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SERIAL STEED & ISHIKAWA XV

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO IV: LA ISLA DE LA MUERTE (TERCERA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

 

 

ACTO III

 

   La primera fila de los enormes árboles de la jungla voló por los aires como espigas de trigo segadas por la guadaña. De entre la nube de polvo y astillas surgió Hela en toda su terrorífica majestad.

   Hans Moeller, que observaba la escena desde lo alto del muro, estaba extasiado ante la visión de aquel titán hecho carne. Era impresionante. Dudaba que existiera otra criatura más grande en todo el planeta, era aún mayor que los Tiranosaurios Rex a los que debía sacar unas cuantas yardas de altura. Tenía algunas similitudes con sus parientes más pequeños. Al igual que estos su piel era de un rojo cobrizo y la estructura corporal era también muy similar. Pero ahí acababa el parecido. El gargantuesco ejemplar poseía una brazos más largos que sus diminutos congéneres, tanto que le permitían andar a cuatro patas. Esa era la razón de que no lo hubieran divisado antes. Pués cuando la bestia se irguió sobre sus dos patas traseras, sobrepasaba de largo las copas de los árboles más altos. No tenía los distintivos penachos de plumas que tan característicos eran en su especie. En lugar de eso una fila de enormes y afiladas espinas óseas descendía desde su cabeza hasta llegar a su cola. Pero lo que hizo que un escalofrío recorriera a Moeller fueron los ojos de la bestia. De un color amarillo intenso, brillaban como el fuego. Y las estrechas pupilas negras tan típicas en los reptiles estaban fijas en el psíquico prusiano.

   Hela se detuvo al llegar al límite del foso y miró el hueco en el muro que había dejado el descendido puente levadizo de piedra. De nuevo volvió a mirar al prusiano.

   Moeller tenía ante sí a la criatura más poderosa de la creación. Tragó saliva e intentó establecer contacto psíquico con aquel ser. En cuanto lo logró se dio cuenta de lo equivocado que había estado. Había menospreciado a Hela. Había creído ser el nuevo rey de la isla pero la triste realidad es que nunca había estado al mando.

   Moeller no era ya más que un muñeco babeante. Su mente había sido invadida y destruida sin que pudiera hacer nada por evitarlo a pesar de todo su entrenamiento. El poder psíquico de la bestia superaba al suyo de lejos. Conforme notaba como su cabeza iba a estallar iba también comprendiendo. Hela así lo quiso.

   El titánico reptil sentía una rabia primigenia y descontrolada hacia los humanos. Habían diezmado a sus hijos en el nido comunal. Con sus armas de fuego habían causado una gran mortandad entre los miembros de su especie y ahora debían pagar. Hela estaba deseosa de acabar con los débiles hombres que habían osado atacar a su prole.

   Cuando había notado los intentos de Moeller por establecer contacto con la mente comunal de su raza, Hela se lo permitió. Haciendo creer al psíquico que era él quién la controlaba a ella y no al revés. El estupido humano sería la llave que le permitiría atravesar el odiado muro que durante cientos de años había protegido a la molesta plaga llamada humanidad. Hoy sería el día en el que se libraría la última batalla de una guerra entre especies que llevaba en marcha miles de años.

   La imponente bestia abrió su boca para lanzar un rugido estremecedor que a buen seguro había podido oírse en toda la isla. La visión de los enormes colmillos bastaba para helar la sangre del más valiente. De pronto, la foresta comenzó a vomitar una verdadera horda de velociraptores y de Death Runners que se lanzaron en una frenética carga hacia el puente que ahora estaba bajo, en dirección al poblado nativo donde también estaba la base de operaciones de von Grueber.

   La visión de aquella terrible marabunta de dientes y garras bastó para que los soldados prusianos, que se encontraban al otro lado del paso, se diesen cuenta de que su líder se había vuelto loco. Trataron a la desesperada de volver a alzar el puente levadizo. Pero sencillamente no había tiempo material antes de que la vanguardia de aquel terrible ejército se les echara encima.

   No fue una batalla sino una carnicería. Los velociraptores que formaban la primera línea sobrepasaron el vado y saltaron sobre los humanos sin hacer distinción entre prusianos y nativos, ensañandose con ellos por igual. El pánico se adueñó de los habitantes del poblado y también de los escasos soldados que habían conseguido sobrevivir. Las armas de fuego no había sido suficiente contra un enemigo tan numeroso y formado por unas agresivas  criaturas que despreciaban su vida con tal de obtener la victoria de su bando.

   Fueron aquellos poco propicios instantes los que la fortuna eligió para que Steed, Dickinson, Lord Highbourne, el pirata Kemal y el resto de su banda alcanzaran el exterior del muro en su huída de la improvisada prisión en la que habían estado metidos.

- Parece que hemos elegido un mal momento para escaparnos. -exclamó Dickinson al ver la apocalíptica escena

   Los velociraptores habían sobrepasado el acceso y comenzaban a desperdigarse por el poblado, continuando su estela de sangre y destrucción. Nadie estaba a salvo. Hombres, mujeres y niños caían presa de las inhumanas criaturas.

- Debemos retroceder. Volver de nuevo al interior del muro y refugiarnos allí. -dijo Kemal el malayo

   Lord Highbourne interrumpió rotundo el consejo del malayo.

- No, tenemos que ayudar a esa gente.

   Steed lo miró sorprendido.

- Aprecio sus buenas intenciones. Pero no tenemos armas. Lo único que conseguiríamos es acabar como los nativos, despedazados por esas bestias.

- No necesariamente. ¿Huele usted también eso?

   A Patrick Steed se le empezaba a acabar la paciencia. ¿Qué podía importar en un momento como aquel a lo que oliese? Aun así se concentró en olfatear antes de soltar alguna barbaridad a Lord Highbourne. Era cierto, olía a algo familiar y que no encajaba en la isla. Olía a hollín. Steed vio claro a donde quería  llegar el noble. El hollín debía provenir de la combustión del carbón. El vehículo blindado de los prusianos era la única pieza de maquinaria que hubiesen visto que funcionaba a vapor. El resto de las instalaciones tomaban la energía del propio muro tal y como Moeller les había explicado. La máquina de guerra era la única posibilidad que tenían en medio de aquella matanza.

   Guiados a medias por su intuición y otro tanto por el oloroso rastro que seguían, el grupo de fugados llegó al amplio barracón prefabricado en el que se guardaba el vagón de batalla prusiano. La visión de las pesadas planchas de blindaje, unidas por recios y resistentes remaches, les transmitió algo de confianza. Iban a necesitar mucha de ella para volver a salir al infierno que se había desatado en el poblado. Steed, Dickinson, Lord Highbourne y Kemal se introdujeron en el vehículo a través de la escotilla superior. Una vez dentro se repartieron las posiciones que cada uno ocuparía.

   El que tenía más experiencia en el manejo de blindados era Dickinson pero el sargento era también uno de los mejores tiradores del grupo. Así que decidieron que Lord Highbourne se ocuparía de pilotar la máquina y Dickinson se acomodó en el puesto de una de las ametralladoras. Steed se ocuparía de la misma función en  la segunda torreta y Kemal se sentó en el lugar del artillero, al mando del pesado cañón que lanzaba proyectiles de doce libras de peso. El resto de los piratas recibieron la orden de esperar en el almacén pues era un suicidio enviarles a la lucha sin armas y sin protección. En un pequeño armero dentro del vagón de batalla encontraron seis rifles e igual número de pistolas. Dejaron los rifles a los miembros de la banda de Kemal que quedaron atrás, para ayudarles a resistir si los saurios lograban atravesar la puerta del almacén.

   Lord Highbourne abrió a tope la espita del gas de la caldera, soltó los seguros de los frenos del vagón de batalla e impulsando adelante una larga palanca a su derecha hizo rugir el motor de la máquina.

- ¿Preparados, caballeros? -preguntó el noble

- ¡A por ellos! Dele gas a este trasto, Lord Highbourne. -gritó un entusiasmado Dickinson desde la torreta izquierda

   Steed, que se encontraba en la torreta derecha, gritó al resto de los hombres que estaban en el almacén.

- Abrid la puerta y volved a cerradla de inmediato en cuanto hayamos salido.

   Un grupo de cuatro piratas malayos tiró de las puertas que se abrían hacia el interior mientras el resto de ellos cubría a sus compañeros con los rifles recién hallados.

   El vagón de batalla salió como una exhalación y las puertas se cerraron tal y como estaba previsto. El ruido del potente motor de la máquina de combate ahogaba en algo la horrenda cacofonía de gritos y chillidos de terror que se estaba produciendo en el exterior.

   Lord Highbourne observó al frente a un numeroso grupo de velociraptores y de sus rojizos parientes, que acosaban a unos nativos que buscaban refugio en el interior de una de las casas. Se les echó encima a toda velocidad, aplastando a un buen número de ellos. El resto de los bestiales asaltantes fueron reducidos a una sanguinolenta masa de carne gracias al trabajo combinado de Steed y Dickinson. Sus ametralladoras no paraban de escupir balas de grueso calibre. La pequeña victoria trajo algo de ánimo a la tripulación del vagón de batalla, pero aún quedaban cantidades ingentes de aquellas diabólicas criaturas pululando por todos los rincones del poblado.

   La horda reaccionó como un solo ser. Todos los dinosaurios centraron su atención en la amenaza que suponía el vehículo blindado. Reconocieron su olor, el mismo que apestaba el nido comunal donde los humanos habían matado a un sinfín de sus hermanos. Las bestias comenzaron una carrera suicida contra el vagón de batalla con total despreocupación por sus propias vidas. Steed y Dickinson apenas podían contener la avalancha que se les venía encima a pesar de las más de seiscientas balas por minuto que disparaban sus  Maxim MG.

   El ruido del motor de la máquina, los gritos de terror de los nativos, los rugidos de furia de los saurios. Todo, absolutamente todo sonido, quedó eclipsado por lo que vino a continuación. Un sobrecogedor e inhumano grito de furia como no se había oído en este mundo desde miles de años atrás. Hela rugía por la pérdida de sus hijos y la isla retumbaba.

   Patrick Steed seguía ametrallando sin pausa a los velociraptores y death runners. Su arma estaba tan caliente que estaba a punto de fundir el percutor. De pronto, los dinosaurios comenzaron a retroceder buscando cobertura, perdiendo todo interés en el blindado.

- ¡Bufff! Justo a tiempo. No podíamos seguir manteniendo este ritmo ni un segundo más. -dijo Dickinson desde la torreta

   Steed no respondió. Al igual que el sargento se alegraba del momentáneo respiro, pero había algo en el súbito silencio que era como la calma que presagiaba la tempestad. Tenía la sensación de que lo peor aún estaba por llegar.

   Confirmó sus negras premoniciones cuando vio dos garras gigantescas aparecer a ambos lados del enorme dintel que se había formado en el muro tras haber bajado el puente levadizo de piedra, El tamaño de las inhumanas manos era colosal. De seguido la cabeza de un ser de pesadilla surgió de entre el arco de roca. A pesar del gran tamaño del hueco, debía caminar encorvado para poder atravesarlo. Desde la parte trasera de su cabeza y por toda la espalda estaba cubierto de puntiagudas protuberancias de hueso. Era Hela, La Muerte que Corre.

   Kemal, que estaba al mando del cañón, no había tenido oportunidad de usar su arma. Era un experto artillero y sabía que con la movilidad de sus objetivos podía haber causado más mal que bien disparando los pesados obuses dentro del poblado. Pero ahora era diferente. Es más, dudaba que incluso el potente cañón pudiera detener a la monstruosidad que en aquellos instantes terminaba de atravesar la gigantesca puerta.

   Hela rugió una vez más haciendo retumbar los oídos a todos cuantos estaban allí y se irguió amenazante cuan larga era. El monstruo puso entonces sus enormes ojos inyectados en sangre sobre el vagón de batalla.

 

CONTINUARÁ...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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