo.

— ¿Qué sentido tiene un muro en esta isla en medio de ninguna parte? —preguntó Steed

— Piense Mr. Steed. ¿Por qué motivo construiría usted un muro? —le respondió el noble con otra pregunta

   Lord Highbourne continuó la marcha sin dar oportunidad a que Steed tratara de responder a su pregunta retórica.

   El rastro que seguía Kemal les llevaba montaña abajo. Poco a poco el paisaje empezaba a cambiar. Dejaban atrás las cimas rocosas  y empezaban a internarse en las estribaciones de la jungla.

— El animal debe haber bajado a por alimento. Si se dirigiera a su guarida no habría descendido tanto. Los gorilas suelen buscar cobijo en las zonas más altas. —explicó el pirata y ahora cazador

   Ya habían podido ver el enorme tamaño que tenía la flora de la isla y también habían encontrado insectos que superaban las seis pulgadas de largo. Pero nada de eso les había preparado para la estampa que tenían ahora frente así. Desde un saliente del camino se divisaba un claro de varias hectáreas en cuyo centro había uno de los numerosos lagos y estanques que plagaban la geografía del lugar. Pastando tranquilamente se encontraban unos titanes cuadrúpedos que parecían salidos de mitos y leyendas.

   Los más llamativos eran tres especímenes que debían medir unas siete yardas de alto y más de veinte de largo incluyendo su larga cola. Aquellos gigantes eran de movimientos lentos y pesados. Sus patas parecían demasiado cortas para su cuerpo, si bien eran muy robustas. Poseían un cuello muy largo acabado en una cabeza también relativamente pequeña con un hocico corto y chato. A estos lord Highbourne se refirió como saurópodos.       Había también un rebaño más numeroso de blindadas criaturas que recordaban algo a los rinocerontes africanos. En su cabeza lucían una llamativa protección ósea y además del cuerno frontal, que era recto y no curvo, poseían dos más a  ambos lados de la cabeza . Sus bocas eran una mezcla entre un hocico y un pico. Era como si un diseñador macabro hubiera unido partes de otros animales para crear a esa criatura. Eso le pareció a Steed al ver a los triceratops, como los llamara Highbourne.

   Siguiendo la vaguada de uno de los arroyos que corrían ladera abajo, encontraron sin mucha dificultad un camino entre la vegetación que les llevaría hasta el claro. Donde Kemal sospechaba que también podría hallarse el simio. La pequeña corriente de agua abría un tajo entre la espesa vegetación que les facilitaría el avance.

   Kemal ordenó parar la marcha y mediante señas pidió a sus hombres que guardaran silencio. Todos se pusieron en alerta de inmediato. El líder de los piratas malayos volvió sobre sus pasos sin hacer ningún ruido haciendo honor al sobrenombre que usaban aquellos filibusteros, los Tigres. Cuando se encontraba hacia la mitad de la columna de marcha se detuvo, escrutando el espeso follaje a su alrededor.

   Un grito de espanto proveniente de la vanguardia hizo que todos giraran sus cabezas en aquella dirección. Como una exhalación algo surgió de entre la maleza y agarró con un hocico lleno de afilados dientes a un desafortunado pirata malayo. De no haberse retrasado a investigar, bien podría haberse tratado de Kemal quién se viera ahora arrastrado a través de la jungla pendiendo de las fauces de un animal salido de una pesadilla.

   Todo había sucedido muy rápido y apenas tuvieron tiempo de ver a la criatura. Andaba a dos patas, su aspecto era reptilesco aunque su lomo parecía cubierto de plumas al igual que su cabeza, lo que le daba un aspecto leonino. Su altura era superaba al menos en un pie a la del hombre que había atrapado entre sus fauces. Tenía una gruesa y robusta cola. Su coriácea piel era de un color rojizo, particularmente en la parte superior de su cuerpo, tornándose más grisácea en su vientre y los alrededores. El hocico era largo y lleno de dientes que sobresalían de sus mandíbulas, vagamente parecido al de los cocodrilos. Sus ojos, que Kemal solo pudo ver unos instantes, destilaban un brillo de malvada inteligencia que el cazador no había visto jamás en ningún otro animal.

— ¿Qué demonios era eso? —preguntó un asombrado Dickinson

— No tengo ni la más mínima idea. —le respondió Highbourne

   Ahora sí que empezaba a preocuparse Steed. Que el explorador, que hasta hace pocos minutos se había estado pavoneando de conocer el nombre de todo bicho viviente con el que se habían cruzado, no supiese nada sobre aquel ser no lo tranquilizaba en absoluto.

   Volvieron a oír el grito del desdichado que había sido atrapado por la sigilosa bestia.

— Todavía está vivo, tenemos que ayudarle. Esa no es manera de morir para nadie. —gritó uno de los hombres de Kemal

   El resto de los piratas corearon su petición con más gritos de aprobación. Mas ninguno movería un dedo hasta que su jefe diese la orden. Kemal sabía que su subalterno tenía razón, nadie debería morir así. Algo de su instinto de cazador le advertía del peligro. Obligado a decidir entre la vida de uno de sus hombres y el miedo a lo desconocido, el líder de los piratas eligió lo primero. Él dominaba a su miedo y no al revés.

— Intentaremos rescatarle. —accedió Kemal

   Sus hombres gritaron de satisfacción y se internaron en la espesura con precaución. El rastro era fresco y evidente. Había un surco entre las hierbas bajas que no dejaba lugar a dudas de por donde había huido el animal con su presa, que debía sangrar profusamente por los numerosos y visibles rastros escarlatas que contrastaban vivamente sobre el verde de la vegetación.

   Otro grito de desgarrado dolor les llegó.

— No está muy lejos. Ha sonado bastante cerca. Es por ahí. —dijo uno de los piratas de Kemal

   Varios de sus compañeros le siguieron. Kemal se detuvo abruptamente.

— Esto no me gusta. —previno a Highbourne, Steed y Dickinson

— ¿El qué exactamente? —preguntó el sargento Dickinson

— Es demasiado fácil, demasiado evidente...

   Un nuevo grito pudo oírse, pero esta vez provenía de su retaguardia. Kemal y los tres británicos trataban de averiguar la causa pero lo único que acertaban a ver eran a sus propios hombres que les sobrepasaban huyendo en estampida.

   Poco después pudieron verlos claramente. Tres criaturas de la misma especie habían dado cuenta del mismo número de malayos y ahora centraban su atención en el cuarteto. Uno de los animales estiró su cabeza hacia arriba y emitió un sonido que les heló la sangre. Era una réplica exacta de los gritos que profería el pirata atrapado por la primera de aquellas monstruosidades.

   Cuatro criaturas más aparecieron desde una zona infestada de enormes helechos, muy cerca de sus otros congéneres. Las sorpresas no daban tregua en la Isla de la Muerte. Los recién llegados portaban en sus manos, extrañamente largas y antropomórficas para un saurio, unas rudimentarias y primitivas lanzas.

— ¡Huíd! Tenemos que alcanzar un claro. Entre la espesura no tenemos posibilidad. —gritó Kemal al ver como más y más de aquellos seres surgían de cada rincón de la jungla

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mié

04

sep

2013

CONSEJOS PARA ESCRITORES: EL GUION LARGO

Hemos detectado que la mayoria de los escritos que nos remiten no utilizan los guiones correctamente. Que nos envien las obras asi supone un egorro para nuestra correctora y nuestro maquetador a los que el trabajo se les multiplica. El siguiente texto os puede servir de utilidad.

 

 

SOBRE EL GUION LARGO:

 

 

Lo podeis teclear con alt + 0151.

 

raya.

1. Signo de puntuación representado por un trazo horizontal (—) de mayor longitud que el correspondiente al guion (—) ( guion2 o guión), con el cual no debe confundirse. Cuando se usan dos rayas (una de apertura y otra de cierre) para introducir un inciso dentro de un período más extenso, estas se escriben pegadas a la primera y a la última palabra del período que enmarcan, y separadas por un espacio de la palabra o signo que las precede o las sigue; pero si lo que sigue a la raya de cierre es otro signo de puntuación, no se deja espacio entre ambos.

 

2. Usos

 

2.1.Para encerrar aclaraciones o incisos: Para él la fidelidadcualidad que valoraba por encima de cualquier otraera algo sagrado. Para esto pueden utilizarse también las comas ( coma2, 1.1) o los paréntesis ( paréntesis, 2a). Los incisos entre rayas suponen un aislamiento mayor con respecto al texto en el que se insertan que los que se escriben entre comas, pero menor que los que se escriben entre paréntesis. La raya de cierre en los incisos no se suprime aunque detrás de ella deba aparecer un punto o cualquier otro signo de puntuación:

Esperaba a Emilioun gran amigo. Lamentablemente, no vino.

Esperaba a Emilioun gran amigo, que, lamentablemente, no vino.

2.2. Para introducir una nueva aclaración o inciso en un texto ya encerrado entre paréntesis: Si desea más información sobre este tema (la bibliografía existenteincluso en españoles bastante extensa), deberá acudir a otras fuentes. Para intercalar algún dato o precisión en un inciso escrito entre rayas, han de usarse los paréntesis ( paréntesis, 2b): Venezuelaprimer lugar de tierra firme avistado por Colón en su tercer viaje a América (1498)tenía, por aquel entonces, unos 300 000 habitantes.

2.3. En la reproducción escrita de un diálogo, la raya precede a la intervención de cada uno de los interlocutores, sin que se mencione el nombre de estos: —¿Cuándo volverás?No tengo ni idea.¡No tardes mucho!No te preocupes. Volveré lo antes posible. Normalmente, en las novelas y otros textos de carácter narrativo, las intervenciones de cada uno de los personajes se escriben en líneas distintas. Como se ve en el ejemplo, no debe dejarse espacio de separación entre la raya y el comienzo de cada una de las intervenciones.

2.4.En textos narrativos, la raya se utiliza también para introducir o enmarcar los comentarios y precisiones del narrador a las intervenciones de los personajes. En este uso debe tenerse en cuenta lo siguiente:

a)No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje: —Espero que todo salga biendijo Azucena con gesto ilusionado. / A la mañana siguiente, Azucena se levantó nerviosa.

b)Se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la intervención del personaje y esta continúa inmediatamente después: —Lo principal es sentirse vivaañadió Pilar. Afortunada o desafortunada, pero viva.

¡Qué le vamos a hacer!Exclamó resignada doña Patro). Si la intervención del personaje continúa tras las palabras del narrador, el signo de puntuación que corresponda al enunciado interrumpido se debe colocar tras la raya que cierra el inciso del narrador: —Está biendijo Carlos; lo haré, pero que sea la última vez que me lo pides.

d)Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla, las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula: —No se moleste.Cerró la puerta y salió de mala gana. Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre: —¿Puedo irme ya?Se puso en pie con gesto decidido. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

e)Si el signo de puntuación que hay que poner tras el inciso del narrador son los dos puntos, estos se escriben también tras la raya de cierre: —Anoche estuve en una fiestame confesó, y añadió: Conocí a personas muy interesantes.

2.5. Las rayas se usan también para enmarcar los comentarios del transcriptor de una cita textual: «Es imprescindibleseñaló el ministroque se refuercen los sistemas de control sanitario en las fronteras».

2.6. La raya sirve asimismo para introducir cada uno de los elementos de una relación que se escriben en líneas independientes. En este caso, debe dejarse un espacio en blanco entre la raya y el texto que sigue. A la hora de puntuar este tipo de relaciones, hay dos opciones:

a)Escribir con inicial minúscula cada uno de los conceptos, cerrando los enunciados con punto y coma, excepto el último, que se cerrará con punto:

Las funciones del lenguaje, según Jakobson, son seis:

expresiva;

fática;

conativa;

referencial;

poética;

metalingüística.

Cuando los elementos que se relacionan son simples, como ocurre en el ejemplo anterior, es posible eliminar la puntuación:

Las funciones del lenguaje, según Jakobson, son seis:

expresiva

fática

conativa

referencial

poética

metalingüística

b)Escribir con inicial mayúscula cada uno de los conceptos, cerrando los enunciados con punto, opción recomendada cuando la relación se compone de enunciados completos:

Entre los rasgos del castellano hablado en Aragón, sobresalen los siguientes:

La entonación es claramente ascendente y hay tendencia a alargar la vocal final.

Se evita el acento en posición esdrújula.

El sufijo diminutivo dominante es —ico.

Se emplea mucho la partícula pues.

La raya puede sustituirse, en estos casos, por letras con paréntesis, números u otros signos.

2.7. En listas alfabéticas, índices bibliográficos y otros repertorios, la raya al comienzo de una línea se usa para indicar que en ese renglón se omite, para no repetirlo, un elemento común ya expresado en la primera de sus menciones. También en este caso debe dejarse un espacio en blanco después de la raya:

Verbos intransitivos

irregulares

regulares

transitivos

Tras la raya de sustitución no debe escribirse el signo de puntuación que sigue, si lo hubiere, a la expresión sustituida; así, en el ejemplo siguiente, no deben escribirse tras las rayas los dos puntos que sí aparecen, en la primera mención, tras el nombre del autor:

Ortega y Gasset, J.: Artículos (1917—33).

Idea del teatro (1946).

La rebelión de las masas (1930).

2.8. La raya se usa precedida de un punto (.—) en los casos siguientes:

a)En los epígrafes internos de un libro, cuando el texto que sigue comienza en la misma línea:

Género de los sustantivos.Por el género, los sustantivos se dividen en español en femeninos y masculinos. El género neutro no existe en español. Decimos que un nombre es femenino o masculino cuando...

b)En la edición de obras teatrales, para separar el nombre de cada uno de los personajes del texto de sus intervenciones:

María.—¿Dónde vas?

Juan.—A dar una vuelta.

 

 

Esperamos que os haya sido util.

 

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mar

03

sep

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA VII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

ACTO II

 

 

ACTO III

 

      Aunque la tripulación estaba formada por hombres curtidos, el pánico se adueñó de ellos. Por fortuna. la actuación de Patrick y de Asa, unida a la férrea determinación de Lord Highbourne consiguió sacarles de su ensimismamiento y que retornaran a sus obligaciones. Fueran estas de defensa de la nave o de pilotaje.

   Asa Ishikawa no perdió un solo segundo, empuñando sus katanas cargó contra la bestia que se aferraba a la barquilla de la aeronave. La criatura había destrozado a picotazos el grueso cristal que protegía el puente de mando. Gracias a los remaches metálicos que habían sido injertados sobre su alargado y afilado pico, dicha tarea resultó de lo más sencillo para el animal. La mujer ninja embistió desde la izquierda del monstruo y con el estilo a dos espadas que su clan usaba desde tiempos ancestrales, bloqueó con la siniestra el pico y con la diestra clavó con toda su fuerza la hoja de su arma. Hasta casi la empuñadura en el ojo mecánico de la criatura. Un infernal aullido de dolor retumbó por todo el puente y el pterodáctilo soltó su presa sobre el dirigible para desaparecer de la vista,  lo cual tuvo un efecto calmante sobre los tripulantes.

   El arma automática de Steed ya empezaba a cantar su letal canción. Los proyectiles eran impulsados por el pequeño compresor de vapor que incluía su pistola. Capaz de aprovechar los gases procedentes de la detonación para imprimir mayor velocidad de disparo al ingenio diseñado por el profesor Quentin del Buró del Servicio Secreto. Cada vez que veía una sombra moverse entre las nubes, disparaba una ráfaga corta. No podía saber si había acertado a sus objetivos porque estos inmediatamente volvían a desaparecer entre la niebla pero su actitud y las palabras de ánimo de Lord Highbourne tuvieron un efecto balsámico sobre la tripulación de la nave, que recuperaron la compostura.

   —Estamos perdiendo altura —advirtió un estresado capitán Johansson—, alguno de esos bichos ha debido rajar la malla metálica del dirigible.

   El material que cubría la nave era capaz de resistir disparos de grueso calibre pero contra los embates de aquellos monstruos alados equipados con antinaturales espolones metálicos no tenía la misma efectividad. El gas que les mantenía en el aire se escapaba a borbotones a través de varias rasgaduras. No había peligro de explosión ya que las células que almacenaban el volátil material se encontraban en el corazón de la aeronave. Debían tomar tierra para realizar reparaciones o acabarían estrellados en las agitadas y grises aguas de aquel inhóspito lugar.

— Diríjase al centro de la isla. —ordenó Lord Highbourne al capitán Johansson

   Era la zona más alta del lugar, la niebla comenzaba a remitir conforme se acercaban a tierra firme y pudieron divisar un pequeño macizo central. Desde allí podrían defenderse de cualquiera de las amenazas que la isla les tuviera preparada mientras reparaban al Intruder. La costa estaba formada por altos acantilados, muy escarpados y que parecían cortados a cuchillo. Una zona totalmente abrupta y que no ofrecía ningún refugio para el navegante. Era una suerte contar con un vehículo que podía volar.

   Desde el piso inferior de la amplia barquilla del dirigible empezó a oírse el estruendoso traqueteo de los rifles de repetición que el generoso Lord Highbourne había regalado a los piratas que habían accedido a embarcarse con ellos. La puntería de los malayos hacía honor a su leyenda, no en vano eran el principal enemigo del Imperio Británico en aquellos confines del globo. Peligrosos y letales como estaban demostrando con sus actos. Su líder resultó ser un excelente oficial y gracias a sus esfuerzos consiguieron poner en fuga a la diabólica bandada de criaturas de pesadilla que les acosaban.

   Con mucha maestría y no sin grandes esfuerzos, el capitán Johansson consiguió llevar la aeronave hasta uno de los picos que formaban parte de la pequeña cordillera que había en el interior de la isla. A través de uno de los potentes catalejos de los que disponía la nave, pues también estaba equipada con las últimas novedades en óptica, Lord Highbourne divisó una plataforma que parecía hecha ex profeso para el aterrizaje de una nave aérea. Cosa que si bien le intrigó en un primer momento, agradeció muchísimo. A caballo regalado no se le mira el dentado. No habían muchas más alternativas. El viejo marino danés hacía milagros para mantenerlos en el aire pero el gas se agotaba y tenían que aterrizar.

   Tomaron tierra con bastante brusquedad pero ninguno de los de a bordo resultó herido. Los rostros de todos expresaban preocupación e incertidumbre, excepto el del sargento Dickinson que lucía una tranquilizadora sonrisa.

— Al menos, ya tenemos tierra firme bajo nuestros pies. —repetía a todo el que quería oírle

   Era asombrosa la transformación que había sufrido el sargento. De ser un alma en pena, pálido y apático mientras había estado a bordo del Intruder, había pasado a ser el rudo y eficaz suboficial que todos conocían. Sin pérdida de tiempo se dispuso a establecer un perímetro defensivo alrededor del Intruder en coordinación con los piratas. A los que no paraba de gritar e incluso golpear de vez en cuando para que se afanaran en realizar sus cometidos.

   Lord Highbourne y Patrick Steed se encontraban junto a la aeronave evaluando los daños que habían sufrido durante el ataque aéreo, aunque el segundo tenía su atención centrada en el grupo de piratas.

— Todavía me sorprende que los malayos accedieran a ayudarnos. Durante casi medio siglo han sido unos de nuestros más feroces enemigos. Sé que su capacidad de convicción es legendaria Lord Highbourne pero me cuesta creer en la sinceridad de las intenciones de estos piratas.

   El noble sin dejar de mirar y anotar mentalmente los desperfectos que se habían producido en el Intruder lanzó una risa franca y sincera antes de contestar.

— Sir Patrick, me sobrevaloráis. No están aquí por mí.

— Mr. Steed es más que suficiente —dijo Patrick al que no gustaba en exceso hacer ostentación de su título—. ¿A quién debemos entonces el poder disfrutar de tan grata compañía?

— Lo crea o no, es mérito del profesor Barnaby. El padre de Kemal y él tienen una larga relación de respeto y amistad mutuas.

   Con clara desconfianza, Steed expresó.

— No parecen ser el tipo de gente que se relacionaría con alguien como el profesor.

— Eso es cierto —concedió el noble—. Pero ambos tienen un enemigo común y pocas cosas hay que unan más que eso. El profesor Barnaby y el padre de Kemal tuvieron mucho que ver en la desmantelación del culto thuggee en la India.

   Steed empezaba a ver a los piratas bajo un nuevo prisma. Conocía la infame reputación de los thuggees. Fanáticos seguidores de la diosa Kali que usaban el asesinato como método para extender su poder e influencia. En varias ocasiones se creía haber acabado con el culto sólo para volver a resurgir poco después en otro lugar. Las dudas que Steed pudiera tener al respecto de sus aliados se disiparon después de oír a Lord Highbourne terminar su relato.

— Que su aspecto no le engañe Mr. Steed, Kemal es un noble de pura cepa. Su padre era el príncipe uno de los más poderosos reinos de Malasia hasta que el Ejército de Su Majestad le despojó de todo lo que poseía, incluyendo tierras y familia. Si es cierto el refrán que dice que el Imperio crea a sus propios monstruos, este es uno de esos casos.

   Steed no respondió nada a tal afirmación. Mirando las ciclópeas ruinas cubiertas de maleza que tenían a su alrededor encontró la excusa perfecta para cambiar de tema. Al tiempo que trataba de saciar su curiosidad.

— Este lugar es muy extraño. Fíjese en el enorme tamaño de estas construcciones. Ni siquiera logro identificar su utilidad. No se parecen a nada que haya visto antes en otra civilización humana.

— Quizás no eran humanos. —fue la turbadora respuesta de Lord Highbourne

   Asa Ishikawa inspeccionaba los límites del perímetro de seguridad mientras compartía unas uvas con el pequeño Mr. Nilson que descansaba sobre su hombro izquierdo. Uno de los piratas que vigilaba el campamento no escondía ni disimulaba sus miradas lascivas hacia la japonesa. Asa no le temía, conocía la feroz reputación de los piratas pues su rango de acción llegaba hasta los mares de China y las costas de su natal Japón, pero le molestaban su falta de educación y de tacto. Le molestaba también su descaro y que la mirara fijamente como si no fuera más que un objeto para su placer. La mujer ninja decidió que era un momento adecuado para enseñarle algo de respeto y dirigió sus pasos hacia aquella rata de mar. Fue detenida cuando otro de los piratas se le cruzó en su camino. Su primera reacción fue llevar la mano hacia la empuñadura de su katana. Se contuvo al reconocer al líder de aquella chusma. No desentonaba entre aquellos piratas pero al mismo tiempo había algo regio en su porte. De piel bronceada por el sol pero también algo más clara que la mayoría de su cosmopolita banda de asaltantes marinos. Su ornamentado chaleco de seda roja dejaba ver un torso atlético y musculoso. No se podía dejar de reconocer que era atractivo. De origen mestizo, había heredado lo mejor de ambas razas. El jefe de los piratas comenzó a gritar sin previo aviso al hombre que había estado importunando a Asa, el cual se retiró con la cabeza gacha.

— Permítame que me presente, me llamo Kemal. Mi señora, os pido humildemente perdón en nombre de mi tripulación. Ese hombre será la vanguardia de nuestra patrulla de exploración, así podrá demostrar que sirve para algo más que molestar mujeres.

   Asa respondió un tanto hosca mientras daba otra uva a Mr. Nilson.

— No necesito de vuestra protección.

   El pirata no se dejó impresionar y respondió con una amplia sonrisa.

— ¡Oh, sí! Estoy seguro de eso. Si he intervenido es porque temía más por la seguridad de él que por la vuestra.

   Además era simpático, pensó Asa. Todo un seductor y con una educación exquisita que podría haber sido la envidia en cualquier evento social en Londres. No es que tuviera la más mínima oportunidad con ella pero le agradaban sus lisonjas y zalamerías. Así que Asa dejaba hacer a Kemal. Le agradaba su compañía.

   De pronto notó como Mr. Nilson se agarraba a su cuello. El pequeño animalillo estaba asustado, temblaba.

   Asa se puso en tensión preparada para lo que pudiese ocurrir y Kemal se percató.

— ¿Qué pasa? —preguntó el pirata malayo

— Aún no lo sé. Hay algo tras la maleza.

   Un sonido como de hojas agitándose les llegó. Los gigantescos árboles que rodeaban aquella misteriosa edificación no se movían, así que la causa del ruido no era producida por la meteorología.

— Viene de allí. —señaló Kemal en dirección sur.

   El sotobosque, formado por helechos y extrañas plantas que superaban las seis yardas de altura, se movía. Lo que quiera que provocara aquel fenómeno debía tener un tamaño considerable.

   El grito de alarma de Asa se congeló en su garganta al ver como desde las alturas y a través del denso follaje se dirigía hacia ella un enorme gorila de blanco pelaje. Había visto alguno de aquellos animales en el zoo de Londres pero aquel ejemplar los  duplicaba de largo en tamaño, pues debía medir al menos once pies. Hasta Kemal, un intrépido lobo de mar acostumbrado a lo peor que el destino podía ofrecer, quedó paralizado ante la visión de aquella enfurecida montaña de pelo, músculos y dientes.

 

 

 CONTINUARÁ...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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mié

28

ago

2013

GANADORES CONCURSO "EL DIRIGIBLE"

A continuación las ilustraciones que serán publicadas dentro de el libro "El Dirigible" de Joseph Remesar.

 

Se ha tenido en cuenta, ademas de la calidad, que las ilustraciones encajen en el libro, bien porque muestren algún pasaje de este o porque salga algún personaje de la novela. Si dos ilustraciones mostraban el mismo pasaje de la novela, se ha optado por la de mayor votación del jurado.

 

Enhorabuena a los ganadores.

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mar

27

ago

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA (VI)

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

ACTO II

 

El Intruder surcaba los cielos en una tranquila travesía sobre la inmensidad del Océano Pacífico que se extendía bajo su vientre. Habían dejado atrás Tioman, una pequeña isla del archipiélago malayo donde Lord Highbourne había enrolado a un nutrido grupo de piratas. El joven lord tenía alguna historia común con ellos que Steed desconocía.

Highbourne estaba demostrando ser un tipo de recursos y con contactos en todas partes que estaban facilitando su misión considerablemente. El noble poseía un carisma excepcional, era capaz de convencer a un esquimal de que comprara un refrigerador Barnaby si se lo proponía. Mas nunca engañaba a nadie, Lord Highbourne era el epítome de las virtudes que se presuponen a todo noble y que por experiencia Steed sabía que eran inexistentes en la mayoría de los grandes aristócratas del reino. Educado, amable y firme en sus convicciones, lo que le había ocasionado no pocos enfrentamientos con otros miembros de su clase social; más laxos estos en aplicar su moral y su ética en lo que a cuestiones de dinero se refería.

El dirigible contaba con todos los avances tecnológicos disponibles e incluso alguno que no lo estaba, al menos para el común de los mortales. La aeronave era todo un prodigio de la ciencia y la ingeniería. Destacaban, entre otras muchas innovaciones, sus potentes motores. Uno principal y dos auxiliares que permitían alcanzar velocidades de crucero cercanas a los sesenta y cinco nudos, siendo capaz de superar dicha cifra de largo con las calderas al máximo. Además los motores auxiliares eran direccionables, lo que dotaba a la nave de gran maniobrabilidad. El portentoso aparato había sido diseñado por el ahora desaparecido profesor Flabius Barnaby, socio de Lord Highbourne y compañero de aventuras de Patrick y de Asa durante el turbio asunto de la Máquina del Juicio Final.

Dejando tiempo atrás Sumatra a su popa, la tripulación y los pasajeros del Intruder se dirigían rumbo al oeste en busca de una pequeña isla que no figuraba en los mapas. Patrick y Asa solían pasar la mayor parte del tiempo a bordo en la cubierta de observación. Era uno de los lugares más tranquilos y relajantes de la nave. Las cabinas y las bodegas estaban atestadas por los ruidosos piratas malayos que los acompañaban en la sin par aventura, si bien su líder, un mestizo hindú llamado Kemal, se encargaba de que los filibusteros no se pasaran de los límites.

En uno de esos momentos de tranquilidad recibieron la visita de Lord Highbourne y del sargento Henry Dickinson, que se había unido a la expedición poco antes de abandonar Londres y que como siempre iba acompañado de Mr. Nilson, un pequeño mono que no se separaba ni a sol ni a sombra del fornido sargento.

Asa Ishikawa se acercó a rascar suavemente la pequeña cabeza de Mr. Nilson, en una demostración pública de afecto nada corriente en ella, o al menos no con humanos. La japonesa había desarrollado un afecto especial por el pequeño mono después de los agridulces sucesos ocurridos en Zanzíbar en los que se vieron envueltos durante la extraña aventura de la Máquina del Juicio Final.

—Tenemos que hablar —dijo Lord Highbourne solemnemente.

Algo en su tono adelantaba que la visita no era casual y que el tema a tratar era serio.

—Este es un momento tan bueno como cualquier otro. Siéntense con nosotros y compartan una taza de té. Es una mezcla excelente, debo añadir —les invitó Steed.

Lord Highbourne tomó asiento agradeciendo educadamente la invitación y el sargento Dickinson hizo lo propio una vez el noble se hubo sentado, era hasta cierto punto gracioso ver lo formal que intentaba ser el bruto militar en presencia del noble. Se notaba a la legua que no era su ambiente y que a pesar de la relación de camaradería que tenían entre los dos, Dickinson no estaba cómodo. Si a eso se unía su natural miedo a volar, sobra decir que no estaba muy parlanchín ni mostraba el mejor de los aspectos.

—Vayamos al grano entonces —comenzó Lord Highbourne—. Hasta ahora he colaborado desinteresadamente con usted sin poner ninguna condición. He puesto a su disposición todos mis recursos y contactos porque estamos de acuerdo en que Otto von Grueber debe ser detenido. Ahora es necesario que usted colabore conmigo de la misma manera, con completa sinceridad. Cuando le pregunté por el destino del profesor adujo razones de seguridad nacional para no contestar y lo respeté, pero he aquí que estoy metido hasta el cuello en asuntos de seguridad nacional y creo que me merezco la verdad.

Patrick Steed miró a los ojos del noble y famoso explorador. Eran de un extraño color azul, casi violáceo y sus pupilas parecían brillar con el reflejo de la luz; eran hipnóticos. Aunque todo su entrenamiento como agente le dictaba que debía contarle alguna historia que desviara las sospechas, Steed decidió contarle lo poco que sabía. No sabía a ciencia cierta si era porque creía que podía confiar en Lord Highbourne o por algún otro motivo que no alcanzaba a comprender.

—No puedo contarle mucho. Lo único que sé es lo que nos contaron al despertar en Balmoral. Un agente secreto prusiano, un tal Kunze, que es también un hechicero de batalla, se presentó a un encuentro concertado previamente en territorio neutral, una pequeña isla deshabitada del Canal de la Mancha. Allí llegó en un zeppelín de la armada del Kaiser y nos entregó a Asa, al sargento Dickinson y a mí mismo en una especie de “estasis”, creo que fue como lo definieron los doctores que nos trataron.

—¿Y ese prusiano no les contó nada de dónde les hallaron?

—Tiene hasta cierto sentido irónico, pero los prusianos se agarraron al secreto de seguridad nacional y no soltaron prenda sobre el asunto —explicó Steed.

Lord Highbourne permaneció unos instantes en silencio meditando acerca de lo que acababa de escuchar. Era un hombre muy inteligente, en lo que se refería a lógica y deducción no tenía rival. Era además alto y de complexión atlética, ni un solo día de su vida dejaba de practicar las intensas tablas de entrenamiento a las que se sometía siempre un mínimo de dos horas. Contaba con gran éxito entre las mujeres, que lo consideraban muy atractivo, pero el joven lord no parecía estar interesado en el matrimonio o el noviazgo siquiera.

—Debemos suponer entonces que el buen profesor está en manos prusianas. Si eso es así, se encuentra en grave peligro. Otto von Grueber es, además del científico de cabecera de la Liga de Hierro, una persona influyente tanto en la corte del Kaiser como del Emperador Guillermo. Es notoria y pública la enemistad entre von Grueber y Barnaby, por lo que es más que probable que el prusiano haya usado sus múltiples contactos para encarcelar al profesor acusándolo del robo de alguna de sus patentes o cualquier otro cargo que decida inventar. Eso es muy del enfermizo estilo de Otto von Grueber; no le basta con derrotar al profesor Barnaby, quiere también humillarle en público y tratar de hundir su reputación. Quizás nuestra actual misión no esté tan lejos de nuestro objetivo como pensábamos, si los prusianos tienen al profesor, von Grueber debe saber dónde.

Tanto Steed como Asa Ishikawa estuvieron de acuerdo con las conclusiones de Lord Highbourne, todos los caminos llevaban hacia el loco científico prusiano.

Fue en ese entonces cuando uno de los miembros de la tripulación, un muchacho galés pelirrojo que estaba en la veintena, irrumpió en la habitación.

—Perdón por la interrupción pero deberían venir al puente de mando, el capitán Johansson requiere su presencia. —dijo el joven

—¿Hemos divisado ya tierra? —preguntó Steed

El muchacho se rascó la cabeza y respondió.

—No estoy del todo seguro.

La respuesta del galés no dejó contento a ninguno de los presentes. Se encaminaron a paso ligero hasta el puente donde les esperaba el Capitán Johansson que habitualmente comandaba el Mathilda, el barco volador del profesor Barnaby. Tratándose de una misión tan delicada donde la discreción era primordial, Lord Highbourne no confiaba en nadie más que en él para esos menesteres.

—Necesito su opinión —dijo el viejo marinero danés al noble rascándose su cana barba—. Hemos topado con un enorme banco de niebla más espeso que el puré de guisantes, varias millas al sureste. Lo extraño es que no parece desplazarse sino que permanece inmóvil. Nunca había visto nada igual en mi vida y he navegado por todos los mares conocidos. Estas son malas aguas.

Lord Highbourne trató de quitar hierro a los lóbregos augurios del marino.

—No hay de qué preocuparse. El extraño fenómeno meteorológico que estamos observando es la señal de que hemos llegado a nuestro objetivo, la Isla de la Muerte.

El aristócrata trataba de insuflar algo de ánimo a los miembros de la tripulación y al resto de los presentes. Pero bien fuera por la extraña luz o por las oscuras sombras que se intuían dentro de la niebla, a pocos les reconfortaron sus palabras.

El capitán Johansson no se dio prisa en virar hacia el banco de niebla aunque acabó haciendo lo que le ordenaban, como siempre había hecho. Enfiló el morro del Intruder hacia la inmensa nube. Silenciosamente aterrado de tener que volar a ciegas en un lugar tan poco acogedor como aquel, a miles de millas de cualquier ayuda posible, redujo la velocidad del dirigible y rezó, cosa que no hacía desde hacía tanto tiempo que no podía recordarlo.

           El cielo empezó a tornarse gris conforme se reducía la distancia con la masa gaseosa y el mar se mostraba agitado bajo ellos, lo que no ayudó en lo más mínimo a mejorar el estado de ánimo de los que estaban a bordo. Tan solo Lord Highbourne parecía inmune al opresivo ambiente, mirando hacia la nube con los ojos de un niño que espera ver la última frontera. Un tipo fuera de lo común, sin duda.

El gris fue dejando paso paulatinamente al blanco de la nube, que los envolvió por completo. La visibilidad era prácticamente nula, apenas se alcanzaban a ver a diez yardas de distancia. El capitán Johansson notaba el sudor brotando bajo su gorra y ni un solo músculo se movía en su rostro, tan concentrado como estaba. El silencio en el puente de mando era sepulcral y únicamente el capitán se atrevía a romperlo, dando escuetas y contundentes órdenes a sus subalternos.

—¡Maldita sea! ¡Por Neptuno! —se quejó el capitán dando un brusco golpe de timón a estribor

El repentino viraje de la nave cogió desprevenidos a algunos de los que estaban en el puente que acabaron rodando por el suelo, Dickinson incluído. La razón de la imprevista maniobra la tenía una aguja de roca que emergía del mar y que se extendía docenas de yardas sobre la fría superficie que tenían bajo ellos. El capitán volvió a corregir el rumbo de la aeronave aprovechando su gran maniobrabilidad. Esta vez con menos brusquedad y hacia babor, esquivando una de las grandes y escarpadas formaciones rocosas que acababa de aparecer entre la niebla.

—¡Esto es un jodido laberinto y volamos totalmente a ciegas! —se quejó un nervioso Johansson al timón.

—Nos vamos a estrellar, siempre pasa cuando me subo a estos malditos cacharros voladores. —predijo Dickinson tratando de recuperar la verticalidad

Steed observó la reacción de su esposa y se puso en guardia. Asa estaba inmóvil como una estatua, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Se había llevado las manos a las empuñaduras de las katanas que colgaban a su espalda y tenía la mirada fija en un punto indeterminado dentro de la nube.

—¿Qué sucede, darling? —preguntó Steed en voz muy baja

—He visto algo moverse dentro de la nube —respondió la kunoichi, aún inmóvil.

De haberse tratado de cualquier otro, Patrick lo habría atribuido a los nervios del momento, pero Asa era dura como el acero y no se asustaba ante nada ni nadie. Si ella decía que había visto algo, es que definitivamente había algo acechándoles dentro de la espesa nube.

El capitán Johansson trataba desesperadamente de ganar altura intentando sortear la niebla por encima. En ese momento, el dirigible sufrió un fuerte golpe en el costado de babor. Creyeron haber chocado contra alguno de los gigantescos pilares pétreos que erizaban aquellas aguas, pero no era así. No había ningún pináculo rocoso al alcance de su vista. Seguidamente y más continuados empezaron a recibir embestidas desde todas direcciones. A través de la cristalera del puente de mando acertaron a ver varias siluetas con correosas alas y de gran tamaño, volando en frenéticos círculos alrededor del zeppelín. Un inhumano graznido les erizó los pelos de la nuca a los que iban a bordo. Y por si eso no era suficiente, las decenas de graznidos de respuesta que vinieron a continuación bastaron para helarles la sangre a todos.

            Una de las criaturas, un pterodáctilo según les explicaría más tarde Lord Highbourne, arremetió contra la barquilla del dirigible, abrazándose a la misma con toda la envergadura de sus alas. Eso les permitió ver a la criatura con todo detalle, su enorme cabeza era una increible mezcla de ave y reptil, con un cráneo acabado en punta y un afilado pico que recordaba al de algunas aves marinas, sólo que mucho mayor en tamaño. Pero sin duda lo más llamativo era su ojo mecánico y los implantes metálicos en su pico y alas. Los extraños depredadores aéreos presentaban protuberancias broncíneas saliendo de sus cráneos.

No era la primera vez que Lord Highbourne, Asa y Steed veían algo como aquello y sabían quién estaba detrás de tal monstruosidad. Otto von Grueber.

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mar

20

ago

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA (V)

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mar

20

ago

2013

STEAMPUNK: ¡Mas madera, es la guerra!

Como muchos sabréis, el 28 de septiembre se celebra la Eurosteamcon. Para quien no lo sepa, se trata de un evento steampunk que se desarrollará en varias ciudades tales como Madrid, Barcelona, Zaragoza y Sevilla.

 

Sabedores de la importancia que este género está comenzando a tener para los aficionados a la lectura, Dlorean Ediciones va a poner a la venta ese día nada más y nada menos que tres novedades.

 

Tres obras distintas que aunque están desarrolladas en el mismo marco steampunk, no pueden ser mas diferentes entre sí.

 

Sin más preámbulos pasamos a presentarlas:

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mar

13

ago

2013

SERIAL STEED & ISHIKAWA (IV)

ACTO I

ACTO II

ACTO III

 

 

ACTO IV

 

Patrick Steed corría por su vida tratando de evitar las bestiales acometidas del tiranosaurio. En varias ocasiones se había visto a pulgadas de las temibles fauces o de ser aplastado por aquella montaña de músculos. Era un juego mortal, tarde o temprano le fallarían las fuerzas. El enorme lagarto no le daba tregua, impidiendo así que pudiera recargar su arma automática.

El capitán White le consiguió un respiro. Había recuperado la ametralladora Maxim de los restos del segundo carromato y se las había apañado para mantener a raya el pánico en sus hombres lo suficiente para montar el arma. Otra nueva lluvia de balas impactó en los cuartos traseros del dinosaurio. Entonces algo pareció cambiar en la actitud de la bestia; ya no parecía interesada en continuar el combate, parecía que la rabia primigenia que lo había controlado durante todo el combate había perdido su ímpetu. El instinto de supervivencia parecía imponerse y el gigantesco animal decidió retirarse en busca de cobertura. Una buena noticia para Steed, White y para los soldados y policías que trataban de contener al monstruo, pero no tanto para el resto de la ciudad. El tiranosaurio continuaba siendo un grave problema, en su huida causó graves destrozos en los edificios a ambos lados de la amplia calle. Si el monstruo conseguía internarse en la urbe, la estela de destrucción podía adquirir proporciones catastróficas. Y lo peor de todo es que no había nada que se pudiera hacer para impedirlo.

Por encima de la línea de los edificios que bordeaban el Támesis apareció desde el sureste la silueta de un barco que se acercaba al lugar a toda velocidad, surcando los cielos de Londres a muy baja altitud. Steed reconoció la fantástica nave. Se trataba del Mathilda, el barco volador del profesor Flabius Barnaby. ¿Podría ser que el profesor hubiera regresado? La aeronave estaba todavía demasiado lejos para poder apreciar más detalles.

   Steed ajustó las lentes de sus anteojos convirtiéndolas en telescópicas. Observó que en la proa había instalado un extraño cañón que él no recordaba de su última estancia en el Mathilda, unos meses atrás. Tras la singular arma había alguien a los mandos, pero no se trataba del profesor. Ajustando al máximo sus lentes reconoció al artillero. Iba vestido con elegantes ropas y llevaba puesto un sombrero de copa alta, más adecuado para asistir a un estreno en el Lyceum que para un combate. Su mandíbula cuadrada y su faz perfectamente afeitada lo identificaban como Lord William Highbourne II, perteneciente a la más rancia nobleza del reino y socio capitalista del profesor Barnaby. Se decía de él que poseía una de las mayores fortunas del mundo, sin embargo estaba a millas de distancia del típico miembro de su privilegiada clase social. Hombre filántropo y aventurero, cualidades que había heredado de su difunto padre, Lord William era toda una celebridad en la nación. Miembro de la reputada Sociedad de Exploradores, con la que había recorrido los rincones más exóticos del planeta y héroe a ratos. Había sabido granjearse las simpatías de los londinenses tiempo atrás cuando él, el profesor Barnaby y el sargento Dickinson habían frustrado un plan de la inteligencia alemana para infiltrar varios agentes en el palacio de los duques de Kent y de paso resolver los misteriosos asesinatos llevados a cabo por El Sapo, un terrible ingenio mecánico anfibio a vapor creado por el científico prusiano Otto von Grüeber.

   Un proyectil salió expulsado por la boca del cañón del barco volador. Steed esperó oír la detonación pero no llegó ningún sonido. <<Si Lord Highbourne pensaba que iba a poder dañar a la criatura con un arma de aire comprimido es que definitivamente había pasado de la categoría de excéntrico a loco como una cabra>> pensó Steed. Sin embargo el proyectil dejó una pequeña pero densa estela de humo blanco y comenzó a trazar una amplia parábola descendente hasta chocar contra el suelo una docena de yardas delante del gigantesco saurio, el cual al darse de bruces con el espeso gas retrocedió de inmediato. Lo que quiera que estuviese usando el lord parecía estar funcionando. Había evitado que la criatura se alejara del margen del río y se adentrara en la ciudad.

   En su brusco retroceso el animal se llevó por delante otro de los edificios ribereños y trató entonces de girar para huir río arriba. Olvidado ya su frenesí destructor, la criatura herida y asustada trató de poner tierra de por medio con los molestos humanos, aunque su huida podía ser tan peligrosa como su furia anterior, por como derribada edificios a su paso.

   Una nueva estela blanca cruzó por encima de sus cabezas cerrando nuevamente el paso al colosal reptil, que reculó cuando el gas llenó sus fosas nasales. Los movimientos del tiranosaurio eran ahora más pausados y lentos. Acorralado por las nubes de gas que le bloqueaban, quedó inmóvil. Poco después empezó a tambalearse hasta perder pie y caer sobre la calzada. El impacto pudo sentirse desde el otro lado del río y varios cascotes cayeron de lo poco que quedaba en pie a su alrededor. La enorme mole levantó una nube de polvo considerable al caer, que se mezcló con el gas que inundaba la zona, formando una oscura mancha sobre el lugar que prácticamente impedía que pasara la luz del sol, dándole un tono siniestro y apocalíptico.

   De pronto se hizo el silencio. Era extraño, después de que la tierra retumbara a cada paso de la bestia y de que los edificios se derrumbaran estremeciéndolo todo, enfrentarse a aquella total carencia de sonido impresionaba. Pero más impresionante era contemplar la dantesca escena de caos y destrucción que había dejado el paso del tiranosaurio. El polvo fue asentándose y un aire fresco que llegó del Támesis se encargó de dispersar a los cuatro vientos la turbia nube. Incluso el aterrizaje del Mathilda fue silencioso, sus motores de éter parecían no querer romper aquella calma. Patrick se dirigió a la nave en cuanto vio arriar una plataforma de carga. Cuando llegaron a la vera del fantástico navío volador, Lord Highbourne ponía el pie en tierra.

—Es un placer verle, Lord Highbourne, su ayuda nos ha sido muy valiosa —dijo Steed.

—No hay de que, el gusto es mío Sir Patrick —contestó con sincera humildad.

   Highbourne usó el título de Steed, cosa que este último hacía en muy contadas ocasiones.

   En aquel momento Asa apareció de nuevo en escena; traía a rastras a un tipo calvo, bastante delgado, que vestía con un largo abrigo de cuero negro.

—Y hablando de placeres —continuó el noble sin inmutarse lo más mínimo al ver la extraña carga que transportaba la japonesa— ¿A quién tenemos aquí? Madame Ishikawa, permítame decirle que está usted cada día más bella.

   Se inclinó a besar la mano de la mujer, que respondió divertida.

—Me halaga usted en exceso, Lord Highbourne.

—Para nada querida. He recorrido todos los puntos cardinales del planeta y no tiene usted rival.

   Steed carraspeó, sabía hasta qué extremos llevaba el lord las buenas maneras y podía llegar a ser exasperante.

—Un asunto asombroso, creía que estos animales se habían extinguido —comentó Steed intentando dirigir la conversación hacia temas más prácticos.

—Esa es la creencia generalizada, pero existen lugares donde aún se pueden encontrar ejemplares vivos. La Isla de la Calavera o la Isla del Trueno en los lejanos mares del Sur, también en zonas remotas de la jungla africana —respondió como experto explorador que era.

—Alguien se ha tomado la molestia de traer a dos hasta Londres y manipular los cerebros de estas bestias. Quizás nuestro inconsciente amigo pueda decirnos algo más sobre ello —dijo Steed mirando hacia la carga que transportaba Asa.

   Asa protestó, vehemente.

—No es una buena idea, ese tipo es un hechicero de combate o al menos tiene algún talento psíquico. Si lo despertamos podría freír nuestros cerebros y escapar. Estuvo a punto de hacerlo conmigo ahí arriba —señaló al hospital St. Martin, donde a duras penas había conseguido detener al desconocido alemán

—De todas formas, me gustaría intentarlo —dijo Lord Highbourne.

   Sacó del interior de su elegante chaqué un pequeño frasco de sales y comenzó a pasarla junto a la nariz del caído. Asa intentó detenerlo.

—No, es muy peligroso.

   El noble la miró y respondió serenamente.

—Sé lo que hago, no se preocupe.

La mujer sabía que era una locura tratar de despertar a un psíquico; todavía era como si la orquesta de Londres estuviera ensayando dentro de su cabeza por su anterior enfrentamiento, pero algo en las palabras de Highbourne la convenció de que tenía razón.

   El alemán calvo reaccionó a las sales y recuperó la consciencia. Lo primero que vio fue el rostro amable y sonriente de Lord Highbourne justo frente de su cara.

—Caballero, me temo que va a tener que responder algunas preguntas.

   El psíquico parecía desorientado, hasta que una sonrisa, familiar para Asa, apareció en su rostro. Iba a usar el ataque mental una vez más. Su cara, sin embargo, pasó de la autosuficiencia a la preocupación en breves segundos al ver que la afable expresión de Lord Highbourne continuaba imperturbable a pesar de sus acometidas psíquicas.

—¿Cuál es su nombre, amigo mío? —preguntó el noble

—Me llamo Hendrik.

   El propio Hendrik se sorprendió de su respuesta. Estaba entrenado para bloquear su mente y sin saber muy bien porqué estaba contando a aquel excéntrico noble todo lo que quería saber.

—Muy bien Hendrik, encantado de conocerle. ¿Qué hace usted en Londres? Por su acento no parece de aquí.

—Me envió el Doktor Herr Otto von Grueber.

 

CONTINUARÁ...

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mar

06

ago

2013

SERIAL STEED E ISIKAWA (III)

ACTO I

ACTO II

 

ACTO III

 

Alden, Steed y Asa Ishikawa se vieron obligados a refugiarse en un portal cercano con el doble objetivo de protegerse del tiranosaurio y para no ser aplastados por la marea humana que huía aterrorizada del lugar. El cordón policial se había roto y el lugar era el vivo ejemplo del pánico. El teniente, con semblante preocupado, se dirigió a Steed.

—Ustedes acabaron con uno de esos bichos y la primera línea ha caído. ¿Podrían hacerlo otra vez?

La mera idea de tener que volverse a enfrentar a aquella masa de dientes y garras hizo que un sudor frío recorriera la espalda de Patrick Steed.

—No es exactamente la misma situación. Antes estábamos en terreno más abierto en el que podía usar mi arma con facilidad. Aquí entre los edificios no va a resultar tan sencillo —trató de justificarse Steed.

Alden lo miró descreído, pero fue Asa la que habló.

—Si es necesario, lo haremos —dijo con contundencia.

Patrick protestó.

—Ni por todo el oro del mundo vas a repetir el numerito de antes. Casi me matas del susto.

Esta vez el tono del teniente era casi de súplica.

—No tenemos a nadie más.

Steed valoró sus opciones, que no eran muchas y finalmente desenfundó su arma para asegurarse de que el tambor estaba cargado. Se disponían a regresar a la calle cuando observaron acercarse varios carros tirados por caballos desde el sur, a través del puente. Eran los militares y traían consigo al menos una ametralladora Maxim y dos cañones de seis libras. Patrick los reconoció, eran los fusileros reales con sus características casacas rojas. Al frente del convoy venía su capitán, montado en un hermoso caballo pura sangre. Tras pedir indicaciones a varios de los agentes de policía, el militar acabó dirigiéndose hasta donde se encontraban Alden, Patrick y Asa.

—Soy el capitán Peter White de los fusileros reales de Londres. ¿Es usted quién coordina la operación aquí? —preguntó al policía.

—Sí, señor. Se presenta el teniente de policía Richard Alden.

El oficial de policía se había puesto visiblemente tenso. A Steed no le sorprendió nada la sumisión de Alden ante el capitán. Si White era capitán de los fusileros reales tenía que ser noble a la fuerza, y había que medir muy mucho sus palabras cuando hablaba con un noble.

El capitán White reparó por primera vez en la presencia de Patrick y Asa y por el aspecto de su rostro no le agradó demasiado.

—No quiero civiles aquí —se dirigió al teniente como si los otros dos no estuvieran allí.

El policía carraspeó antes de contestar.

—No son civiles propiamente dichos. Trabajan para el Ministerio de Asuntos Exteriores. Ellos son...  —y de repente se dio cuenta que no conocía sus nombres, pues no se había molestado en preguntárselo con tanto jaleo.

Fue Patrick quién salió en auxilio del azorado teniente.

—Mi nombre es Patrick Steed y ella es mi esposa, Asa Ishikawa. Efectivamente, como dice el buen teniente, estamos aquí como representantes del Foreign Office a petición del conde de Rosebery.

—Está bien entonces —aceptó el capitán—, pero háganse a un lado y dejen que hagamos nuestro trabajo.

Quedaba patente que el capitán toleraba su presencia pero ni mucho menos le gustaba. Steed trató de advertirle sobre la peligrosidad y extrema velocidad de la criatura, que continuaba con su orgía de destrucción. Ya ni se molestaba en devorar a sus víctimas, ahíto como estaba, pero continuaba cazando presas humanas. Un comportamiento poco natural en un animal sin duda. El oficial del ejército tiró de las riendas de su caballo y se alejó del lugar sin dar oportunidad a continuar la conversación.

El tiranosaurio giró la cabeza hacia los carromatos del ejército y como si reconociera el peligro, se abalanzó sobre ellos. Las armas que transportaban los militares eran lo suficientemente potentes para dañar a la gran criatura, pero necesitaban tiempo para ser montadas y estar dispuestas para su uso, un tiempo que el enorme reptil no iba a darles. Definitivamente, el comportamiento del animal pasaba de lo poco común a lo sumamente extraño. Mientras Steed trataba de buscar alguna solución, los pensamientos se agolpaban en su cabeza, era como si el inmenso reptil supiera exactamente lo que tenía que hacer para evitar ser detenido.

Recordó las protuberancias metálicas incrustadas en el cráneo de la bestia. ¿Y si alguien la estaba controlando? No llegaba a entender cómo eso podía ser posible, pero los hechos parecían demostrarlo. Si era así, quien quiera que estuviese detrás de aquello no podía andar demasiado lejos. Tenía que estar dentro del rango visual, si había visto la llegada de los militares.

Steed se puso sus anteojos e insertó en ellos un filtro especial que sacó de uno de los muchos bolsillos que llevaba repartidos por su indumentaria. Para cualquier observador podría haber parecido que había perdido la cordura; pararse a ponerse los anteojos en un momento como aquel no dejaba de ser un acto totalmente snob y fuera de lugar, pero lo que realmente estaba haciendo era usar la lente especial que había inventado el profesor Quentin, el científico residente de la inteligencia británica. El sorprendente invento permitía a su usuario ver en diferentes espectros de luz, además de protegerlo de sobrecargas sensoriales.

Patrick Steed buscaba desesperado algún indicio en los alrededores que pudiese probar su sospecha, cuando el gigantesco animal atrapó entre sus colmillos a uno de los caballos que tiraban del carromato que transportaba uno de los cañones. Tiró hacia atrás con su poderoso cuello y el vehículo quedó colgando en el aire. Las armas que iban en el interior cayeron al suelo desperdigándose por todos el pavimento. El personal militar que ocupaba los vehículos y que logró sobrevivir, huyó presa del pánico. El  capitán White trató de reorganizar a sus hombres, ordenando a la dotación de la ametralladora Maxim que descargara la brutal potencia de fuego contra el dinosaurio. Las balas empezaron a salir del arma y los primeros impactos atravesaron la carne de la bestia, pero no  durante el tiempo suficiente, ya que fueron barridos por un coletazo del gigante.

De pronto, lo vio. Una fuente de calor en el segundo piso del Hospital Saint Martin, un edificio que permanecía relativamente intacto y por el que la bestia no parecía demostrar ningún interés. Podía tratarse de alguno de los residentes, pero algo en su posición le indicaba que no era así. Nadie en su sano juicio esperaría impasible junto a la ventana, a la escasa distancia que le separaba del monstruo, a menos que se supiera libre de la ira del gigantesco lagarto.

—Asa, el hospital Saint Martin. En el segundo piso, la tercera ventana desde la izquierda. Yo intentaré echar una mano a los militares.

La mujer no necesitó más instrucciones, aunque no recibió mas información, estaba más que acostumbrada a no discutir en el campo de batalla. Había algo o alguien en el segundo piso del St. Martin que debía ser detenido y eso era todo lo que necesitaba saber. Como una exhalación abandonó el lugar desapareciendo por la entrada principal del St. Martin.

El capitán White, a pesar de ser un estirado insufrible, demostró la valentía que se espera de todo oficial británico. Cuando el tiranosaurio puso sus miras en el último de los carromatos que no había sido reducido a astillas, White se interpuso entre el coloso y sus hombres atrayendo sobre sí la atención del furioso monstruo. Un acto noble pero que bien podía costarle la vida. Steed no lo pensó, y reaccionó. Apretó el gatillo y la ráfaga que escupió su arma de repetición llegó en el mejor momento para el capitán. La bestia tenía sus fauces abiertas, prestas a devorar a White y su montura, cuando varios proyectiles impactaron en el interior de la boca del saurio, donde no estaba protegido por su blindaje natural. El dinosaurio aulló de dolor y perdió el interés en el capitán, dispuesto a enfrentarse a la nueva amenaza que Steed representaba. El agente secreto comenzó a pensar que no había sido una buena idea cuando los enormes ojos reptilianos se centraron en él. Iba a hacer falta un milagro para salir de esa.

A toda prisa, Asa Ishikawa se dirigió al lugar que su esposo le había indicado. Durante su recorrido por el interior del hospital se encontró con los últimos rezagados que abandonaban el edificio. Por un momento pensó que podía haberse tratado de un ardid de Patrick para mantenerla fuera de la zona de peligro. Había quedado muy afectado por su poco ortodoxo método de acabar con el primero de los tiranosaurios. Conforme se acercaba a su objetivo pudo percibir que efectivamente había alguien allí. Quien quiera que fuese, estaba en silencio; sin embargo el increíble y entrenado oído de la mujer ninja captó el agitado ritmo de su respiración y de cuando en cuando algún paso que daba y que hacía crujir levemente la madera del suelo. La puerta de la habitación estaba cerrada. Con una patada seca y rotunda la desencajó de sus goznes, haciéndola caer violentamente, provocando un gran estruendo.

Dentro, alguien se asustó con el estrépito y se volvió. Era un hombre de unos treinta años, completamente calvo y que casi se envolvía entero con un abrigo negro de cuero que llevaba muy entallado.

Was in himmel? —preguntó sorprendido el individuo.

Era alemán, no cabía duda, lo cual no hacía más que complicar una situación de por si ya complicada. Un montón de preguntas se agolparon en la mente de Asa, pero las dejó para más tarde, dejándola completamente en blanco, poniendo toda su concentración en el inminente combate. Su adversario no era particularmente fuerte, más bien al contrario. Entraría perfectamente en el estereotipo de un hombre escuálido, pero no bajó la guardia. No era sabio menospreciar a un enemigo por su aspecto y estaba a punto de averiguar lo acertada que estaba.

Asa penetró en la estancia desenfundando sus katanas gemelas al estilo Ishikawa.

—Ríndete si quieres vivir.

El sujeto no se amilanó con la amenaza. Una sonrisa socarrona que no presagiaba nada bueno para la japonesa se dibujó en sus labios.

La kunoichi detuvo su avance cuando un latigazo de dolor atravesó su cabeza. Su mente empezaba a nublarse. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Algún tipo de ataque psíquico quizás? Conocía la existencia de los hechiceros de batalla que eran capaces de dominar la telekinesia, así como otros tipos de kinesias que ella apenas alcanzaba a comprender. Sus ropas no delataban que fuera un miembro de aquella selecta orden. La sangre paró de llegar a su cerebro y su vista se fundió en negro. Sus piernas le fallaron y quedó de rodillas,  forzada por el insoportable dolor que colapsaba lentamente todo su cuerpo.

El alemán parecía deleitarse con el sufrimiento de su víctima y demostrando su inhumanidad se despidió saludando burlonamente con su mano derecha.

—Auf wiedersehen, meine freunde.

Asa se desvanecía. Sus ojos apenas distinguían luces que se extinguían por momentos, pero las palabras de su enemigo le dieron la oportunidad que tan desesperadamente necesitaba. Soltó la espada que empuñaba en su mano derecha dejándola caer. No era manera de tratar una katana pero las circunstancias eran extraordinarias y no dejaban otra opción. Llevó su mano al cinturón y extrajo una shuriken cubierta de un poderoso veneno paralizador. En un solo movimiento y haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban, la lanzó, guiándose por el sonido que delataba la posición del misterioso hombre.

 

 

CONTINUARÁ EL PROXIMO MARTES...

 

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vie

02

ago

2013

AMPLIACION DE LAS BASES DEL CONCURSO DE ILUSTRACION

Debido a las numerosas consultas sobre el formato del dibujo, hemos ampliado las bases con un punto once:

 

11. Los dibujos se entregaran con una resolución de 300 dpi y en un tamaño A4, A5 o proporcional. Asi mismo se entregaran en blanco y negro o escala de grises.

 

Con esto quedan aclaradas todas las dudas sobre el formato.

 

No dudeis en consultarnos cualquier cuestión.

 

Un saludo.

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mié

31

jul

2013

CONCURSO DE ILUSTRACIÓN.

CONCURSO DE ILUSTRACION "EL DIRIGIBLE"

 

Estas son las bases:


1. Podrán participar todos aquellos interesados, sea cual sea su nacionalidad. Se admitirá una ilustración por autor.

 

2. La temática será steampunk, siendo obligatorio que al menos uno de los protagonistas la ilustración sea un personaje del libro "El dirigible" escrito por Joseph Remesar, que será publicado por Dlorean ediciones en septiembre de 2013. Para ayudaros, en el siguiente enlace tenéis el primer capítulo del libro: http://josephremesar.blogspot.com.es/2013/02/el-dirigible-novela-steampunk.html

 

Además, el autor, Joseph Remesar, dará descripciones detalladas de los personajes principales en su blog: http://josephremesar.blogspot.com.es/

 

3.  Las ilustraciones serán enviadas a esta dirección, concursos@dloreanediciones.com. Poniendo en el asunto “CONCURSO DIRIGIBLE + NOMBRE DEL AUTOR”. En el correo deben aparece los siguientes datos: nombre completo, nacionalidad, edad, dirección postal, e-mail.

 

4.  Las Cinco mejores ilustraciones, serán publicadas en el propio libro “El dirigible” de Joseph Remesar, y sus autores serán obsequiados con el libro.

 

5.   No se admitirán ilustraciones que no sean completamente originales e inéditas. O que vulneren los derechos de autor.

 

6. El plazo de entrega de las ilustraciones se abre en este mismo instante  y quedará cerrado el día 15 de agosto de 2013.

 

7. La participación en el concurso supondrá la aceptación de las bases del mismo.

 

8. El jurado estará compuesto por profesionales de la ilustración y miembros de Dlorean. Cada jurado emitirá un voto.

 

9. Asimismo, las ilustraciones serán colgadas de la pagina de facebook y aquella que mas “me gusta” obtenga, tendrá un voto adicional que se tendrá en cuenta en la votación del jurado.

 

10. Los nombres de los ganadores se darán a conocer en el blog de la editorial.

Muchas gracias a todos por participar y suerte.

 

11. Los dibujos se entregaran con una resolución de 300 dpi y en un tamaño A4, A5 o proporcional. Asi mismo se entregaran en blanco y negro o escala de grises.

 

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mar

30

jul

2013

SERIAL STEED & ISIKAWA (II)

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mar

23

jul

2013

NUEVO SERIAL STEAMPUNK DE STEED & ISHIKAWA

Con motivo de la próxima publicación de “La Máquina del Juicio Final” por parte de DLorean Ediciones se me ocurrió organizar algún tipo de evento. Dicha novela estará protagonizada por Patrick Steed y Asa Ishikawa. Él, un perfecto gentleman inglés. Ella, una maestra asesina entrenada en las artes del ninjitsu. Ambos pertenecen al Buró del Servicio Secreto británico. Los agentes más letales de la Reina Victoria. Aventuras enmarcadas en el Steamverso, un mundo en el que la tecnología a vapor fue mucho más allá que en el mundo real y en el que la Historia muestra unas cuantas divergencias con el siglo XIX que conocemos.
Para dar a conocer a los personajes lo mejor es ofrecer una muestra. Pero para no dar un primer capítulo que os dejara con la miel en los labios, pensé que era mejor ofrecer una aventura completa y distinta a la que vais a encontrar en “La Máquina del Juicio Final”. Protagonizada por los mismos personajes más algún que otro nuevo. Un mini serial que continúa la acción justo donde la deja la novela. No os preocupéis porque se puede leer de manera independiente sin mayor problema y no contiene “spoilers” .
Espero que os guste y que eso anime vuestra curiosidad hacia estos personajes a los que tanto cariño les tengo.

 

RAUL MONTESDEOCA

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dom

21

jul

2013

GANADOR CONCURSO LEYENDAS DE LACENOR

Después de muchas deliberaciones, finalmente, el jurado compuesto por: Miguel Angel Naharro, José Baixauli, Nestor Allende, Juanma Cañada, Raúl Montesdeoca, el autor de Lacenor Joaquin Sanjuan y los editores de Dlorean, han decidido nombrar ganador del concurso al relato:

 

La cueva, de David Monzón

 

Como premio por el concurso será publicado como prólogo en el segundo volumen de la trilogía de Lacenor que será publicado el año que viene. Tambien recibirá el autor un vale de 200€ para poder adquirir cualquiera de nuestros titulos existentes o que estén por venir.

Muchas felicidades al autor, David Monzón por su relato y a todos los demás por la participación. Ha estado reñido y nos lo habeis puesto muy dificil. Tuvimos que ampliar los miembros del jurado para poder tomar un veredicto justo. Quiero aprovechar para agredecerles su participación.

 

¡Gracias a todos y muchas felicidades David!

 

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mié

17

jul

2013

FINALISTAS CONCURSO LEYENDAS DE LÁCENOR

Ya que nos lo habéis pedido, queremos anunciaros cuales son los cuatro relatos finalistas en el concurso de Leyendas de Lácenor.

 

De entre los mas de cincuenta relatos enviados, el jurado inicial se ha quedado con los siguientes relatos:

 

La Cueva de David Monzón.

Todo tiene un precio de Vidal Fernández.

La Piedra de Lydia Huijbregts

Después de la muerte de José García.

 

El jurado ha sido ampliado con algunos de nuestros autores, y en este momento se están produciendo las votaciones.

 

Os mantendremos informados.

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lun

15

jul

2013

CONCURSO LEYENDAS DE LÁCENOR

Buenos dias.

 

Tenemos que anunciar que la decisión sobre el ganador del concurso de Leyendas de Lácenor se retrasa una semana.

Después de darle muchas vueltas, el jurado compuesto por Joaquín Sanjuán, Juan Antonio Lucas y Francisco Domínguez, no ha logrado ponerse de acuerdo dada la gran calidad de los relatos, por lo que el jurado se ampliará con autores de la casa para que la decisión sea más justa. Durante esta semana se trabajará con los cuatro relatos finalistas y a finales de la semana se anunciará el ganador.

 

Un saludo a todos y gracias por participar.

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mié

19

jun

2013

DLOREAN OS TRAE UN REGALO FANTASTICO: HISTORIAS ASOMBROSAS

En nuestro afán por ser una editorial de referencia en España, no nos contentamos con tener los precios más bajos del mercado, ni con asumir los gastos de envío, no, queremos daros algo más.

 

Porque vosotros lo merecéis y un poco inspirados en las recompensas del crowfunding de moda, a partir de hoy vamos a REGALAR un ejemplar de “Historias Asombrosas” con cada libro de Dlorean adquirido en la tienda online de la editorial, hasta agotar existencias. Por supuesto los que han comprado Argar en preventa, tambien tendrán su ejemplar.

 

Historias Asombrosas es un cuadernillo de treinta y dos paginas mas cubiertas, edición limitada y numerada de 100 ejemplares que contiene los siguientes relatos:

 

EL TIEMPO ES ORO: Se trata de un relato de Ciencia Ficción sobre viajes en el tiempo, finalista del premio Ovelles Electriques, que ha servido de inspiración para “Pólvora y Acero”, novela publicada por Dlorean próximamente. Su autor, Juan Antonio Lucas, ha trabajado como guionista de videojuegos y ha publicado ya varios relatos en antologías tales como Ovelles Electriques, Epic, etc…

 

UNA BUENA NOCHE PARA MORIR: Un relato sobre la venganza que nos presenta a un nuevo personaje, que protagonizará toda una serie de relatos ambientados en el mismo mundo fantástico. Su autor, Francisco Domínguez, ha trabajado como guionista de animación y videojuegos y ha publicado relatos en antologías tales como Zombies vol2, Criptonomicon IV, Epic, Encuentros y Palabras, etc…

 

LA EXPEDICION PERDIDA: Un relato protagonizado por Jonathan Baker (la Garra) el protagonista de “La Maldición de la Diosa Araña” que nos presenta a un nuevo personaje: el Lama Carmesí. Su autor, Miguel Angel Naharro, es el escritor de “La Maldición de la Diosa Araña” y ha participado en numerosas antologías tales como, Zombies vol 2, Arkham, Epic, Steam Tales, etc…

 

En definitiva, un extraordinario regalo para todos aquellos que compren un libro en la tienda online.

 

Por su puesto, “Historias Asombrosas” también se pone a la venta en la web para los que quieran comprarlo y no esten intereseados en ningún otro titulo de Dlorean.

 

Podeis comprarlo AQUI.

 

Dlorean, tu trasnporte a lo fantástico.

 

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mar

18

jun

2013

ANTOLOGIA PULP

Muchos conoceréis Action Tales, pero para aquellos que no lo conozcan, Action Tales es la mejor web de fan fictions de España. En esta web han colaborado cientos de escritores noveles de forma totalmente desinteresada, con el único afán de contar historias.

 

En 2013 Action Tales cumple 10 años y para celebrar este evento, Dlorean Ediciones se complace en presentar una antología única, coordinada por Miguel Ángel Naharro, webmaster de Action Tales, que reúne a escritores de la talla del propio Miguel Ángel Naharro (La Maldición de la Diosa Araña), Tony Jiménez (Cinco Tumbas sin Lapida), Alexis Brito (Soldado de Fortuna), Joaquín Sanjuán (Leyendas de Lacenor: La ciudad Blanca) y Luis Guallar (El Puente del Diablo) y a habituales de la AT, como Jeronimo Thomson, Roberto Cruz, Raúl Montesdeoca, etc… para obsequiaros con dieciocho relatos pulp repletos de aventuras y acción.

 

Pero eso no es todo. Además de los dieciocho relatos, el libro tendrá también dieciocho ilustraciones, de autores tan geniales como José Baixauli, Néstor Allende, Calavera Diablo, Santiago Ramos, etc…

 

Y todo ello rematado con una fantastica portada de José Baixauli.

 

La lista completa de los relatos es esta:

 

1-CORRE escrito por Roberto Cruz/ ilustración de Roberto Cruz

2-DIE GLOCKE escrito por Néstor Allende/ ilustración de Néstor Allende

3-¡Y EL FUEGO TRAERA LA VERDAD / ilustración de Olga Masiá

 4-LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES escrito por Ana Morán Infiesta/ Ilustración de José Ángel Pater.

 5-PISTOLEROS DEL INFORTUNIO escrito por Guillermo Moreno/*ilustración de Jacobo Gonzalez.

 6-LA SANGRE DEL TIEMPO escrito por Carlos J. Eguren/ Ilustración de Calavera Diablo

 7-VENGANZA escrito por Pako Domínguez/ ilustración de Pako Domínguez

 8-LA SOMBRA INTERIOR escrito por Miguel Ángel Naharro/ ilustración de José Baixauli

 9-PANTERA escrito por Raúl Montesdeoca/ ilustración de José Baixauli

 10-LA OSCURIDAD QUE DEVORA escrito por Tony Jimenez /Ilustración de Jose Baixauli

 11-LA MARCA DE CAIN escrito por Luis Guallar/ ilustración de José Baixauli

 12-EL TESORO DE LA SELVA escrito por Joaquín "Kyo" Sanjuan /ilustración  de José Manuel Triguero

 13-LO QUE SUBYACE escrito por Jerónimo Thompson / ilustración de Juan Andrés Campos

 14-LADY DOMINUS escrito por Adolfo Rodríguez / ilustración de Juanma Cañada Aguilera

15-MECANICOS CENOZOICOS escrito por David Ruiz del Portal/ ilustración Alfonso Pinedo

 16-EL EXTRAÑO CASO DEL DESTRIPADOR MALDITO escrito por Gloria Fonz/ ilustración de Moisés López

 17-EL JUICIO DE DIOS escrito por Alexis Brito Delgado/ Ilustración Jaime Martinez/ Santiago Ramos

18-LA RESURRECCIÓN DE LOS TZIN escrito por Gabriel Romero/ ilustración de Entiman

 

Y para muestra, algunas de las ilustraciones:

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mar

11

jun

2013

FRAGMENTO DE ARGAR, HIJO DEL DEMONIO DE ANDRES DIAZ SANCHEZ

EL FORASTERO

 

 

 

 

 

El forastero llegó a la aldea en un día gris y plomizo, un día que amenazaba tormenta e invitaba a entrar en casa, buscar mantas y sentarse a contemplar las llamas de la chimenea.

El forastero vestía una túnica de guerrero tan sucia que no se adivinaba su color original. La falda llegaba hasta sus rodillas y sus piernas y sus botas de cuero duro estaban cubiertas por una costra de barro seco. Llevaba un capote con los bordes negruzcos y deshilachados, plagado de sietes y jirones. Era un hombre alto y delgado, pero tenía hombros rocosos y piernas y brazos fuertes. De su cadera colgaba una espada larga y recta, con un mango tan grande que podría ser tomada a dos manos, envainada en una funda de cuero y metal. Tenía también una daga para la mano zurda y un cuchillo montero. La capucha estaba bajada y el forastero dejaba al aire libre su rostro cuadrado y pálido, con ojeras pronunciadas y líneas de tensión nacidas de los peligros y penurias que menudeaban en su vida azarosa. Tenía el pelo negro, corto y desastrado, y unos ojos severos, también negros como el ala de un cuervo o el fondo de un pozo, brillantes por el fuego de la ira. En ellos también había una luz enferma, hija de la fiebre y la debilidad.

Caminaba con paso vacilante, como si estuviera borracho, por las calles de la aldea. Se agarraba el costado derecho, oscuro por una mancha húmeda. La sangre le caía por las piernas y goteaba desde la punta de la espada envainada.

Sus piernas temblaron y tuvo que agarrarse a las grietas de una de las casas de piedra. Su rostro blanco, casi azul, se arrugó por culpa del dolor. Se miró el costado rezumante de sangre.

—¡Aldeanos! —gritó—. ¡Auxilio para un herido! ¡Prometo no haceros daño! ¡Solo quiero agua y comida y me marcharé al bosque!

Nadie le contestó. Los rostros de las ventanas eran sombras que huían cuando él los miraba. Nadie abrió la puerta ni salió al barro de las calles.

—¡Fuera! —Gritó alguien—. ¡Márchate!

—¡Solo quiero comida, agua, una venda e hilo para coserme yo mismo la herida! ¡En cuanto me lo deis me iré al bosque!

—¡Fuera! —repitió otra voz.

El forastero golpeó una de las puertas. En otro momento la hubiera echado abajo de una patada, pero ahora estaba muy débil por toda la sangre que había perdido. Llamó a otra puerta, con el mismo resultado. Los cerdos de un corral le gruñeron y un asno rebuznó con voz chillona. Por lo demás, solo había silencio.

Tambaleándose y arrastrando los pies en el barro, se detuvo en el centro de la única plaza de la pequeña aldea.

—¿Dejaréis que muera como un perro? —les gritó.

Nadie respondió.

Soltó un reniego entre dientes, se arrebujó con la capa y echó a andar hacia el campo, seguido por decenas de ojos. Muchos respiraron con alivio cuando se perdió en la distancia.

La lluvia cayó antes de que pudiese llegar al bosque. Era un espectro, una figura trémula y vacilante, pero de algún modo logró mantener el tronco erguido y las piernas en movimiento. Sufrió una laguna en su memoria y cuando emergió de ella se encontró en el interior de la fronda, con la lluvia empapándole y chorreando desde su cabeza y hombros. Cayó en un charco y pensó que se moriría allí mismo, pero logró arrastrarse y llegar al tronco de un gran árbol muerto, con una oquedad lo bastante grande como para cobijarle. La limpió de inmundicia e insectos con una mano temblorosa y se metió dentro.

Llegó la noche y la lluvia arreció. Seguía empapado, pero al menos no estaba ya a la intemperie. Caía en estados de sueño ligero y cuando despertaba se maravillaba de seguir vivo. Las fuerzas iban abandonándole poco a poco. Empezó a dejar de notar las extremidades, tan insensibles como la madera del viejo árbol, y los pensamientos se le volvieron pesados y lentos, como chorros de miel que cruzaran por su cerebro moribundo. Un hilo le unía a la vida y se aferraba a él con los dedos mugrientos de la voluntad. Si bien iba a morir como una alimaña, al menos libraría su última batalla contra la propia muerte. La Señora tendría que luchar para llevárselo a su reino de polvo y cenizas.

El amanecer dio a luz un día sin lluvia, pero tan nublado como el anterior. El forastero seguía en su hueco del árbol, dentro de un gran charco donde flotaban pedacitos de madera. Aún estaba vivo, pero sus latidos eran lentos y erráticos.

—¡Señor! ¡Despertad, señor!

Una mano le zarandeó y su consciencia empezó a emerger del abismo.

—¡Señor! ¡Os he traído agua y comida! ¿Estáis muerto, señor? ¡No os muráis, os lo ruego! ¡He andado mucho siguiendo vuestro rastro y mis padres creen que estoy cuidando las cabras! ¡Suerte que Tirán se ha quedado con ellas y ha prometido no decir nada! Os traigo agua. Bebed, señor.

Una boquilla de barro tocó sus labios azules y el agua dulce y fría penetró en su boca y su garganta. Eso le ayudó a recobrar la fuerza suficiente como para abrir un ojo. Pero su visión era borrosa y solo discernió una figura confusa y pequeña.

Pero bebió más agua y las olas de la fiebre retrocedieron mar adentro.

—¡Salid de ahí, señor, que es un tronco muy sucio! ¡Me estoy poniendo perdida! ¡Yo os ayudaré! Cuidado, voy a tirar de vos. Moveos, por favor. ¡Ahora!

Unas manos pequeñas le agarraron de la cabeza y la capa y trataron de moverle. Encontró la energía para mover las piernas y su cuerpo cayó fuera del árbol, junto a un pequeño torrente de agua.

—¡Ahora bebed leche! ¡También os la he traído! ¡Eso os dará energías!

Le puso otra jarra en los labios y bebió con avidez. Su cerebro fue despertando a medida que el alimento revitalizaba su cuerpo. Bebió y bebió hasta acabar la jarra. Aún estaba muy débil. Temblaba y tiritaba, pero logró enfocar la visión de sus ojos.

Vio ante sí a una chiquilla, una niña no más alta que su propia cadera, con un largo vestido campesino. Estaba delgada, pero tenía la cara redonda y unos ojos de color verde sucio que se abrían como platos mientras le miraban. Su pelo largo estaba revuelto y tenía la cara y las manos tiznadas de la suciedad propia del campo. En ese rostro se abrió una gran sonrisa, con un hueco entre los dientes centrales.

—¡Ya estáis mejor! ¡La leche de mi cabra Marquita reviviría a un muerto! ¡Aquí tenéis más!

El forastero se tragó otra jarra de leche. Le supo a gloria y alejó las tinieblas de la muerte. Consiguió arrastrarse sobre los codos y las nalgas, hasta dejar la espalda apoyada en el árbol. Jadeó y miró a la chiquilla.

—¡Estáis herido, señor! ¡Hay que curar esa herida!

—Por favor… No hables…, tan alto… Mi cabeza…

—¡Eso me dicen todos, señor, que hablo muy alto y rápido y que a veces me aturullo, pero yo sé lo que me digo!  ¡Aquí tenéis un mendrugo de pan, señor! No he podido traer más porque mis padres me habrían descubierto y creo yo que bastante me he arriesgado buscándoos para ayudaros, pues no quería que os murierais. Ayer os vi en la aldea. Yo le dije a padre que podíamos ayudaros, pero él dijo que no, que mejor sería para todos que ese forastero se muriese y nos dejase en paz, que la gente de fuera solo trae problemas. No insistí porque me hubiera dado un buen bofetón y después madre me hubiera dado uno más, y luego Chaquila, mi hermana mayor, se habría reído mucho y entonces yo le tendría que tirar de los pelos, ¡porque la odio!, y al final las dos nos habríamos ganado una buena paliza.

—Espera… —jadeó el forastero. Mordisqueó el pan húmedo—. ¿Cómo te llamas?

—¡Me llamo Ífil, señor! ¡Y os he traído también hilo y una aguja que le he robado a mi madre! Espero que no la eche a faltar, porque entonces tendría que contarles la verdad a mis padres: que he venido a buscaros para salvaros la vida. ¡Y me arrancarían la cabeza!

El forastero reunió fuerzas para sacar el cuchillo montero de su funda. Al verlo, Ífil retrocedió asustada, pero él se dedicó a abrir aún más la rajadura de la túnica en su costado. Había allí una masa de mugre negruzca.

—Eso tiene mal aspecto, señor. No quiero decir que os vayáis a morir seguro, pero tampoco es imposible. 

—Espero no morirme, Ífil. Y con tu ayuda no moriré. Mira, la venda que me puse se ha metido entre los labios de la herida y ha formado una especie de costra de paño y sangre. Eso me ha salvado la vida. ¿Has traído un trapo limpio? Dame ese hilo y esa aguja.

—¡Tomad, señor! Y también he traído un ungüento que limpia y cura las heridas. Una vez me caí por una cuesta y atravesé unas zarzas y se me rajó la pierna hasta la rodilla. ¡Hasta se veía el hueso y casi se me salen las tripas por la boca! Pero madre me puso esta crema y al cabo de poco ya estaba otra vez corriendo con las cabras y con Marquita, que es mi preferida.

El forastero frunció el ceño ante la charla rápida y aguda de la niña, pues su cabeza latía como en la peor de las resacas. Pero parecía imposible hacerla callar y. además, aún estaba demasiado débil como para imponer su voz ronca y quebradiza a la de la chiquilla.       

Se sacó con cuidado el lienzo ya negro, y la herida empezó a sangrar con lentitud. Se mojó los dedos y los olió.

—No es sangre negra y no huele mal —musitó—. La herida no se ha infectado, pero si la descuido, moriré en menos de un día. Dame la venda y el ungüento, Ífil.

—¿Cómo os hicisteis esa herida, señor?

—Un bastardo llamado Tarcual me metió una buena cuchillada en el cuerpo, pero solo atravesó la carne y no interesó las tripas. No era una herida letal, aunque sí aparatosa. Sangraba como un cerdo. Fue eso lo que casi acaba conmigo.

—¿Y por qué ese hombre os quiso matar? —se interesó Ífil, que solo podía callarse ante la expectativa de un buen relato.

—Éramos compañeros y habíamos robado a un noble del sur. Huimos de sus hombres hasta darles esquinazo, pero cuando creía que había pasado el peligro, ese cerdo de Tarcual me acuchilló por la espalda para quedarse con el botín. Algo debí olerme, porque me volví lo justo para que solo me hiriera en un costado. Peleamos y le ensarté como a un pollo en el espetón. El hijo de mala madre aún pudo llegar a los caballos mientras se agarraba las tripas con los dedos, montó en uno y se llevó también el mío, al galope. Su herida era mortal y no duraría mucho, pero me había dejado sin caballos en medio de ninguna parte y con un tajo que no paraba de chorrear. Vi vuestra aldea a lo lejos y me acerqué a ella. El resto ya lo conoces.

—¿Sois un ladrón, señor?

—Ladrón, asesino, soldado de fortuna… Menos honrado, he sido de todo. ¿Qué región es esta?

—Quirbán, señor.

—¿Y quién gobierna aquí?

—Somos propiedad del Señor Utrago, cuyo castillo no queda lejos. ¡Es un lugar horrible, lleno de fantasmas! Incluso se rumorea que el Señor se come a los niños y que hace cosas feas con las brujas en las noches de luna llena.

—No te preocupes tanto por eso, Ífil. La mayoría de los brujos son farsantes. Solo hay que temer a unos pocos. Solo a unos pocos.

Lo dijo de tal manera que la niña le miró con una sombra de temor. Pero la curiosidad pudo más que cualquier prevención y le preguntó, con los ojos brillantes:

—Señor, ¿vos habéis conocido a brujos, a brujos de verdad?    

—Por desgracia, sí. Y a algunos los he mandado de vuelta al infierno del que fueron paridos.

Ífil abrió mucho la boca.

—¿De verdad? —Empezó a sacudir las manos, llena de excitación—. ¡Por favor, por favor, contadme cómo fue! ¡Me encantan las historias y los cuentos!

—Te contaré mil y una historias, muchachita. Pero solo si vienes mañana con más leche y pan. Ahora ya he comido. Tengo vendas, ungüento, hilo y aguja y puedo limpiar y coserme la herida. Mañana ya estará cicatrizada, pero aún no me veo con fuerzas para cazar un conejo, así que habrás de alimentarme tú.

—¡Mañana es demasiado pronto para que tengáis la herida cerrada y seca, señor!

—Me curo rápido, chiquilla. Ya lo verás.

Ífil se levantó de un salto.

—¡Es muy tarde, señor! Debo volver con mis cabras porque a lo mejor descubren que me he marchado. Mañana volveré temprano con más comida y entonces me contaréis historias de magos y brujos y guerreros con sangre y, sobre todo, de princesas y príncipes, con mucho amor y muchos besos. ¿Lo haréis, señor? ¡Por favor, por favor, decid que sí!

—Sí. Te contaré mil historias, no tan bonitas como esas que mencionas, pero al menos sí reales.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Soy yo el que debe darte las gracias. Me has salvado la vida. Si vienes aquí durante tres o cuatro días con comida, te daré esto.

Buscó entre sus ropas y sacó un pequeño broche de plata y oro. La niña jadeó y a sus ojos asomó la mujer adulta que dormía en ella, tan fascinada por las joyas como todas las otras mujeres del mundo. Fue tal su impresión que no pudo pronunciar una sola palabra.

El forastero guardó de nuevo el broche.

—Te lo daré antes de irme si me traes durante esos tres o cuatro días pan y leche. ¿Entendido?

—¡Claro que sí! Señor… ¿puedo preguntaros el nombre?

—Me llamo Argar

Ífil se cogió las faldas y se inclinó como una pequeña damisela de un cuento de hadas.

—Mi señor Argar, yo cuidaré de vos. ¡Pero ahora he de irme! ¡Adiós, señor Argar!

Ya estaba corriendo de vuelta a su hogar, dando saltos mientras su mente infantil agigantaba aquella aventura que había llenado su monótona vida.

Argar empezó a limpiar la herida y a preparar la aguja y el hilo.

     

Al día siguiente, Ífil llegó con más leche y un enorme mendrugo de pan. Argar todavía seguía débil, pero la comida y el descanso del día anterior le habían fortalecido lo bastante como para levantarse y desentumecer las piernas. Sin embargo, no se encontraba aún con energías como para cazar, así que se limitó a devorar las viandas que le trajo la niña. Ella le pidió ver la herida y se sorprendió al ver que, como él le advirtiese el día anterior, estaba ya cerrada y seca. Argar incluso había sacado el hilo de los puntos.

—Te dije que me curaba rápido —le recordó.

La niña le miró con un poco de temor, pero enseguida le exigió esas maravillosas historias que Argar prometiera. Él no le contó sobre princesas y hadas, sino sobre guerras, persecuciones, peligros y penurias. Sus relatos eran reales y no estaban cubiertos de gloria, sino de miedo, ira y sangre. Pero a los niños les encantan las historias truculentas, así que Ífil le escuchaba en silencio, con los ojos desorbitados. También contó Argar sus experiencias con los magos y las criaturas que se arracimaban en los rincones sombríos de este mundo. Y ese terror deleitó a la niña, como deleitan las historias escalofriantes a todos los niños y a los adultos que, en el fondo, no han dejado de ser niños.

Al tercer día, Argar le preguntó:

—Ífil, ¿por qué viniste a salvarme cuando los demás de tu aldea no movieron un dedo?

—Bueno, señor Argar, una vez tuve un perrito que se llamaba Floflo. Era un perro muy lindo y revoltoso y los dos lo pasábamos muy bien. Pero era un poco torpe y un día se cayó del tejado al que había subido y se clavó en la barriga el tridente del heno, y entonces empezó a sangrar y a tambalearse, y yo lloré mucho, pero mi Floflo al final se murió. Cuando os vi recordé a mi perrito y me dije que no podías morir, señor, como el pobrecito…

Se echó a llorar sin poder evitarlo.

—Está bien —le dijo Argar—. Cálmate. Mira, te enseñaré una cosa.

Desenvainó con lentitud la gran espada, cuyo acero brilló bajo el sol.

—¡Qué bonita! —gritó Ífil.

—Se llama Escalanda y es una espada mágica. Un mago al que ayudé grabó estas runas en su hoja y cuando hay un peligro sobrenatural cerca, esas runas se vuelven incandescentes y la espada empieza a llamear.

—¿De veras?

—Sí. Escalanda puede cortar cualquier gaznate, pero fue forjada para descabezar a brujos y a monstruos. ¿Quieres que te cuente una historia más?

—¡Sí!

Pasaron otros dos días y Argar se encontró lo bastante fuerte como para poner trampas y cazar un par de conejos. Se dijo que al día siguiente se marcharía, pero antes, cuando llegara Ífil, le daría el broche de oro y plata, la única parte del botín que Tarcual no se llevó. Luego se echaría de nuevo al camino, en busca de otra guerra en la que emplear su acero. Se preguntó cómo sería echar raíces en un solo lugar, ver pasar las estaciones y los años y tener una mujer y unos hijos como esa pequeña, Ífil.

Se sacó la melancolía de encima. Estaba hecho para viajar y vivir peligros. Un fuego extraño le impulsaba a buscar la guerra, una rabia que le quemaba por dentro como un ardor de estómago que hubiera saltado hasta su corazón y luego a su alma. Esa ira también le llevaba por otros caminos, caminos oscuros en los que se cruzaban la brujería y lo sobrenatural, senderos de perdición que despertaban su interés, como si tuviera un extraño anhelo de conocer cosas vedadas a la mayoría de los hombres, cosas que a él le interesaban y que a otros sumirían en la locura y el horror.

Ífil no volvió al día siguiente. Ni al otro. Tal vez habían descubierto sus faltas en el cuidado de las cabras y la habían castigado. De cualquier modo, Argar le debía el broche de oro y plata y echó a andar hacia la aldea.

Cuando llegó encontró de nuevo sus callejas vacías.

—¡Lugareños! —gritó—. ¡No quiero haceros daño! ¡Busco a una niña llamada Ífil! ¿Dónde está?

Otra vez le contestó el silencio, como días atrás, e igualmente vio las sombras de los rostros en los ventanucos. Pero ahora ya no estaba débil ni sangraba como un cerdo, así que golpeó con fuerza en una puerta desvencijada.

      —¡Respondedme o echaré esta puerta abajo! ¡No me iré de aquí hasta que haya encontrado a esa niña!   

 

 

http://www.dloreanediciones.com/catálogo/

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jue

16

may

2013

MANUEL GARCIA INEDITO: VIDEO

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lun

06

may

2013

DLOREAN SE SUMA AL MUNDO DEL COMIC

Hoy queremos presentaros algo totalmente distinto, un Art Book del dibujante Manuel García edición limitada y numerada de 1.000 ejemplares, que supone la primera incursión de Dlorean en el mundo del comic.

 

Manuel García es un dibujante salmantino que lleva más de quince años trabajando ininterrumpidamente para las grandes empresas americanas del sector: Mavel, DC, Dark Horse, Valliant, etc…

 

En este libro podréis encontrar más de ochenta ilustraciones de este genial dibujante totalmente inéditas. Yo, como comprador compulsivo de sketchbooks y libros de ilustraciones, estoy un poco cansado de pagar diecinueve dólares con noventa y nueve céntimos por veinte o treinta paginas de bocetos de paginas e ilustraciones ya publicadas que no me aportan nada nuevo. Es por eso que este libro de Manuel García tiene varias características que lo hacen imprescindible: para empezar tiene cerca de ochenta paginas; todo el material es inédito y por último, no se trata de sketch y bocetos sino que la mayoría de las paginas contienen ilustraciones en grises, paginas de prueba totalmente terminadas y commissions espectaculares.

 

A continuación una pequeña muestra de lo que os vais a encontrar en el libro:

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vie

03

may

2013

AGOTADA "LA MALDICIÓN DE LA DIOSA ARAÑA"

Sentimos comunicaros que "La Maldición de la Diosa Araña" ya no se encuentra disponible en la tienda Online. Ocasionalmente habrá algún ejemplar a la venta cuando lleguen las devoluciones.

 

Os recordamos que en muchas librerias todavia se puede encontrar esta obra imprescindible para todo amante del "Pulp" y la novela popular.

 

Nosoros por nuestra parte seguimos trabajando en la segunda edición de este titulo que ya se ha convertido por derecho propio en el primer gran exito de Dlorean.

 

Muchas gracias a todos por darle una oportunidad a este libro y descubrir a un magnifico autor como es Miguel Angel Naharro.

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lun

25

mar

2013

FRAGMENTO DE SOLDADO DE FORTUNA DE ALEXIS BRITO DELGADO

 

I

UNA DAMA EN APUROS

 

 

 

Barcelona, 2 de octubre de 1804

 

A aquellas horas de la noche, el escándalo que provenía de la taberna hubiera podido rivalizar con los cañonazos de cualquier campo de batalla; cosa que traía a los vecinos por el camino de la amargura. El edificio de dos pisos construido con planchas de roble, con las ventanas rotas y la puerta principal medio desencajada, exudaba un olor a cerveza que se percibía a dos manzanas de distancia. En el interior, bajo la luz parpadeante de las linternas, una cuarentena de hombres y mujeres de toda índole bebían y cantaban a grandes voces. Irónico, Stark se acarició los largos mostachos y terminó la jarra de brandy que acababa de pedir; disfrutaba con la algarabía y el caos que lo circundaba. A su derecha, sobre la barra del establecimiento, dos mujeres bailaban al ritmo desenfrenado de un violín, mostrando una generosa porción de los muslos cada vez que levantaban una pierna. Al lado contrario, una pareja de forzudos españoles que tenían aspecto de estibadores, luchaban por averiguar quién era capaz de beber más vasos de ron. En rededor, repartidos en una docena de mesas que apenas se mantenían en pie, individuos de duro aspecto: contrabandistas, soldados, tahúres, usureros, mercenarios, marinos y borrachos jugaban a las cartas o empinaban el codo, sin perder de vista en ningún momento el contenido de sus bolsillos.

—Un lugar maravilloso —murmuró el sajón—. Ideal para los curas y la soldadesca de Bonaparte.

En las escaleras que conducían al nivel superior, varias furcias aburridas esperaban que alguno de los hombres que atestaba el local se dignara a realizar una visita a las habitaciones de la planta alta. Stark estudió las medias y los corsés que dejaban poco a la imaginación; mercancía de segunda clase averiada por la mala vida y el exceso de alcohol. La más joven del grupo, debía tener, como mínimo, cincuenta primaveras. Un viejo bajó los escalones tambaleándose, totalmente ebrio, agarrando la barandilla con una mano temblorosa. Sin desearlo, tropezó con sus propios pies y se derrumbó escaleras abajo, formando una batahola con su caída. Acto seguido, se levantó de un salto y elevó la botella que llevaba en la diestra: la suerte de los borrachos lo acompañaba; cualquier otro se hubiera roto el cuello.

—¡No he derramado ni una sola gota! —exclamó entusiasmado.

Una de las fulanas replicó con voz agria:

—Uno que perdió su virilidad el día que Moisés separó las aguas.

Un coro de carcajadas maliciosas escapó de las mujeres; al parecer no había hecho gran cosa con la chica que había contratado escasos minutos antes.

—Ve a dormir la mona, Antonio —rio otra de ellas mientras se retocaba el maquillaje—. Tu mujer debe estar esperándote en casa empuñando una sartén por el mango.

Stark ignoró la escena y recorrió la taberna de un lado a otro con ojos mordaces, buscando a una buena moza que pudiera calentarle la cama. Por desgracia, parecía que tendría que probar suerte en otra parte; la carne fresca escaseaba en aquel antro situado frente a los muelles de Barcelona. En aquel instante, una pareja entró por la puerta y echó un vistazo inquisitivo al local; parecía que no era lo que estaban buscando. Stark estiró la cabeza como un gato en celo: si aquellas mujeres no pertenecían a una noble alcurnia, que el Diablo se llevara su alma. Por el aspecto limpio y adinerado de las túnicas, que les cubrían las cabezas impidiéndole vislumbrar sus facciones, dudaba que pertenecieran a la clase de señoras con las que solía alternar. Una de ellas se adelantó, decidida, ignorando las protestas de la otra, con un contoneo que no pudo resultarle menos que seductor. Al llegar a la barra, apartó a un hombre desvanecido y ordenó con firmeza:

—Dos copas de champán, por favor.

El posadero soltó una estruendosa risotada.

—Hemos agotado las existencias, hermana. —Depositó una botella sobre la barra sucia—. ¿Qué le parece un traguito de coñac?

La desconocida no se dejó amilanar.

—De acuerdo —aceptó—. ¿Tiene vasos limpios?

El hombretón se frotó una oreja con un trapo grasiento para escuchar mejor; era la primera vez en treinta años que le hacían una pregunta como aquella.

—¿Puede repetir lo que ha dicho? —apostilló—. Creo que no la he entendido bien.

La mujer hizo un gesto de exasperación:

—¡No importa! —gruñó—. ¡Deme lo que tenga!

El tabernero se encogió de hombros y llenó dos vasos hasta los bordes. Una mirada lasciva le brillaba en los ojillos porcinos.

—La primera ronda invita la casa, señoras.

La desconocida fue brusca:

—Gracias.

Divertido, Stark contempló como ambas olisqueaban la bebida antes de apurarla de un trago. Como buen conocedor del sexo opuesto, intuía que aquellas mujeres buscaban emociones fuertes; escapar de una vida de sedas y joyas, de criados serviciales y maridos impotentes. La idea de presentarse e invitarlas a su mesa lo puso de buen humor; dadas las circunstancias, era lo más parecido a un caballero que las señoras podían encontrar en aquel tugurio. La mujer que había llevado la conversación pidió otra ronda:

—Dos más, por favor.

El hombretón asintió con una sonrisa pícara.

—Por supuesto, hermana.

En aquel momento, un individuo con pinta de no haber visto una pastilla de jabón en mucho tiempo cruzó el local y se dirigió a la mujer:

—¿Quieres bailar conmigo, preciosa?

Esta se envaró como un resorte.

—No, gracias.

El borracho insistió:

—Podríamos pegarnos un buen revolcón —dijo con voz trémula y aguardentosa—. Te aseguro que te lo vas a pasar muy bien.

La desconocida se mostró altanera:

—¡Déjeme en paz!

Este la agarró por la muñeca con violencia.

—A mí no me desprecia ninguna zorra —resopló amenazadoramente—. ¿Te enteras?

El posadero intervino en la conversación:

—Deja tranquilas a las señoras, amigo —gruñó—. Como molestes a la clientela, te las verás conmigo.

El borracho hizo oídos sordos a su aseveración.

—Vamos a la parte de arriba —instó mientras intentaba llevarla hacia las escaleras—. Te voy a enseñar buenos moda…

Antes de que pudiera terminar la frase, salió despedido por los aires y se derrumbó con la mandíbula rota; el puñetazo del sajón lo había dejado fuera de combate. Este se quitó el sombrero y efectuó una reverencia.

—Lamento haberme inmiscuido en vuestros asuntos, mi señora —se disculpó—. ¿Se encuentra usted bien?

La mujer lo estudió de la cabeza a los pies mientras recuperaba su aplomo.

—Le agradezco su ayuda, caballero.

Los parroquianos no prestaron atención alguna al incidente y volvieron a sus copas. No era la primera vez que contemplaban una trifulca, ni la última. Stark tomó las riendas de la situación.

—Le invito a mi humilde mesa —ofreció—. No creo que beber a solas con su amiga sea una buena idea. Le prometo que ningún borracho os volverá a dar problemas.

Stark notó la sonrisa de la mujer debajo de la capucha.

—Será un placer, señor.

Este hizo un gesto al tabernero:

—Apúntelo en mi cuenta —señaló—. Una botella de brandy y vasos para todos.

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lun

04

mar

2013

PROLOGO COMPLETO DE LEYENDAS DE LACENOR: LA CIUDAD BLANCA

Incluimos el prologo completo con el lenlace al primer capitulo al final para que podais ver la tremenda calidad que tiene Lacenor.

 

Año 977 de la Era de los Mortales.

 

Con el rostro perlado de sudor, Tach´or se adentró en la Estancia de las Sombras. Sabía que era absurdo a ojos ajenos, pero no podía evitar sentirse nervioso e intranquilo entre las tinieblas que daban nombre a la sala. Un éldayar, un elfo de las sombras como les llamaban los humanos, asustado por la oscuridad. Los esclavos se reirían de él si lo supieran. No obstante, sabía que era una experiencia terrorífica para la mayoría de sus hermanos aunque no hablasen de ello. Su pueblo conocía bien la Oscuridad y lo que se ocultaba tras ella.

Ese era el único lugar que enlazaba el mundo de los mortales con el Inframundo, el único lugar en el que ambos estaban tan cerca el uno del otro que bastaba muy poco para rasgar el débil Velo que los separaba. Una legión incontable de seres demoníacos nacidos de la propia Oscuridad arañaban con sus espectrales garras los debilitados muros de la realidad, anhelando encontrar una abertura que les permitiese alimentarse de las almas y la sangre de los mortales. Tach´or sabía que la misma magia oscura que les permitía mantener abierto tan terrible portal era la que contenía a las criaturas de las sombras y les impedía traspasar el umbral a su mundo. Las sacerdotisas de los éldayar, fieles devotas del Oscuro, utilizaban los favores que les otorgaba su dios con ese fin, consiguiendo así acceso a los terribles poderes del Inframundo. Mientras más próxima se encontraba una de estas devotas a la Estancia de las Sombras, mayor era su poder. En su interior nada de este mundo podía enfrentarse a ellas. «Nada de este mundo», reflexionó Tach’or con un escalofrío mientras sentía las invisibles garras de los seres de las sombras arañando la realidad a su alrededor. Nada de este mundo, pero ¿quién sino el Oscuro sabe qué poderes se ocultan más allá del Velo?

Tach´or tomó aliento y se sobrepuso a su nerviosismo. Si alguna de ellas lo percibía... No quiso ni pensarlo. Se limpió el sudor de la frente y continuó adentrándose en las sombras de la estancia. Mientras caminaba, observó fascinado el espectáculo que se desplegaba ante él. En la enorme sala podía verse media docena de hermosas sacerdotisas elfas semicubiertas por vaporosos vestidos de seda que dejaban entrever sin dificultad aquello que supuestamente ocultaban. Las sacerdotisas llevaban a cabo distintos rituales para ganar los favores de su siniestro dios: algunas realizaban sacrificios de víctimas gimoteantes, otras se postraban en rezos con los que se les permitía realizar poderosos conjuros... Resultaba fascinante la dedicación de esas devotas del Oscuro que, a diferencia de los hechiceros, necesitaban contar con los favores de su señor para poder utilizar su magia.

El elfo buscó con la mirada entre ellas mientras admiraba los distintos rituales que llevaban a cabo. En una lucha por dominar el terror que le producía estar allí, encontró finalmente a quien buscaba.

−Lamshala –susurró arrodillándose. Al escuchar el respetuoso saludo éldayar la esbelta figura se volvió hacia él.

−Qué apropiado que estés aquí, Tach’or. Empezaba a tener hambre –sus labios dibujaron una seductora sonrisa. El aludido trató por todos los medios de evitar mirarla a los ojos, pero no fue capaz. Unos insondables pozos oscuros le atraparon y lo arrastraron hacia un estado semi–hipnótico mientras la elfa se arrodillaba a su lado mordisqueándose los rojos labios.

–Ya eres mío –susurró. Sus uñas se clavaron en el indefenso éldayar haciendo brotar la sangre mientras le besaba con lasciva pasión. La mujer interrumpió el beso tan bruscamente como lo había comenzado y se puso de nuevo en pie mientras se relamía.

Tach´or cayó hacia delante, manteniéndose a gatas a duras penas mientras jadeaba mareado a consecuencia de la energía vital que le había sido robada en tan aparentemente inofensivo beso.

–Y ahora, delicioso Tach’or, dime qué te trae por aquí –ordenó ella acomodándose entre unos blandos cojines situados a ambos lados de la sala.

–Sí, sacerdotisa Shylara –dijo el elfo mientras trataba de recuperar el aliento. Nunca sabía si la especial predilección que la sacerdotisa parecía sentir por él era una bendición o una maldición–. Traigo noticias sobre su hijo… –Un destello de ira en los ojos de la elfa le recordó, demasiado tarde, que había cometido un error.

–¿Mi… hijo?

–Discúlpeme, yo solo…

–¿¡Mi hijo!?

Tach´or palideció, temiendo por su vida.

–Es un bastardo. Tuve la desgracia de quedar manchada por la semilla de uno de mis esclavos, pero eso no lo convierte en mi hijo. No es más que un mestizo que no merece ni el aire que respira. Si vuelves a referirte a él como lo has hecho…

La amenaza quedó incompleta, pero fue más que suficiente. Ambos eran perfectamente conscientes de lo que ella era capaz.

–No volverá a repetirse –aseguró Tach´or agachando la cabeza.

–Bien. ¿Qué sucede con el bastardo? La única razón por la que no lo sacrifiqué al Oscuro en el mismo momento en el que nació fue que los del gremio de asesinos mostrasteis cierta curiosidad profesional por él. Si está causándote problemas mátalo, pero no me molestes.

–En realidad es casi lo contrario, sus progresos son realmente fascinantes. Gracias a su sangre humana, con menos de tres décadas de vida es ya un adulto completamente formado físicamente. Si no fuese porque esa misma impureza racial le hace más torpe y lento recomendaría criar semielfos como asesinos, apenas un par de décadas serían suficientes para tener un buen grupo de ellos, una tropa barata y completamente sacrificable.

–¿Y mancillar nuestra raza así? –respondió ella con un gesto despectivo.

–En cualquier caso –prosiguió el elfo–, estoy convencido de que ya está preparado. Ha sido entrenado durante casi treinta años en las artes del sigilo y el asesinato y he de decir que estoy realmente satisfecho con el resultado. Compensa las deficiencias de su lado humano con una disciplina y una dedicación absolutas. Ha demostrado especial predilección por las dagas, una puntería sorprendente con arcos y ballestas y, además, me he ocupado personalmente de que uno de nuestros esclavos (un erudito entre los suyos, al parecer) le enseñase su primitivo idioma. Le hará falta para infiltrarse entre los humanos.

–Me aburres... ¿Por qué me aburres, Tach’or?

–Porque... –este se tragó las palabras que bailaban en su mente: «porque es vuestro hijo, maldita sea, y porque pensaba que a pesar de todo tendríais algo más que hielo en el corazón»–. Porque creo que ya está preparado para cumplir con el papel para el que ha sido entrenado todo este tiempo. Había pensado en que el encargo que habéis hecho al gremio acerca del asesinato de la dama Aressa podría ser un apropiado bautismo de fuego para él.

–En ese caso envíalo, pero no quiero errores. Si lo matasen me sentiría muy aliviada de quitármelo de encima, pero no en esta misión. En este encargo no toleraré fallos, esa tal Aressa debe morir.

–Y morirá, sacerdotisa Shylara. Ahora, si me disculpa, debo continuar con mi trabajo –concluyó el maestro de asesinos, inclinándose ante su señora.

–No. No puedes marcharte.

Tach´or miró a la mujer sin comprender. Esta se le acercó con una pícara sonrisa y, atrayéndolo hacia sí, volvió a besarlo con pasión desenfrenada.

–Aún no he terminado contigo –le susurró al oído mientras le mordisqueaba la puntiaguda oreja.

Con una sonrisa de complacencia el elfo se dejó arrastrar a los almohadones.

 

 

Las tinieblas envolvían al joven semielfo. Llevaba horas corriendo, tratando desesperadamente de escapar aun cuando no lograba alejarse de sus perseguidores. En el momento en que creía que había logrado dejarlos atrás surgían de nuevo de entre las sombras y trataban de darle alcance, obligándole a redoblar sus esfuerzos por alejarse. No recordaba cuánto tiempo llevaba corriendo, de hecho ni tan solo sabía en qué momento había comenzado a hacerlo. Con el rostro pálido por el esfuerzo trató de mirar hacia atrás, temiendo lo que podía encontrarse.

Efectivamente, ahí estaban. Incontables seres fantasmales y almas errantes trataban de alcanzarle entre gemidos y gritos de dolor.

El semielfo aceleró su carrera, temeroso de lo que podían hacerle si le alcanzaban, cuando sintió que unas manos frías le agarraban de la pierna haciéndole caer. El vacío se abrió ante él y lo tragó, pero ni aun entonces logró liberarse de los espectros, que le atormentaban con sus lamentos desgarradores…

Su propio grito lo despertó. Su respiración era agitada. Abrió los ojos y, tras enjugarse el sudor del rostro, miró a su alrededor. ¿Qué había pasado? Se llevó una mano a la cabeza y se masajeó la sien, tratando de tranquilizarse. Intentó convencerse de que solo se trataba de una pesadilla, pero sabía que no era así. Era la misma de siempre, una carrera eterna atormentado por fantasmas y demonios que no conseguía identificar. Llevaba años teniendo el mismo sueño, pero cada vez se volvía peor. Cada día los espectros se acercaban más a él, de manera que nunca podía dejar de correr. No comprendía bien el significado que tenía, pero sí sabía que de seguir así acabaría por destruirle.

Al recordar de repente dónde estaba, se incorporó con cuidado y miró a su alrededor. Se encontraba en mitad del bosque en su primera misión, que además le había sido encomendada por su madre (sabía que no debía llamarla así, pero no podía evitarlo). Su objetivo era una carreta que transportaba a alguien importante –la dama Aressa, según le habían informado–, así como a un nutrido grupo de guardaespaldas. Les había seguido durante horas hasta que, finalmente, se habían detenido a prepararse para pasar la noche. El semielfo, escondido a una distancia prudencial, decidió esperar el ocaso para así atacar con el resguardo de la oscuridad. Había intentado descansar un poco mientras esperaba, pero de alguna manera se había deslizado lentamente desde el trance ligero hasta un sueño profundo e intranquilo. Sabía que haría mejor su trabajo si se encontraba descansado, pero de haber sabido que iba a volver a tener esa pesadilla se habría mantenido despierto.

El asesino se obligó a apartar de su mente el sueño y desenfundó una daga. Tras pasar el dedo por el filo sonrió al observar en él una fina línea carmesí.

–Vamos allá –susurró.

 

 

–¡Te veo nervioso, chico! –Exclamó un veterano mercenario al que llamaban el Tuerto–. ¿Es tu primer trabajo?

–Sí, señor –respondió el joven imberbe al que iba dirigida la pregunta–. He hecho algún trabajillo menor, pero es la primera vez que formo parte de una escolta como esta –confesó.

–No tienes de qué preocuparte –añadió otro, un espigado hombre apodado Rojo por el color de su cabello–. Somos doce sin contar a los dos guardias personales que acompañan a la dama Aressa en todo momento. Además, no llevamos precisamente un cargamento de oro y joyas, es solo una mujer. No corremos peligro.

–¿Estáis seguros?

–Claro. Es un trabajo sencillo, dinero fácil –aseguró el que había hablado primero mientras mordisqueaba una salchicha recién hecha en la lumbre–. Relájate y come algo, anda.

El chico aceptó de buena gana el palo con otro chisporroteante trozo de carne que le tendía su compañero y comenzó a masticar con una sonrisa.

–Ya verás, muchacho. Cuando tengas mi edad te acordarás de esta primera noche de guardia y te reirás de tus propios miedos.

Una sombra se deslizó unos metros por detrás de los mercenarios mientras estos bromeaban entre bocado y bocado.

 

 

El semielfo observó a sus presas con fascinación. A pesar de que por sus venas corría sangre humana el único trato que había tenido hasta entonces con esa raza había sido el viejo esclavo designado para que le enseñase el idioma de los humanos. Aún podía recordar a Nam –pues ese era su nombre–, encadenado a unos grilletes en su celda, vestido con unos harapos y mirándole a través de unos anteojos rotos mientras hablaban iluminados por una solitaria vela. Podría decirse que era lo más parecido a un amigo que había tenido ya que, dada su condición de mestizo, ningún éldayar había querido mezclarse con él. En cambio el viejo erudito le había tratado con respeto y amistad. Recordaba cómo, en sus largas horas de conversación, Nam acostumbraba a dirigirse a él como Pequeño Cuervo, lo más cercano a un nombre que le habían dado. Shylara no había permitido que le dieran uno por no considerarlo digno de ello, siempre se habían referido a él como «el bastardo» o «el mestizo». Sin embargo, también recordaba la amarga despedida cuando Regh´ort, su maestro en la cofradía de asesinos, consideró que ya había aprendido del anciano todo lo que necesitaba y le encargó matarlo. Recordaba el momento en que, de pie ante Nam con una daga en la mano, le había dicho que no quería hacerlo. El humano le había explicado que no podía negarse porque, de hacerlo, los matarían a ambos. El semielfo recordaba cómo había rehusado con lágrimas en los ojos y el terrible momento en que el anciano le había arrebatado el arma para matarse él mismo, dando la vida por salvarle. Al ordenarle matar a su único amigo habían despertado sin saberlo algo en el joven aprendiz que aún continuaba ardiendo. Sin embargo…, sin embargo, en esos momentos tenía un trabajo que cumplir. No podía entretenerse con recuerdos del pasado.

Había contado doce escoltas, tres de los cuales estaban de guardia mientras los otros nueve descansaban. Dos más, según lo que había escuchado, custodiaban a su objetivo. Si consideraba que estos últimos estarían montando guardia en la tienda de tela donde debía estar descansando la dama Aressa, era un trabajo extremadamente sencillo.

Empuñó dos de sus dagas y se dispuso a comenzar el trabajo.

 

 

–¿Habéis oído eso? –preguntó el joven poniéndose en tensión.

–¿Qué pasa ahora? –gruñó el Tuerto mientras aceptaba el frasco de licor que le tendía su otro compañero.

–Un ruido. Venía de esa dirección –aseguró el muchacho susurrando, sin dejar de mirar hacia el lugar en cuestión.

Sus dos compañeros se giraron hacia donde les indicaba. Tras intercambiar una mirada de complicidad tendieron la botella al más joven.

–¿Seguro que no quieres un trago? Te ayudará a relajarte.

–Pero el ruido…

–Chico –interrumpió Tuerto–, allí es donde duermen los demás. Eso que tanto te ha asustado probablemente no sea más que uno de ellos roncando o levantándose a mear –aseguró fastidiado–. Ve a echar un vistazo si quieres, pero déjanos tranquilos.

Avergonzado, el chico agachó la cabeza mientras los dos veteranos seguían pasándose el frasco, pero no permaneció mucho tiempo así. Tenía una extraña sensación de inquietud y no se le iba a ir permaneciendo sentado.

Armándose de valor se levantó y, tras tomar del fuego un palo en llamas, se dirigió hacia el lugar del que había venido el ruido.

Sus dos compañeros intercambiaron una mirada de hastío mientras oían sus pasos alejarse.

–¿Chicos? ¿Sois vosotros? –preguntó el joven a medida que se acercaba a la zona donde descansaba el resto de la escolta. Esperó recibir respuesta de alguno de ellos, pero no fue así. El muchacho siguió avanzando con la espada corta desenfundada; aunque trataba de evitarlo con todas sus fuerzas temblaba de pies a cabeza.

–Va…vamos… –tartamudeó–, sabéis que soy novato. No me gastéis estas bromas.

Esbozó una sonrisilla forzada y alcanzó el lugar, mientras luchaba para evitar salir corriendo en dirección contraria.

–Qué extraño –murmuró. Ante él se encontraban sus nueve compañeros en sus respectivos lechos improvisados, descansando como si nada estuviera pasando. Cubiertos por mantas y capas de lana, ninguno de ellos daba señales de estar despierto. Con un suspiro de alivio el muchacho notó desvanecerse el temor que había sentido momentos antes y se volvió para regresar a su puesto, extrañamente alegre por las bromas que debería soportar el resto del viaje a causa de sus temores.

De pronto se paró, algo no encajaba.

Se volvió de nuevo hacia los mercenarios y los inspeccionó minuciosamente con la mirada, buscaba lo que le había hecho detenerse. Palideció al advertir de qué se trataba: no escuchaba los ronquidos, ni aun las tranquilas respiraciones propias del sueño. Ni tan solo se habían movido o revuelto en sus lechos desde que se acercara.

Sintiéndose invadido por el pánico corrió hacia uno de los hombres.

–¡Despertad! –exclamó, al tiempo que le quitaba la manta con la que se cubría. Dos ojos muy abiertos miraron al chico sin pestañear. Un primer impulso de alegría fue sustituido de inmediato por la desesperación al advertir que el hombre yacía degollado sobre un charco de su propia sangre. Reprimió un grito y corrió hacia otro de los mercenarios. Apartó la capa de lana verde con que se cubría y volvió a encontrarse lo mismo.

Al borde de la locura fue destapándolos a todos uno por uno, obteniendo siempre la misma imagen: una siniestra sonrisa roja a lo largo del cuello y un lecho de sangre.

–Una pesadilla… −susurró el chico, fuera de sí–. Tiene que ser una pesadilla.

Retrocedió tambaleante ante la grotesca escena dejando caer la improvisada antorcha que había tomado y corrió hacia la hoguera, esperando llegar a tiempo.

–¡Tuerto! ¡Rojo! ¡Estamos en pe….! –el grito de aviso murió antes de nacer, en el momento en que vio a los dos hombres. Ambos yacían en el suelo sobre sendos charcos de sangre que aumentaban por momentos. Junto a ellos, como si de una burla se tratara, el frasco del que habían estado bebiendo minutos antes dejaba a su vez escapar el licor, empapando la tierra.

–Eres muy escandaloso –susurró una voz a su oído. El muchacho intentó defenderse, pero fue inútil: sentía cómo las fuerzas le abandonaban rápidamente.

Cayó de rodillas al suelo y advirtió que también en torno a él comenzaba a formarse un charco carmesí.

 

 

El asesino limpió su daga en un trozo de tela mientras hacía recuento. Con el chico sumaban doce, lo que quería decir que ya solo le quedaban los guardaespaldas y la tal dama Aressa. En cuestión de minutos habría terminado el trabajo.

Se aproximó a la tienda donde se encontraba su víctima, deslizándose al amparo de la oscuridad. Aguardó un poco antes de realizar un corte en la tela que le permitiera ver. Al acercarse advirtió que los dos guardaespaldas personales que aún debía despachar no eran simples mercenarios, sino que se trataba de caballeros. Ambos estaban allí erguidos con sus aceros en las manos, probablemente alertados por los gritos del chico, vigilando que nadie se aproximase. Tras ellos podía distinguir una figura envuelta en mantas sentada en lo que parecía ser algún tipo de camastro de viaje. A pesar de su visión élfica, el asesino no distinguía bien a la persona que se encontraba en la cama, pero no había duda de que debía tratarse de la dama Aressa.

Tras unos instantes de observación, el semielfo reprimió una carcajada al advertir el gran error cometido por los escoltas. Las pesadas armaduras de los caballeros podían ser prácticamente invulnerables, sin duda. Pero la oscuridad de la noche les había obligado a quitarse los yelmos si querían ver alguna cosa más allá de sus narices. Eso, unido a que él sí podía ver en la oscuridad, le garantizaba la victoria.

Se deslizó entre las telas, silencioso como una sombra, mientras trataba de buscar el flanco de sus víctimas. Por un instante consideró ignorarlos y acabar con la mujer arrojándole una de sus dagas, solo por la deshonra y vergüenza que algo así supondría para los caballeros. Pero sus órdenes habían sido acabar también con todos los escoltas. Nunca había desobedecido una orden y no empezaría esa noche.

Empuñó sus armas sujetándolas por las afiladas puntas y, tras comprobar el equilibrio durante unos instantes, surgió de entre las sombras.

Una de ellas cruzó velozmente el espacio que separaba a asesino de víctimas, clavándose en el cuello de uno de los caballeros. Este, con un agónico gorgoteo, cayó al suelo.

El semielfo retrocedió rápidamente y, para cuando el hombre restante se había encarado hacia el lugar del que había venido el ataque, él ya se encontraba en otra zona de la tienda. Desenfundó silenciosamente otra daga y se aproximó al guardaespaldas. En la cama la víctima sollozaba quedamente, sabiéndose condenada.

–¡Da la cara, asesino! –gritó el hombre. El aludido se limitó a sonreír, consciente de que ya había ganado. Después de situarse a la espalda del caballero, mientras este miraba desesperadamente a su alrededor, el semielfo saltó sobre su objetivo y hundió las afiladas hojas en el cuello al mismo tiempo para, con un brusco movimiento, sesgar hacia el exterior.

Un reguero de sangre salpicó por todas partes mientras la cabeza rodaba por el suelo.

–Por fin estamos solos. Espero que seáis la dama Aressa, porque de lo contrario habré cometido un lamentable error –el semielfo esbozó una siniestra sonrisa.

La chica se limitó a llorar.

–Claro que lo eres –sentenció él, arrebatándole las mantas.

–Por favor –suplicó la mujer mientras acunaba un pequeño bebé entre los brazos–. Por favor, no le hagas daño. Haz lo que quieras conmigo, pero deja vivir a mi hijo. Por favor…

El asesino observó atónito a la mujer, sin poder ocultar su sorpresa.

–Nadie me dijo nada de un niño –confesó acariciando el cabello de la mujer–. Supongo que no entraba en el encargo.

–¿Lo dejarás vivir? –preguntó ella esperanzada.

–Solo a él –puntualizó el semielfo con una dura mirada.

Dama Aressa abrazó a su hijo entre lágrimas de dolor y alegría al mismo tiempo.

–Gracias… –susurró mientras le tendía el bebé a su asesino.

Una daga le atravesó el corazón sin que pudiera verla venir.

 

 

Regh´ort observó al semielfo, que regresaba de cumplir su encargo.

–¡Has tardado! –exclamó al tiempo que advertía las manchas de sangre que salpicaban las ropas oscuras del mestizo.

–Eran muchos –se justificó este.

–¿Algún contratiempo?

–Sí. Tenemos que buscar a alguien que se haga cargo del crío –informó el asesino.

Sorprendido, el éldayar advirtió que su discípulo llevaba un bebé humano en brazos.

–Sabía que eras estúpido, pero no hasta este extremo –respondió Regh´ort con desprecio–. Es lo que pasa por tratar de enseñar a un mestizo.

–El niño no entraba en el encargo –se defendió el aludido.

–¡Déjate de tonterías, bastardo! –exclamó el elfo cogiendo al niño mientras echaba mano de una espada corta.

Sin saber muy bien qué era lo que hacía ni por qué, el semielfo desenfundó una daga y, antes de que el acero de su maestro llegase a tocar al pequeño, la clavó en el corazón del éldayar. El asesino recogió al pequeño antes de que cayese junto a Regh´ort, quien le dirigió una última y sorprendida mirada.

El semielfo miró al cadáver sin acabar de creer lo que había hecho. Mientras, acunaba al bebé para que dejase de llorar.

Sabía que, desde ese momento, se había convertido en un proscrito para los elfos de las sombras.

 

 

Tach´or jadeaba exhausto junto a la sacerdotisa Shylara. Había acudido hacía un rato para informarle, pero la elfa lo había arrastrado de nuevo a los cojines, sedienta de poder y placer por igual.

–Mediocre –sentenció ella.

–Yo… lo siento, Lamshala. Procuraré esforzarme más la próxima vez. Respecto a lo que venía a informaros…

–Ah, sí. El informe. ¿Qué sucede?

–Se trata del bastardo.

–¿Ya ha regresado? Se ha tomado su tiempo.

–No, en realidad no lo ha hecho. A decir verdad me han informado de que Regh´ort ha sido encontrado apuñalado, y del mestizo no hemos encontrado ningún rastro. Sospe… sospechamos… –tartamudeó él.

–¿Sí? –preguntó la mujer a la vez que una mirada de ira relampagueaba en sus ojos.

–Sospechamos que el bastardo lo mató.

Ella se inclinó sobre el instructor y mostró una extraña sonrisa.

–En ese caso ya sabes lo que le pasa a todo aquel que me decepciona.

–Lo sé, sacerdotisa Shylara. Me ocuparé personalmente de que reciba su castigo.

–No hablaba de él –le susurró al oído. Las manos de la mujer brillaban con un oscuro resplandor posadas en el pecho del elfo–. Da recuerdos al Oscuro de mi parte.

No hubo gritos ni forcejeos. Cuando la elfa se levantó tan solo dejó tras de sí un consumido cascarón vacío, macabro recuerdo de lo que una vez fuera un ser vivo.

 

 

Lejos de allí una oscura figura se recortaba contra el amanecer, mirando al horizonte. Aún no alcanzaba a comprender qué era lo que había pasado, ni por qué había actuado de esa forma. ¿Qué motivo le había empujado a salvar al niño? ¿La compasión de la que Nam le había hablado tantas veces o, en cambio, lo había hecho solamente por contradecir a Regh´ort? Nunca había sentido ningún aprecio por el elfo y desde la muerte del anciano humano deseaba poder vengarse de él. Quizás cuando había decidido salvar al bebé buscaba inconscientemente algo que le diera una excusa para hacerlo.

Preguntas sin respuesta. Lo único que sabía con certeza en ese momento era que se había convertido en un proscrito para los éldayar y que, si daban con él, se enfrentaría a su fin. Debía ocultarse y pensar sobre lo que había sucedido, encontrarse a sí mismo para poder encontrar también su camino. Al mirar al pequeño advirtió que este dormía, sin preocuparse por nada.

–Creo que te llamaré Nam –susurró con una sonrisa–. Al menos uno de los dos tendrá nombre.

Un cuervo se posó sobre una rama cercana y los observó fijamente, mientras soltaba un graznido.

 

Si quereis seguir leyendo, podeis leer el primer capitulo aqui:  http://www.lacenor.com/2010/02/leyendas-de-lacenor-la-ciudad-blanca.html


 

 

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vie

22

feb

2013

CONCURSO DE RELATOS DE FANTASÍA ÉPICA "EL MUNDO DE LÁCENOR"

Hola de nuevo. Esta vez nos hemos propuesto hacer crecer el universo Lácenor de una forma diferente. Hay mucho que contar todavia en Lácenor y para hacerlo tenemos al gran Joaquin Sanjuan trabajando en una segunda novela que publicaremos dentro de algún tiempo. Pues bien, hemos pensado que tambien vosotros podeis contribuir a que Lácenor crezca y que mejor manera que seleccionando un relato para que acompañe a la segunda entrega de Lácenor en Dlorean.

Aprovechad ahora la oportunidad de formar parte de Lácenor y de paso de llevaros a casa una buena colección de libros Dlorean.

 

CONCURSO DE RELATOS DE FANTASÍA "LEYENDAS DE LÁCENOR"

 

Estas son las bases:


1. Podrán participar todos aquellos interesados, sea cual sea su nacionalidad, con obras escritas en castellano. Se admitirán dos relatos por autor.

2. La temática será fantasía épica, siendo obligatorio que la acción del relato transcurra dentro del mundo de Lácenor y que al menos uno de los protagonistas del mismo sea un personaje del libro "Leyendas de Lácenor: La ciudad blanca", publicado por Dlorean ediciones en febrero de 2012 (enlace)

3.  El relato podrá transcurrir antes o después de los hechos narrados en la novela antes mencionada, siendo el argumento totalmente libre. Se podrán hacer referencia a hechos de la novela siempre y cuando se respete la coherencia de los mismos.


4.  El jurado valorará especialmente los relatos autoconclusivos.

                 
4.  La extensión de los mismos no excederá de las 15 páginas. Utilizando una fuente Arial 11 e interlineado 1,5.

5.  Los textos serán enviados a esta dirección, concursos@dloreanediciones.com y deben ir firmados y precedidos del título. Poniendo en el asunto “CONCURSO Lácenor + TÍTUTO + AUTOR”. La firma deberá aparecer al final de los relatos y estará compuesta por los siguientes datos: nombre completo, nacionalidad, edad, dirección postal, e-mail.

6.  El relato ganador recibirá dos premios. El autor será obsequiado con 200€ en libros de la editorial (a canjear sin limite de tiempo y siendo los titulos a elección del ganador) y además su relato será publicado junto con la novela que continúa la seria "Leyendas de Lácenor: El campeón de Korelda", conviertiendose por tanto en parte oficial del mundo de Lácenor.

7.   No se admitirán escritos que no sean completamente originales e inéditos.

9.   Todos los textos deben estar revisados ortográfica y gramaticalmente antes de ser enviados.

10.  Los nombres de los relatos seleccionados se harán públicos el día 15 de julio de 2013 en el blog y en la página de facebook de Dlorean ediciones. www.dloreanediciones.com

 

11.  El plazo de entrega de los relatos se abrirá el dia 15 de marzo de 2013 y quedará cerrado el dia 15 de junio de 2013.

 

12. La participación en el concurso supondrá la aceptación de las bases del mismo.



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sáb

16

feb

2013

A LA VENTA EL EBOOK DE LEYENDAS DE LACENOR

Ya podeis adquirir a muy buen precio el ebook de Leyendas de Lacenor: La Ciudad Blanca.

 

Por solo 2,42 euros. Podeis comprarlo aqui, en nuestra web, en la sección "Colección Ciudadela"

 

Cuando los habitantes de Orium, una tranquila y peculiar ciudad enclavada en el remoto paso de montaña entre Madoria y el reino de los enanos, pidieron ayuda a la Orden Blanca para acabar con el mal que asolaba la ciudad, jamás imaginaron que se arrepentirían de ello. Una vez limpiada la ciudad de seguidores del Oscuro, las huestes de la Orden Blanca instauraron un régimen dictatorial dirigido con mano de hierro por Cirn DeNekut. La única esperanza que le queda a la ciudad recae en cuatro héroes involuntarios que unirán sus fuerzas para tratar de liberar Orium de la tiranía de la Orden Blanca, aunque para ello tengan que desatar una orgía de sangre y destrucción.

 

¡No os lo perdais!

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jue

14

feb

2013

AVISO IMPORTANTE SOBRE LA REVISION DE MANUSCRITOS

Estimados lectores.

 

Una vez terminada la locura del concurso Steam Tales volvemos a la ardua tarea de continuar con la revisión de los manuscritos que nos habéis hecho llegar.

 

Nuestra intención es contestar a TODOS los que nos mandasteis obras antes de fin de año en las próximas semanas.

 

Es por ello que desde hoy mismo cerramos la recepción de obras.

 

No es justo que haya gente que está esperando desde hace meses, así que vamos a centrarnos en contestar a todo el mundo.

Agradecemos vuestra santa paciencia.

 

Un saludo a todos.

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mié

13

feb

2013

GANADORES I CONCURSO DE RELATOS STEAMTALES

Por fin podemos anunciaros los ganadores del I concurso de relatos Steamtales.

Suena a tópico decir que ha sido dificil, que hay mucho nivel y que muchos relatos muy buenos se han quedado fuera, pero es que es así. Hemos disfrutado mucho leyendolos todos y hemos sufrido sobremanera al tener que seleccionar a los elegidos. Habeis demostrado tal nivel que hubiera dado para hacer dos antologías. ¡Sois la leche!

Bueno, no me enrollo más que lo estais deseando, estos son los afortunados:

 

El azul del cielo, Pedro Moscatel

El corazón púrpura, Manel Güell

Novygorod convulsa, Francesc Barrio

El abordaje, Javier Araguz e Isabel Hierro

La última voluntad de Fredrik Foxter, Angeles Mora

La venganza tiene rostro de diablo, Ana Morán

El último confín, Victor Nuñez

Las máquinas de Von Klein, Led Marlow

La caida de Rodas, Alejandro Ros

La delgada figura de un caballero, Alejandro Morales

El misterioso caso del documento robado, David Monzón

Jaque Mate, Fernando Fantin

 

Los doce seleccionados formarán parte de la antología acompañados por otros cinco relatos de nuestros autores Dlorean.

 

El moderno prometeo, Alexis Brito Delgado

El extraño caso del crimen del señor Linder, Miguel Angel Naharro

My Steampunk Army, Raúl Monntesdeoca

Segundo de Dios, Nestor Allende

El niño de engranajes y tuercas, Joaquin Sanjuan

 

17 relatos, a cada cual mejor, que componen una antología magnífica que podremos disfrutar en las próximas semanas.

Pronto podreis ver la portada de la antología y las fechas de publicación.

Saludos a todos y gracias!

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mar

12

feb

2013

SOLDADO DE FORTUNA: LAS AVENTURA DE KONRAD STARK

«El sajón agitó la cabeza coronada por una hirsuta melena rubia y comprobó que los piratas estaban listos para el abordaje. En sus ojos grises, fieros e indómitos, ardía una llama candente; la misma que tantos individuos habían visto antes de morir bajo el filo de su acero».

 

En una Europa invadida por los implacables ejércitos napoleónicos, Konrad Stark es un soldado de fortuna que intenta sobrevivir entre el tronar de los cañonazos y el avance de los húsares. Batallas en altamar, líos de faldas, sangrientos combates, borracheras, damas misteriosas y noches de juerga, son algunas de las aventuras por las que pasará nuestro héroe en su lucha por la supervivencia.

 

De esta forma tan sugerente nos presenta Alexis Brito a su nuevo personaje, Konrad Stark. Alguien podría pensar que se trata de uno más de la larga lista de los peculiares miembros de la familia Stark. Nada más lejos de la realidad. Konrad tiene su propia personalidad y caracter que lo hacen un personaje único, viviendo acontecimientos extraordinarios en una sucesión de aventuras sorprendentes.

 

Con este nuevo miembro de la familia Stark, Brito nos guía por una Europa en guerra que se defiende de la amenaza de Napoleón. Cuando leí esta novela se me vinieron a la mente las historias de grandes como Robert Louis Stevenson, como Alejandro Dumas, como el propio Salgari… Exotismo, riesgo en cada página, aventura en estado puro…

 

Os invitamos a que disfrutéis de esta gran novela, que mimando hasta el extremo la fidelidad histórica no descuida en ningún momento el tono canalla y pragmático de su personaje.

 

Os presentamos a Konrad Stark, la nueva estrella de Alexis Brito Delgado, autor de Melancolía (2010); Dorian Stark (2011); Wolfgang Stark: el último templario (2012) y Asesino a sueldo (2012).    

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jue

07

feb

2013

GANADOR DEL CONCURSO OBJETOS DE ZARDI

Buenas a todos.

 

Una vez revisados todos los correos con las respuestas sobre los objetos que guarda el anticuario, los acertantes solo han sido solo cuatro, con lo que parece que el tema tenía miga.

 

Los acertantes han sido:

 

Luis Guillermo del Corral.

Alberto López Aroca.

Patxi Iturregui.

Francisco Montiel Aguilera.

 

Una vez realizado el sorteo, tenemos que anunciar que el ganador de un ejemplar de Leyendas de Lácenor: Ciudad Blanca es:

 

Patxi Iturregui.

 

Como el ganador ya ha comprado el libro en la web, le damos dos opciones, puede elegir entre un ejemplar de Leyendas de Lácenor: La Ciudad Blanca o un ejemplar de Soldado de Fortuna: Las Aventuras de Konrad Stark de Alexis Brito Delgado que será nuestra próxima novedad.

 

Enhorabuena.

 

Y ahora vamos a poner aquí las respuestas correctas:

 

1. — Una enigmática y rara máscara de gas junto a una pistola — La máscara y la pistola de Wesley Dodds el Sandman original de la JSA de DC Comics.

 

2. — siete bolas doradas con estrellas rojas en su centro — Las Bolas del Dragón de Dragon Ball.

 

3. — un libro encuadernado con algo similar el cuero en cuya tapa, un rostro grotesco y horrendo parecía mirarte y tener vida propia — El Necronomicón Ex-Mortis de Evil Dead.

 

4. — una espada a dos manos de una aleación negra colgaba de la pared y parecía escucharse una risita malvada cuando se la admiraba — Stormbringer (Portadora de Tormenas), la espada de Elric de Melniboné

 

5. — bajo una campana de cristal, un cubo que emitía un ligero brillo azulado — El cubo cósmico (Marvel Comics)

 

6. — un pequeño cofre lleno de sellos y runas nórdicas, helado al tacto — El cofre de los Antiguos Inviernos que aparecía en Thor (Marvel Comics)

 

7. — una reluciente lámpara de aceite del lejano oriente — La lámpara de Aladino

 

8. — un casco dorado de origen egipcio en el que únicamente se abrían los agujeros para los ojos — La máscara de Nabú que lleva el doctor Fate de DC Comics

 

9. — un amuleto circular similar a un párpado cerrado — El ojo de Agamotho del Doctor Extraño (Marvel Comics)

 

10. — una caja de seis caras negras que componía un rompecabezas que nadie querría resolver, pues desencadenaba fuerzas que no podían contenerse — La Configuración del Lamento de Hellraiser, de Clive Barker.

 

Algunos fans de los comics Marvel han dicho que Stormbringuer (una espada negra) era la espada de ébano del Caballero Negro de los Vengadores, error fácil de cometer.

 

Gracias a todos por participar.

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lun

04

feb

2013

GANADOR DEL SORTEO DE DANZA DE DRAGONES

Hola a todos, queridos lectores de Dlorean.

 

Como todos sabéis, Miguel Angel Naharro, el autor de “La Maldición de la Diosa Araña” sorteaba un tomo de “Danza de Dragones” de George R. R. Martin entre todos aquellos que hubieran comprado el libro antes del 31 de enero de 2013.

Pues bien, una vez celebrado el sorteo, tenemos que anunciar que el ganador de ese pedazo de tomo es:

 

Daniel Guerrero (Sevilla)

 

Estimado Daniel, enseguida le pasamos tu dirección a Miguel Angel para que te haga llegar el libro.

Recordar, Dlorean, tu transporte a lo fantástico.

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mar

29

ene

2013

FICHAJE GALACTICO PARA DLOREAN: ANDRES DIAZ

 

 

Hace quince años.
Hace quince años, yo era un chaval de veintidós años que devoraba todo lo que publicaban de Conan. Por aquel entonces la Espada Salvaje de Conan iba por su volumen tres y yo empecé a mandar cartas al correo de los lectores. Recuerdo que en los catorce números de los que constaba aquel volumen tres, salieron cuatro cartas mías.
¿A qué viene esto? Pues que hubo otro chaval que me superó ampliamente mandando ocho cartas que fueron publicadas. Pero además ya le habían publicado cinco más en el volumen dos (que solo tuvo doce números). Se trataba de Andrés Díaz Sánchez.
Parece mentira. Lo que es la vida, repasando aquellos correos para escribir estas letras, he visto que además, Luis Guillermo del Corral (Autor que va a publicar “Vindius, el Guerrero del Norte” en la colección Ciudadela) escribió tres cartas a aquel correo e incluso se publicó una de un tal Miguel Angel Naharro (Quien me iba a decir que su “La Maldición de la Diosa Araña” iba a ser quince años después el primer libro editado por Dlorean Ediciones)
Esto no es mas que un hecho anecdotico pero no deja de llamarme la atención que los chavales con ilusión del ayer se hayan convertido en grandes profesionales hoy (estoy hablando de Andres, Miguel Angel y Luis Guillermo, claro está, no de mi mismo).
Al principio le perdí la pista a Andrés, aunque gracias a Internet pude hacer alguna búsqueda de aquel chico del que Manuel Barrero decía que escribía muy bien. Y gracias a San Google vi que iba publicando relatos aquí y allí, muchos de ellos en Action Tales, en series como “Fuerza y Honor” o “Relatos Salvajes”. Y que realmente escribía muy bien. También vi que se convirtió en el presidente de la Asociación Española de Espada y Brujería. Pero eso, como decían en la película de Conan el bárbaro de John Millius… “es otra historia”.
Tenemos el inmenso placer de anunciar que Andrés Díaz Sánchez, el autor de “La Maza Sagrada” y “Los Guerreros Sin Rostro” (Timun Mas) y “El Imperio Contra Dios” y “El Camino del Acero” (Equipo Sirius) se suma al elenco de escritores de Dlorean Ediciones.

 

Este magnífico y consagrado autor (que para mí es el R.E. Howard español sin duda alguna) será el responsable de “Argar, Hijo del Demonio” un fatastico libro de espada y brujeria que será publicado dentro de la colección Ciudadela.
Ya os iremos informando y dando más detalles de esta fantástica obra que todos vosotros podréis disfrutar gracias a Dlorean Ediciones.
Francisco Dominguez.
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vie

25

ene

2013

CONCURSO: ADIVINA LOS OBJETOS DE ZARDI

 

 

Desde Dlorean os proponemos otro concurso. 
En el libro “La Maldición de la Diosa Araña” de Miguel Ángel Naharro, en la página 151, se describen diez objetos que Zardi el anticuario guarda el almacén.  Son objetos de origen magico o misterioso, de sobra conocidos, que hacen referencia al cine, comic, literatura, etc…
Las personas que escriban un correo a concursos@dloreanediciones.com y que acierten cuáles son esos objetos sin lugar a dudas, bien porque pongan el nombre real (que no se dice en la novela), o bien porque digan a que película, libro o comic pertenecen, antes del 1 de febrero, entraran en el sorteo de un ejemplar de “Leyendas de Lácenor: La Ciudad Blanca” de Joaquín Sanjuán.
Obviamente si solo una persona acierta los diez objetos, el libro ya sería suyo.
Os recuerdo a su vez que sigue estando en vigor el concurso para ganar un ejemplar de Danza de Dragones, de George R.R. Martin.
Dlorean, tu transporte a lo fantastico.
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mar

01

ene

2013

LEYENDAS DE LACENOR Y LA FANTASIA EPICA

Cuando lei por primera vez “El Señor de los Anillos” aluciné completamente. Me imagino que a todos los que descubrieran la fantasía épica con este libro les pasaría lo mismo. Sí, luego vinieron otras ramas del género como la espada y brujería mucho más cruda representada por R.E. Howard pero de eso ya hablaremos otro día.
Tolkien, con “El Señor de los Anillos” y “El Hobbit” nos transportaba a un mundo de elfos, guerreros, dragones, enanos, magos y toda suerte de criaturas mágicas. Fue la piedra sobre la cual se edificó un género.
Hoy en día, después de miles y miles de novelas de fantasía épica, dos son las sagas más representativas; Dragonlance y Reinos Olvidados. Sagas que han generado un sinfín de secuelas, precuelas, videojuegos, películas, juegos de rol, etc…
Dlorean Ediciones se enorgullece de presentarles el inicio de una saga de novelas destinadas a convertirse en algo mítico, como las anteriormente citadas.
Leyendas de Lácenor.
Leyendas de Lácenor es una franquicia, que comienza con el libro que hoy presentamos: “Leyendas de Lácenor: La ciudad Blanca” escrito por el creador de este universo, Joaquín Sanjuán. Pero no se detiene ahí, en el mes de enero serán presentados los comics de Lácenor y más tarde nosotros mismo editaremos el segundo libro que está ya terminado.
Eso sí, queremos avisar que “La ciudad Blanca” no continua, no es parte de una trilogía. En este libro se cuenta una historia que empieza y termina, aunque puede haber alguna situación que de pie a próximas novelas. El universo de Lácenor es tan rico que esperamos que crezca tanto como cualquiera de las dos sagas antes mencionada.
Sin más les presentamos la portada de “Leyendas de Lacenor: La Ciudad Blanca” que dentro de poco será editada por Dlorean Ediciones.
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