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SERIAL STEED & ISHIKAWA XIV

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO IV: LA ISLA DE LA MUERTE (TERCERA PARTE)

 

ACTO I

 

ACTO II


      Hans Moeller estaba exultante. Durante mucho tiempo había intentado capturar a una de aquellas inteligentes y esquivas criaturas. La Muerte que Corre, les llamaban los habitantes autóctonos. Ese era también el motivo del nombre de aquel sin par trozo de roca perdido en el océano, La Isla de La Muerte.
   La aparición en la isla de la expedición británica había sido un contratiempo menor. La mayor parte de sus componentes se encontraban a buen recaudo, en la improvisada prisión que había montado dentro de la estructura del gigantesco muro.
   Moeller sospechaba que tiempo atrás la isla debió estar unida al continente o a alguna otra masa mayor de tierra. Tanto muro para proteger un territorio tan pequeño no le parecía lógico. Quizás un cataclismo la separó de tierra firme. Llevaba cerca de un año destinado allí y sabía que los terremotos eran bastante frecuentes. Existía un volcán en activo que de cuando en cuando dejaba oír su rugido y hacía temblar a las mismas montañas.
   Dejó de desvariar con los hipotéticos orígenes geológicos de la isla para concentrarse en la tarea que tenía por delante. Observó con deleite a uno de los ejemplares de aquellos singulares dinosaurios. Parecían ser una evolución de los velociraptores, mucho más fuertes e inteligentes. La escamada piel era de un tono rojizo metálico en su lomo y cabeza, donde mostraban unas estructuras parecidas a plumas. Un cruce perfecto de reptil y ave que aprovechaba lo mejor de cada especie en un híbrido claramente superior a sus predecesores. Era simplemente brillante, pensó el prusiano.
   En su anterior intento de hacer una exploración psíquica a los saurios había averiguado bastante sobre aquellos seres. Cosas maravillosas e increíbles. Sabía que las criaturas compartían un nexo psíquico común, una mente colmena que estaba a las órdenes de una “abeja reina”. Había un punto central en la red psíquica que unía a aquella increíble especie. Moeller había tratado de llegar hasta ese punto central pero las criaturas se habían resistido a dejarle entrar. Hoy sería diferente. Había sedado a los tres ejemplares. En su estado de debilidad no podrían impedir que esta vez llegase al centro del sistema.
   Se acercó hasta una de las jaulas. El animal yacía dormido en su interior. A través de los barrotes, Moeller introdujo su mano para tocar a la criatura. El contacto físico, aunque no era imprescindible, facilitaba su exploración mental y fortalecía el vínculo entre los dos.
   Tuvo que habituarse a la extraña sensación que le producía la mente reptil. Era tan...inhumana, tan distinta que lo primero que le provocaba era rechazo. Un mundo en el que los sentimientos no tenían cabida y donde todo se supeditaba a una única cosa. La supervivencia de la especie. Sentía una mezcla salvaje de hambre sin fin y lujuria desatada. Intensificó su sonda telepática y se sorprendió de lo fácil que estaba resultando. Era cierto que la criatura había sido drogada y no estaba en plenitud de facultades, pero Moeller sintió cierta decepción. Había esperado más resistencia. Era casi como si el ser le facilitara la entrada en la mente colectiva. El psíquico prusiano no prestó mayor atención a ese detalle. Estaba demasiado cerca de ser la persona más poderosa del mundo. Con aquel poder en sus manos no habría nadie que pudiese detenerlo. Moeller empezó a pensar que el propio Otto von Grueber tendría que inclinarse ante sus pies. Había llegado el momento de que Hans Moeller, el eterno segundón, tomara el lugar que le correspondía como Amo del Mundo. El prusiano estaba fuera de sí, obnubilado por el poder que ya casi alcanzaba con la punta de los dedos.
   Estaba dentro de la mente única de los saurios. Podía sentir, oler y ver lo que hacía cada uno de los miembros de la especie. También podía sentir algo más. La mente colectiva no era solo un concepto abstracto. Instintivamente supo que Hela era un ser vivo, real, de carne y hueso. Un ejemplar supremo de su especie. Una necesidad imperante para que sus congéneres pudieran sobrevivir en un entorno tan hostil como el de la Isla de la Muerte. En cada generación, que se medía por centenares de años, un miembro de la especie evolucionaba para convertirse en el protector y líder de su raza. Su nombre era Hela y ahora estaba dentro de su mente.
   Moeller encontró mucho más de lo que esperaba. Estaba maravillado por la fría perfección de aquella raza en la que los individuos no existían si no era como la prolongación de una mente central. Un ejército perfecto que ahora estaba a su disposición.
   El psíquico rompió el contacto con la criatura. Sudaba en abundancia, más por la excitación que por el esfuerzo realizado. Una idea le daba vueltas en la cabeza.
   Abandonó el laboratorio y se dirigió a hablar con el sargento Rudolph. El suboficial era quién se había quedado al mando de la tropa prusiana, unos treinta hombres, cuando el Doktor von Grueber tuvo que regresar precipitadamente a Europa por razones de salud
   El sargento se sorprendió de ver al psíquico en el Cuerpo de Guardia. No era muy habitual verle por allí. Rudolph suponía que vendría a quejarse de como se había relajado la disciplina en los últimos tiempos. Moeller siempre se quejaba de lo mismo pero jamás hacía nada para solucionarlo. Así que Rudolph aguantaría el rapapolvos y después continuaría con su rutina diaria. Pero el suboficial estaba equivocado.
- Sargento Rudolph, quiero que busque a Gorodo para que comunique a los nativos que hoy haremos una ofrenda a Hela y que yo mismo oficiaré la ceremonia.
   El militar prusiano no estaba seguro de lo que acababa de oír. Moeller no era del tipo al que le gustan las bromas y suponía que estaba hablando en serio. Rudolph había oído hablar a Gorodo, el guía indonesio que les había conducido hasta aquel lugar, de las ofrendas a Hela. Nunca llegó a ver ninguno porque Otto von Grueber prohibió la práctica de los sacrificios rituales humanos en cuanto tuvo constancia de ello. Con muy buen criterio, creía el sargento Rudolph. Y ahora Moeller quería comenzar otra vez aquella monstruosidad él mismo. Vale que Moeller era un pedante que no tenía ninguna experiencia en el mando y mucho menos en combate, pero Otto von Grueber le había dejado al mando. No era su trabajo cuestionar las órdenes de sus superiores sino llevarlas a cabo. Aunque siguiera pensando que era una total y auténtica locura.

   En la sala que había sido habilitada como prisión, Patrick Steed pasaba las interminables horas mirando a través del ventanuco enrejado que daba a la jungla. La moral entre los prisioneros estaba baja. Incluso el incombustible Lord Highbourne se encontraba un tanto huraño para lo que era su norma. Nadie hablaba y el silencio casi se podía cortar a cuchillo. La desesperación y la impotencia empezaba a hacer mella en el indómito grupo. Unos leves sonidos procedentes del exterior de la ventana pusieron sobre aviso a Steed. Debía tratarse de algún animal, no muy grande a juzgar por lo que oía. El agente secreto se acercó a los barrotes, llevándose un susto de muerte al darse de cara con un pequeño mono. El animalillo se llevó también una buena sorpresa y lanzó un agudo chillido de miedo.
- Es Mr. Nilson. ¡Ha vuelto! -gritó con voz alegre y animada el sargento Henry Dickinson
   Todo el grupo, incluyendo a Kemal y su grupo de corsarios malayos estaban pendientes de la llegada del pequeño mico.
- ¡Por Dios! Ha estado a punto de darme un ataque al corazón. -se quejaba Steed
   Dickinson corrió al encuentro de Mr. Nilson y el mono saltó a sus brazos.
- Pequeño granuja. ¿Dónde has estado metido? -dijo mientras rascaba la cabecilla al animal
   Unas cuantas sonrisas burlonas se veían en las caras de los malayos. Ver a aquel hombretón inglés haciendo carantoñas a un pequeño mono era un tanto ridículo.
- ¡Estamos salvados! -exclamó Henry Dickinson
   Un incrédulo Steed apostilló.
- Aprecio su entusiasmo, sargento. Es bienvenido en estas circunstancias. Aunque reconozco que Mr. Nilson es un animal extraordinario, tuve la ocasión de verlo con mis propios ojos en Zanzíbar, no veo cómo puede ayudarnos eso a salir de aquí.
- Estás a punto de verlo -le respondió el militar inglés-. Cuando ese petimetre de Moeller os invitó a cenar a tí y a Lord Highbourne...¿Pudiste ver donde se encuentra la garita de los guardias?
- Sí. Es la primera estancia a la izquierda del pasillo.
- Excelente. Ahora todo depende de tí, mi pequeño amigo. Debes ir hasta allí y traernos las llaves que se encuentran en esa habitación. -dijo muy seriamente el sargento mirando a los ojos del mono
   Las sonrisas de los piratas malayos empezaban a convertirse en indisimuladas risas. Definitivamente el inglés se había vuelto loco como una cabra. Mas las incipientes carcajadas se cortaron de raíz cuando el animalillo abandonó la sala, colándose entre los barrotes de la puerta que les mantenía encerrados. La burla acabó por convertirse en admirado respeto cuando poco después Mr Nilson regresó arrastrando un manojo de llaves que pesaban tanto como él.

   El ambiente en el poblado nativo era de fiesta. Los lugareños se mostraban muy contentos en su mayoría de que los hombres llegados de más allá del mar les permitieran realizar su tradicional ofrenda a Hela. Los muy supersticiosos temían que abandonar los rituales hubiese podido causar la ira de la cruel diosa, a la que veneraban y temían a un tiempo. Los hombres blancos les habían esclavizado y el pueblo había sufrido mucho. Pero al menos habían corregido el error de prohibir las ofrendas. Quizás fuera una señal de que las cosas empezarían a ir mejor a partir de ahora para ellos.
   Hans Moeller se había vestido para la ocasión, causando rumores de asombro entre sus propios hombres. Llevaba puesta una túnica de cuero como la que usaban los nativos sobre sus ropas habituales. Su cuello estaba adornado por collares llenos de huesos y pequeños cráneos. En su cabeza lucía el tocado habitual de los sacerdotes de la tribu. Moeller lo había obtenido del cadáver aún caliente del anterior sacerdote. Su aspecto era blasfemo tanto para los locales como para los prusianos. Gorodo, el intérprete, estaba al lado del psíquico convertido en sacerdote. Iba traduciendo a los lugareños las instrucciones de su jefe.
   Cuando los tambores empezaron a tocar su frenética llamada, Moeller se acercó hasta una plataforma de piedra junto a la base del impresionante muro. Le seguían Gorodo y un grupo de cinco nativos. Cuatro de los salvajes sujetaban al que había sido elegido como sacrificio, un miembro de su propia comunidad. No se veía remordimiento en los verdugos. La víctima trataba infructuosamente de escapar de su cruel destino. Impulsada como por arte de magia, la plataforma empezó a ascender por la faz del muro.
   Una vez la sacrílega procesión alcanzó la cima de la gran muralla y estuvieron bien a la vista de todos, la víctima fue atada de pies y manos a un saliente que pendía sobre el impresionante foso. Poco después, la sección donde se encontraba el elegido para el sacrificio comenzó a separarse del muro. Movida por un ingenioso sistema de poleas y contrapesos fue trazando un arco descendente hasta posarse al otro lado del foso.
   Para Moeller era el momento de su triunfo supremo. La sangre del prusiano  le hervía en el cuerpo y el ritmo sin descanso de los tambores aumentaba su excitación. Atraería a Hela hasta donde él se encontraba. Llamándola a través de la mente de los especímenes que habían capturado. Entonces controlaría al fantástico animal y su especie tendría un nuevo líder al que seguir. Hans Moeller, un nombre que quedaría grabado a sangre y fuego en la historia.
   El psíquico oteó la inmensa y verde foresta en busca de señales de su objetivo. Se alegró cuando vio como las copas de los árboles situados al norte comenzaron a ser zarandeadas. Hela ya se encontraba muy cerca. Entonces, a una señal convenida, dió órdenes a sus hombres que se encontraban al pie del muro para que bajaran el gigantesco puente levadizo de piedra que impedía el acceso al poblado a la peligrosa fauna de la isla.
   De pronto estalló el caos. Los salvajes de piel color ceniza enloquecieron al ver lo que trataban de hacer los hombres blancos. Nadie podía estar tan loco como para querer abrir aquella puerta. Los guerreros de la tribu intentaron impedir que los prusianos continuaran con aquel despropósito, pero cayeron barridos por las armas de fuego de los europeos. Incluso el propio Moeller tuvo que hacer uso de su pistola cuando los salvajes que le acompañaban en el ritual trataron de matarle.











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Comentarios: 2
  • #1

    Plum Tachimowsky (miércoles, 23 octubre 2013 20:33)

    Muchas gracias por el serial ;)

  • #2

    Guillermo Moreno (jueves, 24 octubre 2013 01:08)

    Esto se pone cada vez mejor. Se nota que se aproxima el final que nuestro querido autor ha hecho una entrada donde comienzan a atarse los cabos. Muy buena la historia, esto pinta cada vez mejor.