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SERIAL STEED & ISHIKAWA XIII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO IV: LA ISLA DE LA MUERTE (TERCERA PARTE)

 

ACTO I

 

   Recorrieron un buen trecho a través de la jungla en dirección a la costa. El trayecto fue relativamente tranquilo ya que la escolta que acompañaba a Asa disuadía de acercarse a cualquier criatura con intenciones hostiles. Dos gorilas, uno albino y el otro de pelo negro a cada cual más gigantesco, un no menos impresionante tigre con colmillos como dagas y la enigmática muchacha llamada Ula.

   Asa se había visto obligada a acompañar a la extraña troupe contra su voluntad. Durante gran parte del camino, el paisaje estuvo dominado por la presencia del ciclópeo muro. En varias ocasiones la japonesa creyó estar a punto de llegar, para luego darse cuenta de que el impresionante tamaño de la construcción hacía parecer que se encontraba más cerca de lo que en realidad estaba. Caminaron durante toda una jornada en silenciosa procesión hasta llegar relativamente cerca, a un par de millas, de la parte más oriental del muro. En aquella zona la jungla se despejaba y daba paso a pequeñas formaciones rocosas por la cercanía a la escarpada costa de la isla. Podían oírse no muy lejos las olas rompiendo.

   Ula se dirigió hacia una zona en la base de las colinas de roca en la que crecían unos frondosos arbustos y comenzó a arrancar ramas, ayudándose de un afilado cuchillo corto que portaba. Fue sorprendente ver al gran Uhur imitar el comportamiento de la nativa. Con sus enormes manazas comenzó a desbrozar el terreno a una velocidad asombrosa.

   Conforme se iba despejando el lugar, Asa observó que una escalera tallada en la roca aparecía tras la maleza. Ula señaló hacia arriba y por la premura de sus palabras, la kunoichi sospechó que se hallaban cerca de su destino. El amplio sendero ascendía hasta terminar en un gran monolito natural y allí parecía terminar. ¿Qué sentido tenía construir un camino que no llevaba a ninguna parte?

   Un segundo y más detenido vistazo a la formación rocosa le permitió darse cuenta, a pesar del follaje que la cubría, de que estaba cubierta por grabados. Con símbolos que Asa no comprendía.

   La nativa Ula introdujo su brazo en una abertura de la roca y se oyó un chasquido mecánico. Instantes después, el suelo se estremeció cuando una gran losa de piedra empezó a descorrerse. Podía sentir la energía crepitando a su alrededor. Ahora veíase claramente un arco tallado en la roca, mostrando un acceso al interior de lo que parecía ser un templo a una extraña deidad. Asa dudaba en entrar a aquel lugar pero Ula le indicó que lo hiciera. Resignada, obedeció y penetró en la caverna.

   Era una amplia bóveda natural, estalactitas colgaban del techo mientras que en el suelo había desperdigadas gruesas estalagmitas como columnas. Mas en el fondo de la estancia, una enorme estatua esculpida en la misma pared parecía vigilarlo todo. No  sabía decir a que tipo de ser trataba de representar la  escultura. Sus ojos eran saltones y parecían vigilar toda la sala. Sus facciones eran una extraña mezcla de hombre y reptil, con unos largos colmillos que sobresalían de la comisura de sus labios superiores. La repugnante imagen estaba ataviada con un tocado de plumas que a Asa le recordaba en cierta medida a las que usaban los sacerdotes de antiguas tribus precolombinas de América Central. Le encantaba ir al British Museum cuando estaba en Londres, se aprendían tantas cosas.

   A los pies de la gran representación, bajo su pecho, había una puerta. Una losa de piedra la mantenía cerrada a cal y canto. Asa miró tras de sí y pudo ver que Ula, el pequeño Uhur y la felina mascota de la nativa la habían seguido hasta el interior de la estancia. El gran Uhur debía esperar fuera. Su descomunal tamaño le impedía pasar por la entrada de la gruta. Ula se encontraba arrodillada en el centro de la estancia. Asa se acercó para ver más claramente que es lo que estaba haciendo la nativa. De un saquillo de cuero que sacó de su túnica, la muchacha extrajo un montoncito de un polvo que Asa no logró identificar. La chica de piel ceniza indicó a Asa que se acercara mientras se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas, invitándola a imitarla.

   La japonesa quería acabar lo más pronto posible con todo aquello para regresar montaña arriba hasta donde se hallaba la tripulación del Intruder y su esposo Patrick. Se sentó en frente de Ula a la espera de que terminara con lo que quiera que tuviese entre manos. Con yesca y pedernal que la joven sacó de su sencillo cinturón, encendió unas chispas que prendieron sobre el polvo que había depositado en el suelo. La sustancia prendió y comenzó a llenar la estancia de un humo espeso y blanco cargado de aromas vegetales. Asa seguía sin saber hasta que punto podía confiar en la nativa.

   El olor de aquella mezcla inundó sus fosas nasales y le fue produciendo un agradable efecto de somnolencia, pero a un tiempo era más consciente que nunca de lo que sucedía a su alrededor. Miró a Ula a los ojos y la muchacha comenzó a hablar. Por el tono suponía que debía estar contándole alguna historia pero no comprendía las palabras. Al menos no en un principio. Quizás aquellas hierbas permitían algún tipo de conexión psíquica entre las dos o tal vez era simplemente una alucinación producida por los vapores de la combustión. Fuera como fuera, Asa empezaba a visualizar imágenes en su mente.

   Al comienzo no eran más que borrones fugaces, lo que sentía era extraño y confuso. Poco a poco las ideas comenzaban a tomar forma. Asa supo que una guerra milenaria se estaba librando en aquel ignoto lugar del globo. Pudo ver a unos seres delgados, altos y encorvados que le recordaban a la siniestra efigie que presidía aquel templo de tiempos prehistóricos. La isla era un laboratorio en el que aquellas extrañas criaturas experimentaban con la creación de nuevas especies y en la mejora genética de especies ya existentes. Todo con el objetivo de crear nuevas armas para su causa. Von Grueber no era el primero en tener la misma idea. Miles de años antes, unos seres inhumanos ya la habían llevado a cabo.

   Pero algo sucedió. Un nuevo grupo de seres apareció en la isla, mucho más altos y fornidos que los que había visto en primer lugar. Con ellos llegaron los humanos de los que Ula descendía. Las dos desconocidas razas estaban en guerra. Los recién llegados introdujeron sus especies al ecosistema, extendiendo su conflicto a la propia isla. Cada bando con su propio ejército de criaturas. Asa se percató que del lado de los delgados y encorvados se encontraban los reptiles, y en el bando de los más fornidos se hallaban los mamíferos. Cada facción creó un campeón, el representante supremo de su horda animal. Supo también instintivamente que Uhur era el penúltimo descendiente de la raza de titanes creada por el bando formado por mamíferos. Eso significaba que en algún lugar de la isla debía hallarse el campeón del ejército reptil. Un escalofrío recorrió su espalda ante tal pensamiento.

   La voz de Ula había estado sonando como una monótona letanía en un segundo plano de su conciencia. Un cambio en el tono de su voz llamó la atención de Asa. La joven muchacha se levantó y fue hasta la puerta que se hallaba en la base de la enorme estatua de afilados colmillos. Manipulando la posición de las piedras que formaban el marco de la puerta consiguió abrir el habitáculo construido en el interior de la reptilesca estatua. La pesada losa de piedra se movió sin esfuerzo impulsada por algún generador oculto. La japonesa no daba crédito a lo que veía. Incluso con la escasa luz que llegaba del exterior, el brillo metálico y dorado procedente de la cámara era apreciable. Un auténtico tesoro. Joyas y oro por doquier. Una fortuna por la que muchos hombres matarían. Algo que no debía saberse jamás o atraería la codicia de medio mundo. Si algo empezaba a aprender Asa, es que había que mantener a salvo los secretos de la isla. Lo contrario no provocaría más que desgracias.

   Ula entró en la cámara del tesoro y cogió con temor reverencial una lanza. Volvió hasta donde se hallaba Asa y se la entregó. La japonesa la tomó sorprendida y sin saber de qué iba todo aquello. Ula comenzó a hablar de nuevo.

   Otra vez volvían a formarse oníricas imágenes en su mente. No alcanzó a comprender la totalidad de lo que Ula le decía. Supo que la guerra entre especies de la isla no iba bien para los mamíferos. Uhur y su hijo eran los últimos supervivientes de la raza de campeones que habían creado sus antiguos amos, el resto de sus congéneres habían sido exterminados por Hela y su prole. La muchacha era una sacerdotisa. Una amiga de los espíritus, le susurraban sus propios pensamientos. Pero su pueblo había decidido servir a sus viejos enemigos al ver como se avecinaba el inminente triunfo de los reptiles. Se habían librado de todo lo relacionado con la vieja fe y habían empezado a realizar sacrificios humanos para calmar la ira de Hela. Tal era el nombre del campeón de los reptiles, aunque sería más adecuado decir campeona. Hela era, literalmente, la madre de todos los reptiles.

   Ula era de las pocas que se había mantenido fiel a los antiguos amos. No todo estaba perdido. Una vieja profecía hablaba de unos guerreros distintos a todo lo que habían visto, que llegarían un día a la isla desde el cielo y que empuñando el arma forjada por los dioses acabarían de una vez para siempre con la tiranía de Hela.

   Asa no podía creer que la muchacha salvaje pensara que ella era la elegida de la profecía. Al ver la esperanza de sus ojos y la forma en que la miraba, confirmó que así era. Estaba estupefacta. No sabía qué decir ni qué hacer. Miró la lanza que seguía en sus brazos y pudo notar el cálido contacto de la misma en su piel. El asta era muy rudimentaria pero su hoja metálica era especial. Estaba muy afilada y brillaba como si hubiese sido recién limpiada, a pesar de que llevaba cientos de años, quizás miles, abandonada en aquel templo. Palpitaba de energía y Asa la podía sentir recorriendo su cuerpo. Era un arma para matar dioses. Eso es lo que había querido Ula desde el principio. Creía que Asa era la elegida llegada del cielo que acabaría con Hela.

   La japonesa se levantó y salió al exterior. El humo de las hierbas empezaba a agobiarla en exceso y necesitaba respirar, amén de poner en orden sus pensamientos. Bien era cierto que había llegado desde el cielo pero eso no significaba ni mucho menos que tuviera que librar la guerra de nadie. Una idea le vino a la cabeza de repente. Cuando el pequeño Uhur la había secuestrado en el improvisado campamento de la montaña...¿Por qué lo hizo? ¿La había elegido? Desechó enseguida aquella absurda línea de pensamiento. No debía dejarse llevar por las supersticiones de unos salvajes. Además los vapores que había inhalado en la gruta debían estar enturbiando sus sentidos.

   Se percató de la presencia de Uhur, que había permanecido cerca de la entrada del templo. Cuando el gran simio la vio portando la lanza en sus manos asintió con la cabeza. Asa creía que la droga utilizada por Ula la estaba volviendo loca por momentos. ¿Aquél gran mono le acababa de dar su beneplácito? ¿O todavía seguía bajo los efectos del alucinógeno? Tuvo que apoyarse en la pared de roca para no caer. Eran demasiadas emociones juntas y temió desmayarse. Pero pronto pasó. Un sudor frío y refrescante recorrió su cuerpo dándole algo de ánimo.

   Desde el otro lado del muro llegó el sonido de los tambores. Ula salió en cuanto los oyó. En su cara se adivinaba una expresión de extrañeza. Estaba claro que aquello era algo fuera de lo común. La muchacha comenzó a trepar con agilidad la fachada del templo buscando una atalaya desde la que tener una mejor visión de la zona. Asa, también intrigada por lo que sucedía, decidió seguirla. Al alcanzar la cima del peñasco tuvo una excelente panorámica de los alrededores. Los tambores continuaban tocando con un ritmo frenético y pudo divisar movimiento en lo alto del muro. Un grupo de nativos sujetaban a la fuerza a uno de sus congéneres mientras lo ataban de brazos y pies a una rudimentaria plataforma que sobresalía de la cara interior del muro. Era una ceremonia religiosa, oficiada por alguien con un tocado de plumas similar al que lucía la efigie reptilesca del templo. Algo que la descolocó fue observar que el sacerdote no pertenecía a la etnia de los nativos. Su piel, de un blanco sonrosado, lo delataba como europeo. Que ella supiera, los únicos europeos que se hallaban en la isla, aparte de su expedición, eran los miembros del equipo de von Grueber. Así que por lógica debía de tratarse de uno de los prusianos. Asa comprendió que se trataba de un sacrificio humano cuando la plataforma en la que habían atado a la víctima comenzó a descender hasta quedar al otro lado del gran foso. 

   El suelo comenzó a temblar. La japonesa miró tierra adentro y observó como las copas de los enormes árboles se agitaban. Algo muy grande debía estar moviéndose entre ellos para que se movieran así. El temblor se repetía rítmicamente y aumentaba de intensidad. Eran los pasos de algo vivo, ya no le cabía la menor duda. Su preocupación fue en aumento al observar que árboles de más de diez yardas de altura eran derribados como bolos al paso de la gigantesca criatura que se ocultaba tras el denso follaje.

   El enorme Uhur rugió de ira a su lado al reconocer el olor de su enemiga ancestral y la asesina de su compañera.

   Los tambores pararon de repente su intenso golpeteo para ser sustituidos por multitudinarios gritos de terror. El ciclópeo puente levadizo de roca comenzaba a descender. Asa podía sentir la energía estática poniendo sus vellos de punta a pesar de la distancia que la separaba del muro. Lo que quiera que se estuviera acercando tenía paso franco al otro lado del muro. Pudo ver como los salvajes que estaban en la parte superior de la muralla trataron de revelarse contra el prusiano que hacía las veces de sacerdote. Probablemente tratando de impedir aquella locura. Pero los bravos nativos cayeron bajo el fuego de una pistola que dió buena y rápida cuenta de ellos.

   La cara de Ula estaba desencajada por el terror. Asa no necesitaba conocer su idioma para saber lo que la muchacha repetía una y otra vez. Apostaba su mano derecha a que debía ser algo muy parecido a “¡No puede ser!”.

 

 

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