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SERIAL STEED & ISHIKAWA VII

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

ACTO II

 

 

ACTO III

 

      Aunque la tripulación estaba formada por hombres curtidos, el pánico se adueñó de ellos. Por fortuna. la actuación de Patrick y de Asa, unida a la férrea determinación de Lord Highbourne consiguió sacarles de su ensimismamiento y que retornaran a sus obligaciones. Fueran estas de defensa de la nave o de pilotaje.

   Asa Ishikawa no perdió un solo segundo, empuñando sus katanas cargó contra la bestia que se aferraba a la barquilla de la aeronave. La criatura había destrozado a picotazos el grueso cristal que protegía el puente de mando. Gracias a los remaches metálicos que habían sido injertados sobre su alargado y afilado pico, dicha tarea resultó de lo más sencillo para el animal. La mujer ninja embistió desde la izquierda del monstruo y con el estilo a dos espadas que su clan usaba desde tiempos ancestrales, bloqueó con la siniestra el pico y con la diestra clavó con toda su fuerza la hoja de su arma. Hasta casi la empuñadura en el ojo mecánico de la criatura. Un infernal aullido de dolor retumbó por todo el puente y el pterodáctilo soltó su presa sobre el dirigible para desaparecer de la vista,  lo cual tuvo un efecto calmante sobre los tripulantes.

   El arma automática de Steed ya empezaba a cantar su letal canción. Los proyectiles eran impulsados por el pequeño compresor de vapor que incluía su pistola. Capaz de aprovechar los gases procedentes de la detonación para imprimir mayor velocidad de disparo al ingenio diseñado por el profesor Quentin del Buró del Servicio Secreto. Cada vez que veía una sombra moverse entre las nubes, disparaba una ráfaga corta. No podía saber si había acertado a sus objetivos porque estos inmediatamente volvían a desaparecer entre la niebla pero su actitud y las palabras de ánimo de Lord Highbourne tuvieron un efecto balsámico sobre la tripulación de la nave, que recuperaron la compostura.

   —Estamos perdiendo altura —advirtió un estresado capitán Johansson—, alguno de esos bichos ha debido rajar la malla metálica del dirigible.

   El material que cubría la nave era capaz de resistir disparos de grueso calibre pero contra los embates de aquellos monstruos alados equipados con antinaturales espolones metálicos no tenía la misma efectividad. El gas que les mantenía en el aire se escapaba a borbotones a través de varias rasgaduras. No había peligro de explosión ya que las células que almacenaban el volátil material se encontraban en el corazón de la aeronave. Debían tomar tierra para realizar reparaciones o acabarían estrellados en las agitadas y grises aguas de aquel inhóspito lugar.

— Diríjase al centro de la isla. —ordenó Lord Highbourne al capitán Johansson

   Era la zona más alta del lugar, la niebla comenzaba a remitir conforme se acercaban a tierra firme y pudieron divisar un pequeño macizo central. Desde allí podrían defenderse de cualquiera de las amenazas que la isla les tuviera preparada mientras reparaban al Intruder. La costa estaba formada por altos acantilados, muy escarpados y que parecían cortados a cuchillo. Una zona totalmente abrupta y que no ofrecía ningún refugio para el navegante. Era una suerte contar con un vehículo que podía volar.

   Desde el piso inferior de la amplia barquilla del dirigible empezó a oírse el estruendoso traqueteo de los rifles de repetición que el generoso Lord Highbourne había regalado a los piratas que habían accedido a embarcarse con ellos. La puntería de los malayos hacía honor a su leyenda, no en vano eran el principal enemigo del Imperio Británico en aquellos confines del globo. Peligrosos y letales como estaban demostrando con sus actos. Su líder resultó ser un excelente oficial y gracias a sus esfuerzos consiguieron poner en fuga a la diabólica bandada de criaturas de pesadilla que les acosaban.

   Con mucha maestría y no sin grandes esfuerzos, el capitán Johansson consiguió llevar la aeronave hasta uno de los picos que formaban parte de la pequeña cordillera que había en el interior de la isla. A través de uno de los potentes catalejos de los que disponía la nave, pues también estaba equipada con las últimas novedades en óptica, Lord Highbourne divisó una plataforma que parecía hecha ex profeso para el aterrizaje de una nave aérea. Cosa que si bien le intrigó en un primer momento, agradeció muchísimo. A caballo regalado no se le mira el dentado. No habían muchas más alternativas. El viejo marino danés hacía milagros para mantenerlos en el aire pero el gas se agotaba y tenían que aterrizar.

   Tomaron tierra con bastante brusquedad pero ninguno de los de a bordo resultó herido. Los rostros de todos expresaban preocupación e incertidumbre, excepto el del sargento Dickinson que lucía una tranquilizadora sonrisa.

— Al menos, ya tenemos tierra firme bajo nuestros pies. —repetía a todo el que quería oírle

   Era asombrosa la transformación que había sufrido el sargento. De ser un alma en pena, pálido y apático mientras había estado a bordo del Intruder, había pasado a ser el rudo y eficaz suboficial que todos conocían. Sin pérdida de tiempo se dispuso a establecer un perímetro defensivo alrededor del Intruder en coordinación con los piratas. A los que no paraba de gritar e incluso golpear de vez en cuando para que se afanaran en realizar sus cometidos.

   Lord Highbourne y Patrick Steed se encontraban junto a la aeronave evaluando los daños que habían sufrido durante el ataque aéreo, aunque el segundo tenía su atención centrada en el grupo de piratas.

— Todavía me sorprende que los malayos accedieran a ayudarnos. Durante casi medio siglo han sido unos de nuestros más feroces enemigos. Sé que su capacidad de convicción es legendaria Lord Highbourne pero me cuesta creer en la sinceridad de las intenciones de estos piratas.

   El noble sin dejar de mirar y anotar mentalmente los desperfectos que se habían producido en el Intruder lanzó una risa franca y sincera antes de contestar.

— Sir Patrick, me sobrevaloráis. No están aquí por mí.

— Mr. Steed es más que suficiente —dijo Patrick al que no gustaba en exceso hacer ostentación de su título—. ¿A quién debemos entonces el poder disfrutar de tan grata compañía?

— Lo crea o no, es mérito del profesor Barnaby. El padre de Kemal y él tienen una larga relación de respeto y amistad mutuas.

   Con clara desconfianza, Steed expresó.

— No parecen ser el tipo de gente que se relacionaría con alguien como el profesor.

— Eso es cierto —concedió el noble—. Pero ambos tienen un enemigo común y pocas cosas hay que unan más que eso. El profesor Barnaby y el padre de Kemal tuvieron mucho que ver en la desmantelación del culto thuggee en la India.

   Steed empezaba a ver a los piratas bajo un nuevo prisma. Conocía la infame reputación de los thuggees. Fanáticos seguidores de la diosa Kali que usaban el asesinato como método para extender su poder e influencia. En varias ocasiones se creía haber acabado con el culto sólo para volver a resurgir poco después en otro lugar. Las dudas que Steed pudiera tener al respecto de sus aliados se disiparon después de oír a Lord Highbourne terminar su relato.

— Que su aspecto no le engañe Mr. Steed, Kemal es un noble de pura cepa. Su padre era el príncipe uno de los más poderosos reinos de Malasia hasta que el Ejército de Su Majestad le despojó de todo lo que poseía, incluyendo tierras y familia. Si es cierto el refrán que dice que el Imperio crea a sus propios monstruos, este es uno de esos casos.

   Steed no respondió nada a tal afirmación. Mirando las ciclópeas ruinas cubiertas de maleza que tenían a su alrededor encontró la excusa perfecta para cambiar de tema. Al tiempo que trataba de saciar su curiosidad.

— Este lugar es muy extraño. Fíjese en el enorme tamaño de estas construcciones. Ni siquiera logro identificar su utilidad. No se parecen a nada que haya visto antes en otra civilización humana.

— Quizás no eran humanos. —fue la turbadora respuesta de Lord Highbourne

   Asa Ishikawa inspeccionaba los límites del perímetro de seguridad mientras compartía unas uvas con el pequeño Mr. Nilson que descansaba sobre su hombro izquierdo. Uno de los piratas que vigilaba el campamento no escondía ni disimulaba sus miradas lascivas hacia la japonesa. Asa no le temía, conocía la feroz reputación de los piratas pues su rango de acción llegaba hasta los mares de China y las costas de su natal Japón, pero le molestaban su falta de educación y de tacto. Le molestaba también su descaro y que la mirara fijamente como si no fuera más que un objeto para su placer. La mujer ninja decidió que era un momento adecuado para enseñarle algo de respeto y dirigió sus pasos hacia aquella rata de mar. Fue detenida cuando otro de los piratas se le cruzó en su camino. Su primera reacción fue llevar la mano hacia la empuñadura de su katana. Se contuvo al reconocer al líder de aquella chusma. No desentonaba entre aquellos piratas pero al mismo tiempo había algo regio en su porte. De piel bronceada por el sol pero también algo más clara que la mayoría de su cosmopolita banda de asaltantes marinos. Su ornamentado chaleco de seda roja dejaba ver un torso atlético y musculoso. No se podía dejar de reconocer que era atractivo. De origen mestizo, había heredado lo mejor de ambas razas. El jefe de los piratas comenzó a gritar sin previo aviso al hombre que había estado importunando a Asa, el cual se retiró con la cabeza gacha.

— Permítame que me presente, me llamo Kemal. Mi señora, os pido humildemente perdón en nombre de mi tripulación. Ese hombre será la vanguardia de nuestra patrulla de exploración, así podrá demostrar que sirve para algo más que molestar mujeres.

   Asa respondió un tanto hosca mientras daba otra uva a Mr. Nilson.

— No necesito de vuestra protección.

   El pirata no se dejó impresionar y respondió con una amplia sonrisa.

— ¡Oh, sí! Estoy seguro de eso. Si he intervenido es porque temía más por la seguridad de él que por la vuestra.

   Además era simpático, pensó Asa. Todo un seductor y con una educación exquisita que podría haber sido la envidia en cualquier evento social en Londres. No es que tuviera la más mínima oportunidad con ella pero le agradaban sus lisonjas y zalamerías. Así que Asa dejaba hacer a Kemal. Le agradaba su compañía.

   De pronto notó como Mr. Nilson se agarraba a su cuello. El pequeño animalillo estaba asustado, temblaba.

   Asa se puso en tensión preparada para lo que pudiese ocurrir y Kemal se percató.

— ¿Qué pasa? —preguntó el pirata malayo

— Aún no lo sé. Hay algo tras la maleza.

   Un sonido como de hojas agitándose les llegó. Los gigantescos árboles que rodeaban aquella misteriosa edificación no se movían, así que la causa del ruido no era producida por la meteorología.

— Viene de allí. —señaló Kemal en dirección sur.

   El sotobosque, formado por helechos y extrañas plantas que superaban las seis yardas de altura, se movía. Lo que quiera que provocara aquel fenómeno debía tener un tamaño considerable.

   El grito de alarma de Asa se congeló en su garganta al ver como desde las alturas y a través del denso follaje se dirigía hacia ella un enorme gorila de blanco pelaje. Había visto alguno de aquellos animales en el zoo de Londres pero aquel ejemplar los  duplicaba de largo en tamaño, pues debía medir al menos once pies. Hasta Kemal, un intrépido lobo de mar acostumbrado a lo peor que el destino podía ofrecer, quedó paralizado ante la visión de aquella enfurecida montaña de pelo, músculos y dientes.

 

 

 CONTINUARÁ...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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