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SERIAL STEED & ISHIKAWA IX

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

CAPITULO III: LA ISLA DE LA MUERTE (SEGUNDA PARTE)

 

ACTO I

 

   Asa Ishikawa se despertó. Estaba de espaldas en el suelo entre la hierba. Su entrenamiento ninja evitó que el instinto de incorporarse fuera realizado. No sabía donde estaba, podía estar en un entorno hostil y el que creyeran que seguía inconsciente podía darle alguna ventaja. Los acontecimientos de los últimos minutos fueron volviendo en destellos a su mente. Recordaba al enorme gorila blanco que la había atrapado y transportado como un fardo  bajo uno de sus largos y fuertes brazos durante un buen trecho, hasta que por un descuido de la criatura se había golpeado la cabeza durante la frenética huida del gran simio, quedando inconsciente.

   Abrió sus ojos como rendijas y en cuanto fue adaptándose a la luz pudo ver que se encontraba en un claro de considerable extensión. Un parche de espacio abierto con una escarpada pared rocosa a su espalda que separaba la zona montañosa de la jungla. A una veintena de yardas, casi en el límite del claro, y de espaldas a ella se encontraba el gigante albino que la había secuestrado. Masticaba con fruición los brotes más verdes y tiernos de unas plantas similares al bambú, solo que mucho más grandes.

  Si aquel ser no era consciente de que había despertado podía tener una oportunidad. Asa no quería acabar con la vida del simio, aunque por su trabajo se veía obligada a hacerlo en muchas ocasiones, matar no era algo que hiciera gratuitamente y sin ningún motivo.La japonesa sabía que si huía, el simio volvería a atraparla. Había visto la increíble velocidad y los imposibles saltos que aquel bruto podía realizar, en menos de dos minutos volvería a estar en sus manos. Se imponía una solución más definitiva.

   La kunoichi giró apenas su cabeza a un lado y a otro para comprobar que seguía portando sus katanas gemelas y que estas no se hubieran perdido durante la alocada carrera del simio. Un imperceptible suspiro de satisfacción salió de sus labios al ver que seguían allí. Con todo el sigilo que le había otorgado su formación como miembro del clan Ishikawa, Asa se puso en pie lentamente. Su abuelo estaría orgulloso si pudiera verla ahora. Ni una brizna de hierba traicionó su posición, casi como si se negaran a hacer ruido a su paso. El gran gorila seguía devorando en gran cantidad los frescos tallos y brotes que arrancaba con sus enormes manos, ignorante de que la japonesa se aproximaba por su espalda. Yarda a yarda, Asa iba reduciendo la distancia con su objetivo. Cuando quedaban cinco pasos, el simio se volvió de repente y se lanzó a una repentina carga.

   La japonesa se preparó para recibir la embestida cubriéndose con sus hojas gemelas pero el golpe no llegó. Asombrada, Asa vió como el gorila se detenía varias yardas más allá de su posición y dándole la espalda de nuevo lanzó un sonoro rugido, desafiando a alguna invisible amenaza entre la vegetación. La actitud del enorme animal la tenía desconcertada por completo, Asa volvía a tener al simio de espaldas a ella y de querer descargar el golpe mortal que la librara de su captor, era una oportunidad que difícilmente se iba a repetir. Contuvo su golpe, la intrigaban tanto el comportamiento del animal como lo que se ocultaba entre la verde cortina vegetal que los rodeaba. Era mejor no precipitarse hasta conocer a todos los actores de la obra.

   Unas ramas se agitaron en el límite del claro dando paso a una criatura gris, un reptil que a primera vista recordó en su forma y estructura al Tiranosaurio Rex al que Asa había tenido que enfrentarse en Londres. Pero ahí acababan todas las similitudes, su tamaño era mucho menor. De hecho no parecía ser mucho mayor de una yarda. Sus brazos eran más largos que los del T-Rex en proporción, más aptos para el combate cuerpo a cuerpo que los de su gigantesco pariente y acabados en afiladas garras. No era particularmente robusto, de cuerpo esbelto y de movimientos gráciles y ligeros. Tenía una larga cola y sus patas posteriores también terminaban en garras, con una central exageradamente mayor que el resto que Asa sospechaba debía usar para eviscerar a sus presas. A pesar de su aspecto de depredador no era rival para el gorila blanco y sin falsa modestia, tampoco para Asa.

   El reptil se movía de un lado a otro por la linde del claro sin acercarse, emitió un sonido que no era ni un ladrido ni un bramido sino una antinatural mezcla de ambos. Quedó a la espera, sin quitar la vista del simio salvo para algún ocasional vistazo a la mujer.  Asa pensó que su presa se acababa de convertir en su protector, el gorila se interponía entre ella y la criatura a la que lanzaba gruñidos de advertencia.

   Más ramas comenzaron a moverse y dos más de aquellos seres aparecieron, uniéndose otras poco después hasta un total de seis. Todos mantuvieron la misma actitud, sin acercarse pero alertas y vigilantes.

   Eso cambió en cuanto apareció la última de las criaturas. Era más alta, de piel rojiza y con un penacho de plumas sobre su cabeza y lomo. Eran idénticas a las que su esposo y la partida de rescate que la buscaba había tenido la mala fortuna de encontrarse, aunque en aquellos momentos Asa desconocía ese dato. Había algo malévolo en aquel ser que de inmediato empezó a emitir un ruido que a Asa le recordó en cierta manera al que hacen los señuelos para patos, pero más gutural y profundo. Repitió el sonido hasta seis veces haciendo ligeras variaciones en el volumen y el timbre hasta que algo inaudito sucedió. Las criaturas más pequeñas, a las que Asa llamó acuchilladores por sus afiladas garras, comenzaron a desplegarse en semicírculo como unos soldados obedecerían la orden de un superior. Iban a atacarles desde ambos flancos. Aunque a su cerebro le costara creerlo, aquellos reptiles estaban usando tácticas de combate. Los acuchilladores no eran particularmente inteligentes, cumpliendo la función de meros perros de presa, pero la antinatural criatura que los dirigía era otra cosa. Mediante su inhumano lenguaje daba instrucciones a su extraña jauría posicionándolos en la posición más ventajosa para el feroz combate que se avecinaba.

   El enorme gorila golpeó con fuerza el suelo como recordatorio a sus enemigos de lo qué les pasaría si se acercaban lo suficiente y a continuación lanzó otro rugido. Incluso a Asa le había parecido que el último aviso de su peludo protector destilaba algo de miedo, algo que sin duda habrían captado también sus reptilescos antagonistas. La japonesa comenzó a retroceder lentamente para pegarse a la pared y evitar ser rodeada. Sin saber muy bien porqué y sin esperar ser entendida, le dijo al gorila.

— Ven aquí, junto a mí.

   El pálido simio volvió la cabeza un segundo al oír su voz sin perder de vista a sus enemigos. Para sorpresa de la mujer, el enorme gorila retrocedió para protegerla.

   La mayor de las criaturas bramó dando la señal de ataque. Como activados por un resorte los acuchilladores se lanzaron al unísono a la carrera mientras su siniestro líder observaba la escena con ojos maliciosos.

   La kunoichi desenvainó sus espadas y se dispuso a vender cara su vida.

   El grueso cuerpo de su homínido aliado la protegió de la mayoría de las criaturas, cinco de ellas se trabaron en combate con el gorila y sólo una consiguió burlar el cerco de su protector cuando éste decidió cargar en vez de esperar a sus enemigos. Usando su gran brazo derecho a modo de guadaña, el simio barrió el suelo derribando a los tres que tenía su diestra. Los dos restantes, realizando un salto increíble, se avalanzaron sobre el noble bruto. Añadían su fuerza y su peso al ataque. Por eso y a pesar de la considerable diferencia de tamaño entre las dos especies, uno de los acuchilladores abrió un tajo en la carne del gorila que hizo brotar su sangre, tiñendo de rojo oscuro su blanco pelaje y arrancándole un quejido de dolor.

   Otra criatura se dirigía en línea recta hacia Asa desde su derecha. Acababa de ver el terrible efecto de sus embestidas pero ella contaba con una ventaja, podía esquivar. Algo que al gorila por su gran tamaño y por la agilidad de aquellas bestias le resultaba imposible. Asa se inclinó ligeramente hacia su izquierda y se concentró en las musculosas patas del reptil. En el mismo momento en que vió que se despegaron del suelo, hizo un quiebro hacia la derecha. El animal se dio cuenta de la maniobra pero su propia inercia lo empujaba hacia delante y falló su ataque, cosa que no hizo Asa. Descargó la hoja que portaba en su mano derecha con todas sus fuerzas y cercenó de un golpe el cuello del acuchillador.

   El gorila albino a pesar del corte recibido no se acobardó. Con su mano izquierda agarró el cuello del reptil que lo había herido y que aún hacía presa en su pata izquierda. Tiró de él y sin importarle lo más mínimo que con el brusco tirón le arrancase un buen mordisco de su propia carne, lo lanzó violentamente contra los troncos de los árboles a muchas yardas de distancia.

   Asa coincidió con su peludo amigo en que porqué esperar a tus enemigos cuando podías ir a por ellos. Tenía que darle un respiro al simio y aflojar la presión a la que lo sometían aquellos diabólicos lagartos. Se percató de que los tres acuchilladores que el gorila había derribado en primera estancia se ponían en pie para volver de nuevo al ataque. Se acercó cubriéndose tras la enorme y peluda pata derecha de su aliado para no ser vista por los reptiles y en cuanto se acercaron lo suficiente, apareció en primera línea de batalla. Descargó dos estocadas al que tenía más cercano hiriéndolo de gravedad e incapacitándolo momentáneamente.

   Tres acuchilladores más continuaban azuzando al simio y uno de ellos logró hincar el diente en su pata derecha pero el gorila no pareció acusarlo. Levantó ambos brazos sobre su cabeza que de seguido cayeron como dos martillos neumáticos sobre la criatura, quedando esta reducida a una pulpa sanguinolenta.

   Los dos reptiles que aún presentaban batalla parecieron dudar. Ya fuera por el frenesí del olor de la sangre o bien por los sonidos que profería la criatura del penacho instándolos a acabar con su presa, decidieron reanudar el ataque. Quedaba bien claro que a su inhumano líder le importaba bien poco si los acuchilladores sobrevivían o no.

   El combate había terminado, si los reptiles tuvieron alguna vez una oportunidad de ganar se había esfumado ya. En igualdad numérica acabar con las criaturas restantes fue un mero trámite, despachando rápidamente a los supervivientes.

   El líder de aquella partida de guerra de dinosaurios permaneció inmóvil, evaluando la situación. Asa podía sentir el odio en su mirada desafiante. De pronto, un grito gutural primigenio y lleno de rabia con la intensidad de un trueno inundó la zona, proveniente de las zonas más altas en las estribaciones de la gran montaña. Cientos de pájaros y otras extrañas criaturas alzaron el vuelo asustados desde las copas de los árboles. El reptil del penacho de plumas desapareció ràpidamente entre la vegetación tal y como había llegado.

   A la japonesa le preocupaba que tipo de animal era capaz de emitir un sonido como aquel. Haciendo uso de su pragmatismo oriental optó por ir solucionando los problemas de uno en uno. Su peludo compañero estaba herido, se había batido más que bien en el combate y se había ganado el derecho a la asistencia médica. Por suerte, en el clan Ishikawa no solo enseñaban a matar. También aprendían sanación. Tan importante era una cosa como la otra en su singular trabajo. Se arrancó las mangas de su kimono y las empapó en agua fresca de una charca cercana. Acercándose al simio con precaución, le dijo.

— Voy a limpiarte la herida. No queremos que se infecte, ¿verdad, amigo?

   Se sentía un poco ridícula hablándole al gorila pero esperaba que el tono de su voz le transmitiera que no deseaba hacerle daño. El simio se mostró particularmente dócil durante el proceso de limpieza y no se quejó. En un determinado momento incluso acarició la cabeza de Asa con una delicadeza que la japonesa no le suponía al animal.

   La japonesa improvisó un vendaje recortando buena parte de su vestimenta con el que cubrió la herida de su velludo aliado, que a pesar de lo aparatosa que parecía no era muy profunda y no necesitaba de puntos de sutura. Una suerte para Asa, porque dudaba que el simio le hubiera permitido coserle la herida.

   De nuevo oyó el rugido ensordecedor que había escuchado poco antes, estaba cerca, muy cerca. El gorila a su lado no parecía estar nervioso ni asustado, continuando con sus carantoñas y mimos para la mujer.

   Unas piedras cayeron rodando desde lo alto de la pared rocosa, lo que atrajo la mirada de Asa hacia la cima del escarpado muro. Lo que vio la dejó literalmente de piedra. Hasta el momento creía que su compañero accidental era el gorila más grande que había visto nunca.

   Ya no. El que tenía a su lado empequeñecía hasta proporciones de bebé si se lo comparaba con el ciclópeo gorila de pelo negro que la miraba con cara de muy malas pulgas, mostrando sus enormes incisivos en una grotesca mueca amenazante desde lo alto de la atalaya. Debía medir más de veinte pies de altura.

 

     

CONTINUARÁ...

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