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SERIAL STEED & ISHIKAWA X

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

 


ACTO II

 

   Patrick Steed corría por su vida. Estaba empapado tanto por la fina lluvia que se colaba desde lo alto de las copas de los árboles como por su propio sudor. Corría buscando un camino a la salvación esquivando la maleza que encontraba en su camino, en una loca carrera por la supervivencia donde apenas podía saber donde pisaría en su siguiente paso. Detrás de él y no demasiado lejos, seguía oyendo los gritos de los piratas malayos que formaban el grueso de la expedición de rescate. Caían bajo las fauces y las garras de sus siniestros perseguidores. Unas criaturas de pesadilla de escamas rojizas, en apariencia similares a otros grandes saurios que habían visto en aquella maldita isla pero con una inteligencia nunca vista antes en un animal. Caminaban a dos patas y eran de aspecto reptilesco. Lucían unos penachos que les daban cierto aspecto de ave a la par que un aspecto algo ridículo, pero la mirada de sus ojos y sus hocicos de cocodrilo poco tenían de ridículo y sí mucho de peligrosos.

   Aquellos extraños seres eran capaces de empuñar armas primitivas. Steed había podido ver de soslayo en una ocasión como una de las criaturas se había valido de una rudimentaria lanza corta para ensartar a una de sus víctimas. En contadas ocasiones se detuvo a recobrar el aliento, aprovechando dichos instantes para disparar una ráfaga corta con su pistola automática. Estaba seguro de haber acabado con dos de las criaturas pero continuaban apareciendo más tras ellos y a los lados.

   Steed suponía que Lord Highbourne, el sargento Dickinson, Kemal el malayo y sus hombres debían estar en las cercanías tratando también de salvar sus vidas. Era imposible saberlo con exactitud. El grupo de rescate se había desperdigado a la desbandada y apenas se podía ver a unos metros de distancia ya que la vegetación era muy tupida. El agente británico tenía la terrible sensación de que eran ganado que unos siniestros cowboys conducían al matadero. Estaba a punto de descubrir lo acertado de tal comparación. Los monstruos hostigaban en los flancos al grupo de humanos, dejándoles una única ruta de escape. Pero no había otra opción que correr. Dentro de la jungla y separados los unos de los otros estaban condenados frente a unas criaturas que se movían con un sigilo asombroso y que aparecían de todas partes. Aquellas no eran un grupo de bestias comunes cazando para su supervivencia. Era un ataque planeado y coordinado. Los reptiles se enviaban señales sonoras y corregían su rumbo según los avisos para mantener a sus presas en una ruta previamente establecida. Había que concederles que su táctica les estaba funcionando a las mil maravillas.

   Al frente pudo ver luz entre la vegetación, una señal de que la jungla se hacía menos espesa en aquel lugar. Quizás un claro en el que poder reorganizar a la partida, buscar algo de cobertura y preparar una defensa. Hasta el momento no habían sido más que peces en un barril. Recorrió el último tramo de jungla y efectivamente llegó a la linde de una llanura limitada al otro lado por una gran pared rocosa. Una pequeña catarata había creado a lo largo de miles de años de erosión un entrante de considerable tamaño, la mejor y única seña del paisaje donde intentar devolver el fuego con cierto grado de éxito. Lord Highbourne ya se encontraba en el llano cuando Steed llegó. El noble tenía una forma física envidiable, ni siquiera parecía cansado. Poco después aparecieron el sargento Dickinson y Kemal, seguidos de un rosario desordenado de piratas malayos. Sin perder tiempo, Lord Highbourne reorganizó a los hombres. El sargento Dickinson, tras entregar el rifle especial de aire comprimido que había cargado para el noble, dió ejemplo a la tropa de lo que debían hacer. Apunto su rifle contra la muralla verde de la jungla y empezó a retroceder disparando en cuanto uno de aquellas monstruosidades osaba aparecer su horrible hocico. Kemal ordenó a sus hombres que imitaran al suboficial británico, lo que se apresuraron a hacer con gran eficacia.

   Patrick Steed no dejaba de pensar que se estaban dirigiendo a donde las criaturas querían que se dirigieran. No había otro curso de acción posible, tenían que buscar alguna cobertura o acabarían siendo rodeados en el llano y perderían gran parte de la ventaja si debían defender varios flancos. Consiguieron mantener a los monstruos a raya hasta llegar a la entrada de la abertura natural de la roca. Era lo suficientemente amplia para albergar a los que habían sobrevivido a la cacería humana y mucho más. Conforme fueron entrando a la gran oquedad se dieron cuenta de que el lugar daba acceso también a un valle oculto que no habían podido ver desde su posición original. El aspecto de aquel sitio no podía ser más  aterrador.

   Una alfombra de huesos de todo tipo de especies cubría la práctica totalidad de la zona. En algunas partes el montón de osamentas superaba la yarda de altura. Aquellos siniestros restos llevaba siendo depositados allí durante cientos de años, quizás miles. El olor a muerte y carroña que llegaba desde aquella dirección era casi doloroso. En el centro de la depresión natural vieron amontonados animales a medio devorar. El que más llamaba la atención era el cuerpo de una gigantesca hembra de gorila, a la que una pequeña legión de los monstruos de los extraños penachos se afanaba en arrancar grandes trozos de su cadáver para repartirlos entre sus congéneres, que esperaban ansiosos su ración a los pies del colosal cadáver. La llegada de los humanos no pasó inadvertida para las odiosas bestias y muchos de ellos perdieron interés en la carne de gorila. La carne fresca de humano debía resultarles más suculenta. A fin de cuentas el simio ya no iba a ir a ninguna parte.

   Con una precisión digna del mejor de los ejércitos dos grupos de reptiles empezaron a avanzar hacia ellos en semi ordenada formación. Unos procedentes del valle y otros de la linde de la frondosa jungla. Estaban atrapados, no había salida. Habían caído en la trampa de cabeza.

   Antes de que el desánimo causara su efecto el sargento Dickinson ya vociferaba órdenes.

— No desperdiciéis ninguna bala. No disparéis hasta estar seguros de que acertaréis a esos cabrones en medio de los ojos. —enfatizó señalando su rifle y su entrecejo con el dedo índice

   Algunos de los piratas no entendían inglés pero agradecieron una voz firme en aquellos momentos. Su líder Kemal tradujo las instrucciones del sargento a la tropa, además de darles consejos de cosecha propia. Los defensores se agruparon formando una línea,. Dejaron sus espaldas cubiertas por el muro rocoso y se aprestaron a enfrentarse a un destino bastante más que incierto.

   Los saurios de los penachos se detuvieron a una distancia prudente. Aprendían rápido. Se habían dado cuenta de lo peligrosas que eran las armas de sus presas y no parecían dispuestos a una carga frontal. Si la patrulla de rescate había sido diezmada, las criaturas también se habían llevado su cuota de bajas. Una de las criaturas lanzó un sonido que no les habían oído hasta el momento y varias más de ellas se unieron a la llamada, produciendo una siniestra cacofonía. Al poco tiempo una lenta pero incesante horda de criaturas más pequeñas y de color gris, a las que Lord Highbourne se refirió como velociraptores, comenzó a congregarse alrededor de los seres de los penachos a los que el noble no supo encontrar un nombre.

— En todos mis años como cazador jamás ví nada parecido. Esas criaturas son asombrosas. —exclamó Kemal

— Sí, deberíamos invitarlas a tomar el té algún día. —se quejó un picajoso Dickinson

   Lord Highbourne, muy en su estilo, trató de intermediar entre los dos hombres.

— Sé a lo que se refiere Mr. Kemal. No existe nada parecido en la naturaleza. Los saurios de piel rojiza usan armas, desarrollan tácticas bastante sofisticadas y tienen una organización nunca vista en el reino animal. Cooperan no solo en las cacerías sino que han creado una despensa comunal y usan a los velocirraptores como perros de presa y tropas de choque.

— ¿Tácticas sofisticadas? Permita que me ría. Me habría gustado ver a estos lagartos en las montañas de Afganistán. —era Dickinson quién hablaba

   Steed ignoró la fanfarronada del sargento y le preguntó al noble

— ¿Cree que son un nuevo proyecto de Von Grueber?

   Lord Highbourne se tomó un instante antes de responder.

— Definitivamente no. Sospecho que esas criaturas pueden ser el resultado de algún tipo de experimento. Pero esto que vemos aquí es una tecnología que va mucho más allá de los sueños más locos de Von Grueber. Vea que no se perciben en sus cráneos las protuberancias metálicas que observamos en sus criaturas durante la batalla del London Bridge. Por otro lado, no hay tal cantidad de psíquicos en este planeta para controlar a este ejército. —comentó señalando a la masa que se congregaba en el acceso del hueco

   Más de un centenar de velocirraptores esperaban ansiosos la señal de sus amos para abalanzarse sobre su próxima comida y esta no tardó en producirse.

   En cuanto la masa de saurios se puso en movimiento, Lord Highbourne dio buen uso a su rifle de aire comprimido. Disparó sin pausa y con gran precisión los seis particulares proyectiles que contenían redomas cargadas con un potente gas somnífero, creación del profesor Flabius Barnaby. El mismo producto que el noble y explorador había usado en Londres para reducir a uno de los T—Rex controlados por un sicario de Von Grueber.

   La espesa cortina de humo que se formó mandó a dormir a una buena cantidad de velocirraptores, incluyendo en su rango de acción a varias de las criaturas más grandes. Lord Highbourne había dejado fuera de combate a prácticamente la mitad de los saurios. Incluso así, no parecía que fuera a ser suficiente para que no acabaran cayendo bajo las afiladas garras de los depredadores. La proporción favorecía a los reptiles por cuatro a uno. Es cierto que los humanos contaban con la ventaja de sus rifles de repetición. Pero los velocirraptores se movían a una velocidad increíble y era harto improbable que cada uno de los hombres abatiese a cuatro de las criaturas antes de llegar al combate cuerpo a cuerpo, donde los saurios volverían a llevar las de ganar.

   Se produjo una descarga cerrada de fusilería y la primera línea de velocirraptores fue barrida sin compasión, haciendo caer a los que venían inmediatamente detrás. Sin pausa, otros ocupaban su posición saltando por encima de sus hermanos caídos o pisoteándolos en su frenética carrera. Kemal ordenó a sus hombres fuego a discreción. Steed disparaba ráfagas cortas aprovechando la munición y tratando de ocasionar el mayor daño posible. Iba por su segundo cargador y había causado una mortandad considerable entre las bestezuelas pero por muchas que cayeran siempre parecía haber más. El sargento Dickinson había agotado ya las balas de su rifle, ahora disparaba a los reptiles con su pistola en la mano izquierda mientras en su diestra apretaba con furia la empuñadura de su sable, preparándose para la inminente melé.

— Tragad plomo, hijos de puta. Ahora os enfrentáis a un soldado de su Majestad.

   Los primeros velociraptores chocaron con la línea de defensa de la expedición con horribles resultados para varios de los hombres de Kemal. Estaban siendo sobrepasados. El sargento Dickinson ya estaba enfrascado en combate personal con uno de los saurios. Debido a la falta de espacio, el militar británico propinaba unos tremendos golpes a la cabeza de un velociraptor con la cazoleta metálica de su sable ante la imposibilidad de usar su hoja. Tal era su furia que acabó cascando el cráneo de la criatura como una nuez.

   El familiar sonido de un arma pesada automática les trajo algo de esperanza ante lo que parecía un anunciado y amargo final. A través de la vorágine de dientes y garras, Steed no lograba ver que estaba sucediendo. Veía como la retaguardia de la marabunta de saurios era segada como el trigo maduro por la guadaña. Definitivamente alguien estaba haciendo uso de una ametralladora y no podía haber llegado en mejor momento. Eso les dio el respiro que necesitaban. Los británicos, junto con Kemal y sus valientes seguidores redoblaron esfuerzos para mantener la posición. En medio del fuego cruzado los saurios que quedaban en pie fueron exterminados en poco tiempo. ¿Quiénes podrían ser sus misteriosos salvadores?

   La respuesta a esa pregunta llegó a través de la jungla derribando árboles a su paso. Ahora podían oler el humo de la máquina y se escuchaban los silbidos del exceso de presión de la caldera al ser liberado. De no haber estado enfrascados en una batalla a vida o muerte probablemente se habrían dado cuenta mucho antes de la presencia de aquel artefacto mecánico. Era un vagón de batalla autodesplazable de color negro, armado con dos ametralladoras y un enorme cañón de doce libras que en esos momentos apuntaban a los supervivientes de la patrulla de rescate. Sobre las gruesas placas de blindaje frontal y también sobre las laterales, podía verse grabado el emblema del ejército prusiano.

  Tras varios bufidos producidos por el vapor sobrante, una manivela de rueda empezó a girar y una escotilla se abrió en la parte superior del acorazado rodante, dejando ver el busto de un prusiano calvo y enfundado en un largo abrigo de cuero negro.

— Willkommen. Mi nombre es Hans Moeller, baronet de Wolfstadt. A partir de ahora considérense los invitados de Herr Otto Von Gruebel.

   El ofrecimiento parecía cordial pero las ametralladoras les recordaban lo que en realidad eran. Prisioneros del hombre cuyas malvadas maquinaciones habían venido a detener.

 

CONTINUARA...

 

 

 

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