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SERIAL STEED & ISHIKAWA XI

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

ACTO II

 


ACTO III

 

      Asa no había podido separarse de su peluda compañía. Junior no le quitaba el ojo de encima. En cuanto se separaba demasiado, el gorila se acercaba a ella con un trote ligero y saltarín rodeándola con un brazo tan grande como la propia mujer e invitándola a regresar a su lado. Había dado el nombre de Junior al más pequeño de los gorilas, si es que se podía llamar pequeño a un ser que la duplicaba en altura. El de pelo blanco.

   El mayor de los dos, un gigante de pelo negro que sobrepasaba las seis yardas de altura, había sido bautizado como Flabius. El mal genio de la enorme criatura y su andar encorvado le recordaban en cierta manera al profesor Barnaby, por lo que Asa se decidió en llamarlo con su nombre de pila.

   Flabius se había mostrado muy reacio a la presencia de la humana. En su primera reacción trató de ahuyentar y de intimidar a Asa con sus potentes rugidos y golpeándose el pecho al tiempo que mostraba sus amenazadores colmillos. A la japonesa no le habría importado huir pero Junior se convirtió en su principal valedor ante aquella imponente montaña peluda de músculos. El gorila blanco la arropó entre sus enormes brazos, protegiéndola. Primero emitió un rugido fuerte que, ante la mirada de reprobación del mayor de los mega primates, se fue convirtiendo en un gritillo lastimero y casi de súplica a su final. El gran gorila de oscuro vello terminó resoplando en un gesto que a Asa le pareció de resignación y acabó por tolerar la presencia de la mujer. Si bien no mostró mayor interés por la diminuta humana.

   No cabía duda de que existía una relación entre aquellos dos enormes seres. Debían ser miembros de una misma comunidad o incluso de una misma familia. Pudiera ser que Flabius fuera el padre de Junior, aunque el diferente color de su pelaje hacía dudar de esa teoría a la kunoichi. Otro pensamiento la asaltó. Tenía delante a papá gorila y al pequeño gorila, a la fuerza debía existir una mamá gorila. ¿Donde se encontraría?

   Con la llegada de Flabius, Asa se dio cuenta de que Junior era poco más que una cría. Casi un bebé a pesar de su extraordinario tamaño. Ahora entendía ciertas cosas de su comportamiento. Su afabilidad y su simpatía provenían de la inocencia de un mundo que aún no conocía, de unos ojos que veían casi todo por primera vez. Su carácter juguetón y cariñoso, todo encajaba. Flabius era todo lo contrario. Hosco y huraño, poco comunicativo incluso con Junior. Tenía el cuerpo cubierto de cicatrices causadas por la peligrosa fauna de la isla. En el tiempo que Asa pasó con los dos simios observó algo en la mirada perdida del gran Flabius, un aire de tristeza que impactó profundamente a la mujer.

   A poco de la aparición del mayor de los gorilas, este se giró. Dio unos pasos lentos y pesados alejándose para luego detenerse y mirar atrás. Con un rugido seco y un tanto desganado indicó a Junior que le siguiera. El joven gorila albino se dispuso a obedecer sin rechistar. Trató de agarrar a Asa para transportarla en su brazo derecho. La japonesa ya había sufrido la nada agradable experiencia y no estaba dispuesta a repetirla.

— ¡No! —le gritó a un sorprendido Junior

   El simio blanco tenía los ojos como platos y estaba inmóvil. Hasta el momento el gorila albino había tratado muy bien a Asa, pero no estaba del todo segura hasta que punto podía poner a prueba la paciencia de Junior.

— ¡Espera! Es mucho mejor así. —dijo en un tono más bajo y conciliador

   La mujer, apoyando su pie en la rodilla del simio, se encaramó en la blanca y peluda espalda agarrándose a su ancho cuello con sus brazos.

— Ahora podemos irnos.

   Al gorila blanco la idea le debió parecer divertida y salió tras de su oscuro congénere con sus habituales saltitos. Asa se percató de que el gran gorila negro había seguido atentamente la escena de su pequeña reprimenda a Junior. En cuanto su mirada se cruzó con la de la mujer continuó andando sin volver a mirar atrás.

   La extraña compañía continuó su marcha durante un buen rato.  La lluvia paró y unos tímidos rayos de sol tiñeron el paisaje con su luz. Asa iba a lomos de Junior, el aire fresco y limpio le daba en la cara, era una sensación muy agradable. Desde su privilegiada perspectiva pudo ver con nuevos ojos su entorno. Llegó a apreciar la belleza natural de aquel lugar. Una belleza salvaje y peligrosa en donde la muerte te espera tras cada esquina pero llena de vida a un tiempo. Durante el trayecto se encontraron con todo tipo de fantásticos animales. La mayoría de ellos grandes y tranquilos herbívoros, otros no tenían un aspecto muy pacífico pero la presencia de Flabius en los alrededores los disuadió de querer acercarse más de lo que la precaución manda.

   Tiempo después el gran gorila negro se detuvo en una zona en la que abundaban las charcas para saciar su sed. Los estanques naturales abundaban por doquier, lo que era lógico dada la gran cantidad de agua de lluvia que recibía aquella isla. Junior dejó que Asa descendiera de su grupa y se dirigió también al agua. Asa se desperezó tratando de reactivar la circulación de su cuerpo para seguidamente imitar a sus peludos amigos. Encontró una charca de varias yardas de diámetro y poca profundidad en la que el agua estaba clara y transparente. El sol, que había aumentado su intensidad, hacía que la luz se reflejara en la tranquila superficie convirtiéndola en un espejo. Asa vio su propia imagen  y tardó unos segundos en reconocerse. Las mangas de su kimono de dos piezas habían desaparecido y lo mismo había pasado con buena parte de su falda. Dejando a la vista sus hombros, vientre y sus largas y hermosas piernas. Los trozos de ropa habían sido utilizados para vendar a Junior. Estaba sucia, con la piel cubierta de tierra y polvo. Asa pensó que con su aspecto actual, casi el de una salvaje, no desentonaba lo más mínimo allí. Bebió hasta calmar su sed.

   Miró a sus animales compañeros que disfrutaban del agua refrescante. Cada uno a su manera. El pequeño Junior con estridentes zambullidas en la charca y Flabius con resoplidos de satisfacción se echaba agua en la cabeza que recogía con sus gigantescas manazas. Estaban entretenidos y no le prestaban atención.

   A pesar del noble comportamiento que los animales habían demostrado, sobre todo Junior, Asa sabía que aquel no era su sitio. Por muy hermoso y salvaje que pudiera ser, echaba de menos con todo su corazón a Patrick. Intentaba no pensar mucho en él, manteniéndolo siempre en la periferia de su consciencia pero la punzada de angustia en su pecho permanecía. Tenía que huir y tratar de reunirse con el resto de la expedición.

  Ligera y sigilosa como una gacela, la kunoichi se movió a grandes zancadas, buscando siempre la protección de arbustos o ramas bajas para mantenerse fuera de la visión de los grandes simios. De tal manera llegó hasta una zona cubierta de frondosos helechos que la superaban en altura. Una ruta de escape ajena a los ojos de los gorilas y situada en contra de la dirección del viento. Cuando creyó estar lo suficientemente lejos de sus captores abandonó todo sigilo y corrió con todas sus fuerzas tratando de poner tierra de por medio.

   No podía decir cuánto tiempo duró su agitada travesía, Asa se detuvo cuando su cuerpo se encontraba al borde de la extenuación. Se dejó caer apoyando su espalda en el tronco de un árbol de buen tamaño para recuperar el aliento. Tenía que regresar a la cima de la montaña, donde había aterrizado el Intruder. Tenía un largo camino por delante y necesitaba descansar, simplemente no le quedaban fuerzas para continuar caminando. Buscó un lugar en los alrededores donde pudiese estar segura y tratar de reponer energías, con suerte incluso dar una cabezadita. Decidió que lo mejor sería subir a una de las amplias ramas del árbol, eso la protegería al menos de los depredadores terrestres.

   Estaba valorando por donde acometer la escalada cuando un rugido atenuado le llegó desde su espalda a no demasiada distancia. La habían cogido con la guardia baja debido al cansancio, de no ser así no habría conseguido acercarse tanto sin que la kunoichi se hubiese percatado de ello. Asa se giró lentamente e intentó que la sorpresa no se reflejara en su rostro.

   Frente a sí, a menos de dos yardas, se erguía un enorme felino. Incluso a cuatro patas debía sacarle un pie de altura a la mujer. Parecía un tigre exageradamente grande y lucía en su mandíbula superior dos colmillos que sobresalían de su boca y que no debían de ser mucho menores en longitud que su espada corta, pensó la mujer.

   Estaba agotada y se sentía derrotada de antemano pero no iba a abandonar este mundo sin presentar batalla. Con movimientos lentos trató de agarrar la empuñadura de sus katanas del arnés que las sujetaba a su espalda. Una voz se lo impidió.

   El sonido, claramente humano aunque en una lengua que Asa no comprendió, le llegó desde unas yardas a su izquierda. Al mirar en aquella dirección se encontró a una joven de exótica apariencia. Su piel era de un oscuro color gris ceniza, un tono que la japonesa no había visto antes en ningún otro lugar del globo. Se vestía con una rudimentaria y corta túnica sin mangas. Llevaba varios collares trenzados al cuello en los que se veían engarzados cráneos de pequeñas criaturas. Su pelo era de un color rojo muy intenso, Asa suponía que debía haberlo teñido con algún tipo de arcilla ya que en su oscura cara se veían dibujados símbolos tribales del mismo tono. La muchacha tenía una belleza extraña y salvaje, como la propia isla.

   Asa suspiró agradecida, incluso en aquellas extrañas circunstancias se agradecía ver una cara humana. Además, el tigre de los enormes colmillos mostraba una curiosa sumisión hacia la recién llegada. A la vista de lo evidente, la isla contaba con población nativa. Una señal que le insufló algo de ánimo.

   La joven volvió a hablarle en su ininteligible idioma. Asa no comprendía nada pero repetía una y otra vez la palabra “Ula” mientras se señalaba a sí misma y sujetaba los avalorios que portaba. La japonesa no estaba segura de si era su nombre o su título pero trató de hacerle entender su nombre de la misma manera y la muchacha repitió.

— A..sssa.

   El sonido de su propio nombre arrancó una sonrisa a la kunoichi.

— No está nada mal para ser la primera vez.

   Entonces Ula empezó a hablar sin parar y a toda prisa. Algo le urgía, es lo único que Asa pudo sacar en claro de su larga parrafada. Valiéndose de señas, la japonesa explicó que tenía que dirigirse montaña arriba, apuntando con su índice hacia lo alto del pico. La joven protestó y señaló hacia la costa. Asa imaginaba que le decía que ella se dirigía a otro lugar y se despidió de la nativa pero esta la retuvo agarrándola del brazo y señalando de nuevo hacia el mar. La kunoichi se liberó de la presa haciendo palanca con su antebrazo y dio un paso atrás, empezaba a no gustarle la actitud de Ula.

   El enorme tigre profirió un profundo rugido de advertencia y sus patas se tensaron al tiempo que se agazapaba, presto para saltar. En esa posición quedó inmóvil.

   Asa no podía creer en su mala suerte. Había conseguido despistar a los gorilas gigantes solo para volver a ser retenida por una indígena y su enorme mascota felina. La chica no parecía tener intenciones hostiles pero se mantenía inflexible en su decisión de dirigirse hacia el exterior de la isla y no iba a irse sin la japonesa. Así que por segunda vez se vio obligada a tomar una ruta que volvía a alejarla de Patrick y del resto de los suyos. Con aquel enorme gato merodeando no quedaba otra que aceptar la decisión de la muchacha de oscura piel, por lo que Asa se unió reluctante a su nueva partida.

   Cuando se disponían a iniciar la marcha, oyó una serie de chillidos cortos y familiares, seguido de uno más potente y gutural un poco más alejado. Desde un lado del sendero se acercaba con su bamboleante paso Junior, seguido varias decenas de yardas más atrás por el siempre vigilante Flabius. Su desesperado intento de huída no había valido absolutamente para nada, los gorilas habían vuelto a encontrarla. Conforme los simios se acercaban, Ula señaló a las dos criaturas y dijo:

— Uhur. KiUhur.

   El primero de los nombres se refería a Flabius y el segundo a Junior. Asa se sintió un tanto desilusionada en su fuero interno al saber que los animales ya tenían nombre. Flabius y Junior los hacía un poco más suyos pero también sabía que no debía aferrarse a las cosas.

   Algo que sorprendió en sobremanera a Asa sobre Uhur y su hijo, suponía que KiUhur debía significar algo así como El Hijo de Uhur, fue que los dos simios se unieran a la comitiva de Ula de una manera natural, como si fuera la joven quien condujera a aquella atípica manada compuesta por dos grandes gorilas, un enorme tigre con dientes de sable, Asa y la enigmática Ula.

 

 

 CONTINUARÁ

 

 

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