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SERIAL STEED & ISHIKAWA VIII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

 

     

ACTO IV

 

   Lo primero que notó Kemal fue un fuerte olor que invadía sus fosas nasales. Intentó moverse pero un intenso dolor en la cabeza se lo impidió.

— Se está recuperando —oyó una voz familiar pero que no lograba reconocer

   Abrió los ojos poco a poco. Estaba tumbado en el suelo y junto a él se encontraba el siempre afable Lord Highbourne. Pasaba una pequeña botella bajo su nariz.

— Ha recibido usted un buen golpe en la cabeza, tómese su tiempo. Deje que las sales hagan su efecto. —continuó diciendo el noble

— ¿Que se tome su tiempo? Asa ha desaparecido.

   Esa era la voz de Steed y no estaba particularmente contento.

   Poco a poco fue volviendo el recuerdo de lo que había sucedido. Un inmenso gorila surgió de la espesura y se lanzó sobre él y Asa. Habían sido cogidos por sorpresa y no tuvieron tiempo ni de desenfundar sus armas. El brazo del simio era como un tronco de árbol que los barrió en su primera embestida.

   Fue de nuevo Steed quién volvió a hablar, ahora le veía.

— Insisto. ¿Dónde está mi mujer?

— Mr. Nilson tampoco aparece. —añadió el sargento Dickinson aunque al resto de presentes no pareció importarle demasiado tal anuncio

   Kemal estaba todavía un tanto confuso.

— No lo sé, supongo que ese gorila enorme debe habérsela llevado.

   La noticia les dejó a todos estupefactos, particularmente a un abatido Patrick Steed.

— No se preocupe Mr. Steed —trató de animarle lord Highbourne—, los gorilas no son carnívoros. Si ese animal se la ha llevado es que no planea hacerle daño. De haberlo querido así, tuvo una ocasión magnífica cuando ella y Kemal quedaron inconscientes.

   Patrick Steed no podía dejar de reconocer que había cierta lógica en lo que decía el noble explorador. Pero no lograba calmar su preocupación el saber que su esposa estaba en manos de un gorila en medio de una isla de pesadilla.

— Formaremos inmediatamente un grupo de rescate e iremos a por Mrs. Ishikawa. La encontraremos, tiene mi palabra Mr. Steed.

   Esta vez sí levantaron algo el ánimo de Steed las palabras de Highbourne.

— Entonces no perdamos tiempo. Manos a la obra. —dijo un más enérgico Steed

— Si me lo permiten me gustaría acompañarles. Me siento en cierta manera responsable de lo que le ha sucedido a Mrs. Ishikawa. Podría serles de gran utilidad, soy un gran cazador. Fuí entrenado por uno de los mejores en este oficio.

   Steed, bastante más relajado, ofreció su mano a Kemal para que pudiera incorporarse. Al tiempo que decía.

— Será un honor contar con usted en el equipo.

   Finalmente un grupo formado por unos veinticinco hombres dejaron atrás la atalaya donde el Intruder había aterrizado de emergencia. A poco de partir comenzó a llover. Una lluvia que no les abandonaría durante la mayor parte de su estancia en la isla. A pesar del cielo nublado hacía calor y la humedad era agobiante. Una sensación que la lluvia no ayudaba a calmar.

   Lord Highbourne llevaba sus ropas de explorador de color caqui con impoluto sombrero del mismo tono. Incluso empapado por la lluvia parecía tan elegante como cuando usaba sus mejores chaqués. Intentó llevar un rifle largo de aire comprimido bastante pesado, una versión reducida del cañón que había usado en Londres para detener al tiranosaurio que amenazaba la ciudad. Pero el sargento Dickinson no se lo permitió. Aunque a Lord Highbourne no le importaba lo más mínimo cargar con el artilugio, ya que era bastante más que capaz de hacerlo, al sargento no le parecía apropiado que el noble acarreara con todo aquel peso. En cierta forma, era más clasista que el mismo noble.

   Kemal no había mentido en cuanto a sus habilidades como cazador. Iba en vanguardia de la expedición. Sus ojos captaban detalles que se les escapaban al resto. Una rama rota, un montón de hierba demasiado inclinado, larvas que habían caído al suelo eran algunos ejemplos de ello. Donde la mayoría de la expedición sólo veía una vasta jungla para Kemal era como si el camino hacia su presa estuviera señalado por farolas de gas.

   Continuaron un buen trecho siguiendo el rastro que el gorila dejaba tras de sí hasta llegar hasta llegar a la vertiente sur del pico en el que habían aterrizado. La vista desde el lugar era hermosa. Desde allí tenían una visual de prácticamente toda la isla. Enseguida Lord Highbourne sacó un catalejo de su bolsa de viaje y Steed ajustó sus anteojos a visión telescópica.

   Al pie de la montaña en la que se encontraban se extendía una espesa jungla, salpicada de pequeños ríos, lagos y bastantes pantanales. Había una construcción que no necesitaba de lentes de aumento para ser vista. Un muro de colosales dimensiones diseccionaba el paisaje de la isla hacia el suroeste.

   El noble explorador, con su catalejo fijado en el muro, le comentó a Steed.

— Los detalles de ese muro coinciden con las construcciones que vimos en la atalaya, ha sido construído por el mismo pueblo.

— ¿Qué sentido tiene un muro en esta isla en medio de ninguna parte? —preguntó Steed

— Piense Mr. Steed. ¿Por qué motivo construiría usted un muro? —le respondió el noble con otra pregunta

   Lord Highbourne continuó la marcha sin dar oportunidad a que Steed tratara de responder a su pregunta retórica.

   El rastro que seguía Kemal les llevaba montaña abajo. Poco a poco el paisaje empezaba a cambiar. Dejaban atrás las cimas rocosas  y empezaban a internarse en las estribaciones de la jungla.

— El animal debe haber bajado a por alimento. Si se dirigiera a su guarida no habría descendido tanto. Los gorilas suelen buscar cobijo en las zonas más altas. —explicó el pirata y ahora cazador

   Ya habían podido ver el enorme tamaño que tenía la flora de la isla y también habían encontrado insectos que superaban las seis pulgadas de largo. Pero nada de eso les había preparado para la estampa que tenían ahora frente así. Desde un saliente del camino se divisaba un claro de varias hectáreas en cuyo centro había uno de los numerosos lagos y estanques que plagaban la geografía del lugar. Pastando tranquilamente se encontraban unos titanes cuadrúpedos que parecían salidos de mitos y leyendas.

   Los más llamativos eran tres especímenes que debían medir unas siete yardas de alto y más de veinte de largo incluyendo su larga cola. Aquellos gigantes eran de movimientos lentos y pesados. Sus patas parecían demasiado cortas para su cuerpo, si bien eran muy robustas. Poseían un cuello muy largo acabado en una cabeza también relativamente pequeña con un hocico corto y chato. A estos lord Highbourne se refirió como saurópodos.       Había también un rebaño más numeroso de blindadas criaturas que recordaban algo a los rinocerontes africanos. En su cabeza lucían una llamativa protección ósea y además del cuerno frontal, que era recto y no curvo, poseían dos más a  ambos lados de la cabeza . Sus bocas eran una mezcla entre un hocico y un pico. Era como si un diseñador macabro hubiera unido partes de otros animales para crear a esa criatura. Eso le pareció a Steed al ver a los triceratops, como los llamara Highbourne.

   Siguiendo la vaguada de uno de los arroyos que corrían ladera abajo, encontraron sin mucha dificultad un camino entre la vegetación que les llevaría hasta el claro. Donde Kemal sospechaba que también podría hallarse el simio. La pequeña corriente de agua abría un tajo entre la espesa vegetación que les facilitaría el avance.

   Kemal ordenó parar la marcha y mediante señas pidió a sus hombres que guardaran silencio. Todos se pusieron en alerta de inmediato. El líder de los piratas malayos volvió sobre sus pasos sin hacer ningún ruido haciendo honor al sobrenombre que usaban aquellos filibusteros, los Tigres. Cuando se encontraba hacia la mitad de la columna de marcha se detuvo, escrutando el espeso follaje a su alrededor.

   Un grito de espanto proveniente de la vanguardia hizo que todos giraran sus cabezas en aquella dirección. Como una exhalación algo surgió de entre la maleza y agarró con un hocico lleno de afilados dientes a un desafortunado pirata malayo. De no haberse retrasado a investigar, bien podría haberse tratado de Kemal quién se viera ahora arrastrado a través de la jungla pendiendo de las fauces de un animal salido de una pesadilla.

   Todo había sucedido muy rápido y apenas tuvieron tiempo de ver a la criatura. Andaba a dos patas, su aspecto era reptilesco aunque su lomo parecía cubierto de plumas al igual que su cabeza, lo que le daba un aspecto leonino. Su altura era superaba al menos en un pie a la del hombre que había atrapado entre sus fauces. Tenía una gruesa y robusta cola. Su coriácea piel era de un color rojizo, particularmente en la parte superior de su cuerpo, tornándose más grisácea en su vientre y los alrededores. El hocico era largo y lleno de dientes que sobresalían de sus mandíbulas, vagamente parecido al de los cocodrilos. Sus ojos, que Kemal solo pudo ver unos instantes, destilaban un brillo de malvada inteligencia que el cazador no había visto jamás en ningún otro animal.

— ¿Qué demonios era eso? —preguntó un asombrado Dickinson

— No tengo ni la más mínima idea. —le respondió Highbourne

   Ahora sí que empezaba a preocuparse Steed. Que el explorador, que hasta hace pocos minutos se había estado pavoneando de conocer el nombre de todo bicho viviente con el que se habían cruzado, no supiese nada sobre aquel ser no lo tranquilizaba en absoluto.

   Volvieron a oír el grito del desdichado que había sido atrapado por la sigilosa bestia.

— Todavía está vivo, tenemos que ayudarle. Esa no es manera de morir para nadie. —gritó uno de los hombres de Kemal

   El resto de los piratas corearon su petición con más gritos de aprobación. Mas ninguno movería un dedo hasta que su jefe diese la orden. Kemal sabía que su subalterno tenía razón, nadie debería morir así. Algo de su instinto de cazador le advertía del peligro. Obligado a decidir entre la vida de uno de sus hombres y el miedo a lo desconocido, el líder de los piratas eligió lo primero. Él dominaba a su miedo y no al revés.

— Intentaremos rescatarle. —accedió Kemal

   Sus hombres gritaron de satisfacción y se internaron en la espesura con precaución. El rastro era fresco y evidente. Había un surco entre las hierbas bajas que no dejaba lugar a dudas de por donde había huido el animal con su presa, que debía sangrar profusamente por los numerosos y visibles rastros escarlatas que contrastaban vivamente sobre el verde de la vegetación.

   Otro grito de desgarrado dolor les llegó.

— No está muy lejos. Ha sonado bastante cerca. Es por ahí. —dijo uno de los piratas de Kemal

   Varios de sus compañeros le siguieron. Kemal se detuvo abruptamente.

— Esto no me gusta. —previno a Highbourne, Steed y Dickinson

— ¿El qué exactamente? —preguntó el sargento Dickinson

— Es demasiado fácil, demasiado evidente...

   Un nuevo grito pudo oírse, pero esta vez provenía de su retaguardia. Kemal y los tres británicos trataban de averiguar la causa pero lo único que acertaban a ver eran a sus propios hombres que les sobrepasaban huyendo en estampida.

   Poco después pudieron verlos claramente. Tres criaturas de la misma especie habían dado cuenta del mismo número de malayos y ahora centraban su atención en el cuarteto. Uno de los animales estiró su cabeza hacia arriba y emitió un sonido que les heló la sangre. Era una réplica exacta de los gritos que profería el pirata atrapado por la primera de aquellas monstruosidades.

   Cuatro criaturas más aparecieron desde una zona infestada de enormes helechos, muy cerca de sus otros congéneres. Las sorpresas no daban tregua en la Isla de la Muerte. Los recién llegados portaban en sus manos, extrañamente largas y antropomórficas para un saurio, unas rudimentarias y primitivas lanzas.

— ¡Huíd! Tenemos que alcanzar un claro. Entre la espesura no tenemos posibilidad. —gritó Kemal al ver como más y más de aquellos seres surgían de cada rincón de la jungla

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