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SERIAL STEED & ISHIKAWA XII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III


ACTO IV

 

      Patrick miraba entre los barrotes de la celda a la inmensa foresta que se extendía en todas direcciones. Preguntándose en qué lugar de aquella maldita isla podría encontrarse Asa. Había sido escoltado hasta el gran muro que habían visto en la lejanía por los hombres de Herr Moeller, un psíquico prusiano y miembro del equipo del Doktor Otto von Grueber.

   Los prusianos habían establecido su base dentro del propio muro, que era impresionante en tamaño y resultó no ser una construcción compacta. Disponía en su interior de espaciosas cámaras y de varios pisos de altura. El enclave era ideal para los siniestros planes del Doktor, crear un ejército controlado por sus psíquicos con la terrible fauna de la Isla de la Muerte.

   Steed observó por el ventanuco que junto a la cara interna del muro se había excavado un foso de proporciones grandiosas, no se habían escatimado esfuerzos en mantener a raya a las criaturas que poblaban el lugar. Cosa que a Steed no le extrañaba lo más mínimo. El único camino que unía el poblado con la jungla parecía ser un descomunal puente levadizo de piedra incrustado en el gran muro. La cantidad de energía necesaria para mover la enorme pieza de roca tenía que ser asombrosa.

   En la amplia celda estaban también los supervivientes de la partida de rescate entre los que se contaban Lord Highbourne, el sargento Henry Dickinson y una decena de los diezmados piratas malayos con su líder Kemal, el Tigre de Malasia. Nadie hablaba en aquellos momentos, el desánimo se había abatido sobre el grupo. Tan solo Lord Highbourne parecía mantener el buen humor y se dedicaba a la realización de su estricta tabla de ejercicios diarios.

— ¿Qué es lo que trataban de mantener dentro para construir un muro de tal tamaño?

   Fue Kemal quién rompió el silencio de la estancia.

   Steed se volvió hacia el interior y respondió.

— Sinceramente, espero que no tengamos que averiguarlo.

   Patrick tenía intención de continuar la conversación pero el sonido de unos pasos que se acercaban desde fuera de la celda acapararon toda su atención. Poco después oyeron descorrerse los pesados cerrojos que les retenían prisioneros y vieron perfilarse en el dintel a un hombre con el uniforme de la infantería prusiana. Portaba un rifle en sus manos, al igual que lo hacía el otro soldado que le acompañaba.

— Lord William Highbourne y Sir Patrick Steed, hagan el favor de acompañarnos.

   Las palabras, dichas con fuerte acento alemán, eran amables. Pero no las expresiones de los soldados y su tono.

   Fueron conducidos a través de un intrincado laberinto de pasillos y escaleras hasta una sala que se hallaba en el nivel superior. Era amplia y luminosa, daba al lado exterior del muro. Podían divisar el mar y también un extraño poblado de piedra que se asentaba en una estrecha franja rocosa. Steed advirtió movimiento entre las edificaciones pero no logró identificar la procedencia de sus habitantes. Debían pintar su piel con algún pigmento pues aquella tonalidad no se correspondía con ninguna que el británico hubiese visto antes. En el centro de la sala se había dispuesto una mesa con lo que debía ser la versión local de un banquete. Unas sospechosas salchichas, pescado frito, algunas frutas y vegetales. Además de una especie de gachas blancas que intentaban asemejarse al puré de patata pero que estaba claro que no lo era. Se habían dispuesto tres sillas alrededor de la mesa y en la que presidía se encontraba Herr Hans Moeller, baronet de Wolfstadt como a él le gustaba presentarse pomposamente. Después de ser invitados a la mesa por su particular anfitrión, Steed y Lord Highbourne tomaron asiento. El prusiano despidió a los dos soldados.

— Pueden retirarse, no hay peligro alguno. Al fin y al cabo estamos entre caballeros. —sonrió a sus invitados Herr Moeller levantando su copa

   Los dos militares desaparecieron cerrando la puerta tras de sí. Cuando quedaron solos, el prusiano les animó a que probaran la comida.

— Vamos, no sean tímidos. Deben estar hambrientos, sedientos y cansados. Repongan fuerzas. Las salchichas están hechas con la carne de una especie de oso nativo. Son enormes esos animales, aunque ya se habrán dado cuenta de que todo en esta isla tiende a ser muy grande. Es lo más comestible que hemos encontrado por aquí. Entre nosotros, les recomiendo que no prueben la carne de los lagartos, es repugnante. Y el puré de patata lo hacemos con la corteza fermentada de unos arbustos que crecen en abundancia por los alrededores. Una receta que hemos copiado a los nativos.

   El prusiano hablaba atropelladamente, saltando de una idea a otra y sin parar. Al ver que no permitía meter baza a sus acompañantes comentó.

— Les ruego me disculpen. No les dejo hablar. Es que hace tanto tiempo que no podía disfrutar de una conversación entre iguales. Desde que Hendrik y el Doktor Otto von Grueber se marcharon no ha habido oportunidad. Echo de menos incluso al bruto de Gunther, el jefe de la escolta del Doktor...¡jajaja!...Estoy haciéndolo otra vez, perdónenme.

   Steed maldijo interiormente aunque mantuvo las formas. Von Gruebel no estaba, una vez más el maldito científico se le escurría entre las manos. Y con él, las posibilidades de averiguar algo más acerca del paradero del profesor Barnaby, que continuaba retenido y en paradero desconocido. El agente británico intercambió una mirada cómplice con Lord Highbourne, el cual mediante discretas señas le pidió calma.

— Le agradecemos de todo corazón que nos haya invitado a este opíparo festín. —agradeció Lord Highbourne con una educación exquisita

   El noble se sirvió dos salchichas y un poco del puré. Haciendo uso de los cubiertos, probó los manjares y dijo.

— No están nada mal, dele mis felicitaciones al chef.

   El prusiano rió complacido y respondió.

— Hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos. Hablando de todo un poco, fue una suerte que les encontráramos en aquel momento, aunque no una casualidad. Les habíamos visto antes de que pusieran un pie en la isla. Tenemos ojos en el cielo.

   Steed recordó el ojo mecánico que lucía uno de los pterodáctilos que les habían atacado a su llegada. Empezó a prestar más atención a la cháchara incesante de Herr Moeller. La conversación empezaba a ir por derroteros más interesantes que la composición e ingredientes de aquella bazofia pseudo prusiana.

— Su llegada no pudo ser más oportuna. —concedió Lord Highbourne a Herr Moeller

— De haber tardado unos minutos más ahora serían ustedes el próximo menú de los Death Runners.

   Al ver la expresión de desconocimiento en sus invitados, el baronet tuvo a bien aclarar.

— Ese es el nombre que dan los nativos a esos extraños dinosaurios que lucen una cresta de plumas en sus cabezas y espaldas, La Muerte que Corre. Son unas criaturas increíbles como todo en esta isla. ¿Sabían ustedes que el Muro está alimentado por un generador que se alimenta de energía geotérmica y que sería capaz de abastecer a varias capitales europeas? Apenas hemos empezado a escarbar en los secretos de este sitio.

   Conforme hablaba su mirada se perdía, ensimismado y extasiado a un tiempo.

— Hasta ahora no habíamos podido atrapar a ningún Death Runner. Son esquivos y muy inteligentes. Después de su encuentro con ellos deduzco que se habrán dado cuenta de que no son simples animales.

   Steed asintió a la afirmación del prusiano con la intención de animarle a que siguiera su relato e intentar averiguar que estaba pasando.

— Los experimentos con los Tiranosaurios fueron un éxito aunque en el fondo sólo son máquinas de destrucción que podemos apagar o encender. Útiles pero muy poco versátiles. Ahora gracias a su gas somnífero —comentó señalando a Lord Highbourne—, hemos podido recuperar tres ejemplares de Death Runner en perfecto estado. Las posibilidades de estas criaturas son ilimitadas. Son unos tácticos excelentes, temibles en el combate cuerpo a cuerpo y tienen a su servicio todo un ejército de velocirraptores que les sirven como perros fieles. Formarán una feroz fuerza imparable y lo mejor es que estarán bajo el control de La Liga de Hierro.

   Patrick ya había oído lo suficiente como para saber que tenía que hacer lo imposible para evitar que los planes de aquel loco se llevaran a cabo.

— ¿En qué situación nos deja eso a nosotros? —preguntó con semblante serio Steed que hasta el momento no se había pronunciado palabra

   Herr Moeller respondió un tanto a disgusto.

— Me temo que su presencia en esta isla no estaba autorizada, así que deberán permanecer aquí hasta que regrese el Doktor y tome una decisión sobre ustedes.

— ¿Y cuándo será eso? —insistió Steed

— Puede que sean varios meses. Herr Gruebel tuvo que marcharse por cuestiones de salud y el tratamiento podría tomarse su tiempo.

   Steed, evidentemente molesto añadió.

— Espero que se trate de algo muy grave y doloroso.

   El prusiano perdió el apetito de repente y abandonó la sala. Dió órdenes a los hombres que le esperaban fuera de que regresaran a los dos británicos a la celda comunal. Seguidamente se dirigió hacia el área de estudios. Ardía en deseos de poder investigar a sus más recientes y preciadas adquisiciones, tres ejemplares adultos de Death Runner en un inmejorable estado de salud.

   Estaban dentro de una sólida jaula con estrechos barrotes de acero germano en una sala interna del muro, que se había improvisado como laboratorio. Hans Moeller estableció contacto visual con uno de los animales.

   Era un psíquico. No lo suficientemente bueno para ingresar en las Escuelas de Hechiceros de Batalla, pero habilidades como la suya siempre encontraban una utilidad. Su oportunidad se había presentado cuando el Doktor Otto von Grueber le había reclutado para su proyecto.

   Los ojos de la criatura eran intimidantes. Hans Moeller mantuvo el tipo, sabiéndose a salvo al otro lado de la reforzada reja. Poco a poco fue derribando las barreras mentales de la criatura para tratar de llegar a lo más profundo de su psique. No fue una sensación agradable en un principio. Era tan distinto a las experiencias que había tenido con otros dinosaurios. No se parecía ni remotamente a lo que había sentido con los pterodáctilos o los tiranosaurios. Aquí había algo más, una inteligencia más poderosa de lo que había supuesto. Lo que sentía era ajeno a todo lo humano, un sentimiento primigenio que le evocaba tiempos remotos y oscuros. Como si a través de la mente de aquel ser pudiera acceder a los recuerdos de toda su especie.

   ¡Una mente colectiva! Totalmente asombroso. Hans Moeller estaba muy excitado por lo que aquello implicaba. Había una especie de red psíquica entre toda la especie. Eso significaba que si conseguía entrar en esa red y controlarla, tendría a todos y cada uno de los Death Runners bajo su dominio. Casi temblaba ante tanto poder. Y estaba ahí para que lo cogiera con sus manos.

   El psíquico prusiano continuó con su sonda psíquica. Tenía que saber más. Conforme caían las barreras mentales de la criatura fue consciente de que la red no solo comunicaba a los Death Runners entre sí, existía también un nexo común. Hans Moeller no consiguió acceder al nodo central de la mente colmena. Las defensas eran demasiado fuertes para él. Tenía todo el tiempo del mundo y sabía que tarde o temprano acabaría accediendo a la llave que abría la puerta a un poder nunca visto antes por ningún otro ser humano.

   Moeller tuvo que descansar, estaba agotado después de su infructuoso intento de vencer la barrera que protegía al cerebro que guiaba a aquellas bestias. Una palabra se repetía en su cabeza como el eco de un susurro.

   Hela, Hela, Hela.

   ¿De qué le sonaba aquel nombre? ¿Cómo sabía siquiera que era un nombre? De pronto lo recordó. Durante su estancia en la isla había oído a Gorodo, un guía de Borneo que les había indicado la ruta hasta la isla y que chapurreaba la incomprensible jerga de los nativos, contar historias sobre la diosa Hela.

   La Muerte que Corre.

   Las estúpidas supersticiones de aquellos salvajes hablaban de que el Gran Muro había sido construido por sus antiguos amos para contener a Hela y su hueste. Los indígenas realizaban sacrificios humanos a la diosa, una costumbre que los prusianos se apresuraron a prohibir. Esas prácticas no eran tolerables para un caballero prusiano.

 

 

 

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