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SERIAL STEED & ISHIKAWA (VI)

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

ACTO II

 

El Intruder surcaba los cielos en una tranquila travesía sobre la inmensidad del Océano Pacífico que se extendía bajo su vientre. Habían dejado atrás Tioman, una pequeña isla del archipiélago malayo donde Lord Highbourne había enrolado a un nutrido grupo de piratas. El joven lord tenía alguna historia común con ellos que Steed desconocía.

Highbourne estaba demostrando ser un tipo de recursos y con contactos en todas partes que estaban facilitando su misión considerablemente. El noble poseía un carisma excepcional, era capaz de convencer a un esquimal de que comprara un refrigerador Barnaby si se lo proponía. Mas nunca engañaba a nadie, Lord Highbourne era el epítome de las virtudes que se presuponen a todo noble y que por experiencia Steed sabía que eran inexistentes en la mayoría de los grandes aristócratas del reino. Educado, amable y firme en sus convicciones, lo que le había ocasionado no pocos enfrentamientos con otros miembros de su clase social; más laxos estos en aplicar su moral y su ética en lo que a cuestiones de dinero se refería.

El dirigible contaba con todos los avances tecnológicos disponibles e incluso alguno que no lo estaba, al menos para el común de los mortales. La aeronave era todo un prodigio de la ciencia y la ingeniería. Destacaban, entre otras muchas innovaciones, sus potentes motores. Uno principal y dos auxiliares que permitían alcanzar velocidades de crucero cercanas a los sesenta y cinco nudos, siendo capaz de superar dicha cifra de largo con las calderas al máximo. Además los motores auxiliares eran direccionables, lo que dotaba a la nave de gran maniobrabilidad. El portentoso aparato había sido diseñado por el ahora desaparecido profesor Flabius Barnaby, socio de Lord Highbourne y compañero de aventuras de Patrick y de Asa durante el turbio asunto de la Máquina del Juicio Final.

Dejando tiempo atrás Sumatra a su popa, la tripulación y los pasajeros del Intruder se dirigían rumbo al oeste en busca de una pequeña isla que no figuraba en los mapas. Patrick y Asa solían pasar la mayor parte del tiempo a bordo en la cubierta de observación. Era uno de los lugares más tranquilos y relajantes de la nave. Las cabinas y las bodegas estaban atestadas por los ruidosos piratas malayos que los acompañaban en la sin par aventura, si bien su líder, un mestizo hindú llamado Kemal, se encargaba de que los filibusteros no se pasaran de los límites.

En uno de esos momentos de tranquilidad recibieron la visita de Lord Highbourne y del sargento Henry Dickinson, que se había unido a la expedición poco antes de abandonar Londres y que como siempre iba acompañado de Mr. Nilson, un pequeño mono que no se separaba ni a sol ni a sombra del fornido sargento.

Asa Ishikawa se acercó a rascar suavemente la pequeña cabeza de Mr. Nilson, en una demostración pública de afecto nada corriente en ella, o al menos no con humanos. La japonesa había desarrollado un afecto especial por el pequeño mono después de los agridulces sucesos ocurridos en Zanzíbar en los que se vieron envueltos durante la extraña aventura de la Máquina del Juicio Final.

—Tenemos que hablar —dijo Lord Highbourne solemnemente.

Algo en su tono adelantaba que la visita no era casual y que el tema a tratar era serio.

—Este es un momento tan bueno como cualquier otro. Siéntense con nosotros y compartan una taza de té. Es una mezcla excelente, debo añadir —les invitó Steed.

Lord Highbourne tomó asiento agradeciendo educadamente la invitación y el sargento Dickinson hizo lo propio una vez el noble se hubo sentado, era hasta cierto punto gracioso ver lo formal que intentaba ser el bruto militar en presencia del noble. Se notaba a la legua que no era su ambiente y que a pesar de la relación de camaradería que tenían entre los dos, Dickinson no estaba cómodo. Si a eso se unía su natural miedo a volar, sobra decir que no estaba muy parlanchín ni mostraba el mejor de los aspectos.

—Vayamos al grano entonces —comenzó Lord Highbourne—. Hasta ahora he colaborado desinteresadamente con usted sin poner ninguna condición. He puesto a su disposición todos mis recursos y contactos porque estamos de acuerdo en que Otto von Grueber debe ser detenido. Ahora es necesario que usted colabore conmigo de la misma manera, con completa sinceridad. Cuando le pregunté por el destino del profesor adujo razones de seguridad nacional para no contestar y lo respeté, pero he aquí que estoy metido hasta el cuello en asuntos de seguridad nacional y creo que me merezco la verdad.

Patrick Steed miró a los ojos del noble y famoso explorador. Eran de un extraño color azul, casi violáceo y sus pupilas parecían brillar con el reflejo de la luz; eran hipnóticos. Aunque todo su entrenamiento como agente le dictaba que debía contarle alguna historia que desviara las sospechas, Steed decidió contarle lo poco que sabía. No sabía a ciencia cierta si era porque creía que podía confiar en Lord Highbourne o por algún otro motivo que no alcanzaba a comprender.

—No puedo contarle mucho. Lo único que sé es lo que nos contaron al despertar en Balmoral. Un agente secreto prusiano, un tal Kunze, que es también un hechicero de batalla, se presentó a un encuentro concertado previamente en territorio neutral, una pequeña isla deshabitada del Canal de la Mancha. Allí llegó en un zeppelín de la armada del Kaiser y nos entregó a Asa, al sargento Dickinson y a mí mismo en una especie de “estasis”, creo que fue como lo definieron los doctores que nos trataron.

—¿Y ese prusiano no les contó nada de dónde les hallaron?

—Tiene hasta cierto sentido irónico, pero los prusianos se agarraron al secreto de seguridad nacional y no soltaron prenda sobre el asunto —explicó Steed.

Lord Highbourne permaneció unos instantes en silencio meditando acerca de lo que acababa de escuchar. Era un hombre muy inteligente, en lo que se refería a lógica y deducción no tenía rival. Era además alto y de complexión atlética, ni un solo día de su vida dejaba de practicar las intensas tablas de entrenamiento a las que se sometía siempre un mínimo de dos horas. Contaba con gran éxito entre las mujeres, que lo consideraban muy atractivo, pero el joven lord no parecía estar interesado en el matrimonio o el noviazgo siquiera.

—Debemos suponer entonces que el buen profesor está en manos prusianas. Si eso es así, se encuentra en grave peligro. Otto von Grueber es, además del científico de cabecera de la Liga de Hierro, una persona influyente tanto en la corte del Kaiser como del Emperador Guillermo. Es notoria y pública la enemistad entre von Grueber y Barnaby, por lo que es más que probable que el prusiano haya usado sus múltiples contactos para encarcelar al profesor acusándolo del robo de alguna de sus patentes o cualquier otro cargo que decida inventar. Eso es muy del enfermizo estilo de Otto von Grueber; no le basta con derrotar al profesor Barnaby, quiere también humillarle en público y tratar de hundir su reputación. Quizás nuestra actual misión no esté tan lejos de nuestro objetivo como pensábamos, si los prusianos tienen al profesor, von Grueber debe saber dónde.

Tanto Steed como Asa Ishikawa estuvieron de acuerdo con las conclusiones de Lord Highbourne, todos los caminos llevaban hacia el loco científico prusiano.

Fue en ese entonces cuando uno de los miembros de la tripulación, un muchacho galés pelirrojo que estaba en la veintena, irrumpió en la habitación.

—Perdón por la interrupción pero deberían venir al puente de mando, el capitán Johansson requiere su presencia. —dijo el joven

—¿Hemos divisado ya tierra? —preguntó Steed

El muchacho se rascó la cabeza y respondió.

—No estoy del todo seguro.

La respuesta del galés no dejó contento a ninguno de los presentes. Se encaminaron a paso ligero hasta el puente donde les esperaba el Capitán Johansson que habitualmente comandaba el Mathilda, el barco volador del profesor Barnaby. Tratándose de una misión tan delicada donde la discreción era primordial, Lord Highbourne no confiaba en nadie más que en él para esos menesteres.

—Necesito su opinión —dijo el viejo marinero danés al noble rascándose su cana barba—. Hemos topado con un enorme banco de niebla más espeso que el puré de guisantes, varias millas al sureste. Lo extraño es que no parece desplazarse sino que permanece inmóvil. Nunca había visto nada igual en mi vida y he navegado por todos los mares conocidos. Estas son malas aguas.

Lord Highbourne trató de quitar hierro a los lóbregos augurios del marino.

—No hay de qué preocuparse. El extraño fenómeno meteorológico que estamos observando es la señal de que hemos llegado a nuestro objetivo, la Isla de la Muerte.

El aristócrata trataba de insuflar algo de ánimo a los miembros de la tripulación y al resto de los presentes. Pero bien fuera por la extraña luz o por las oscuras sombras que se intuían dentro de la niebla, a pocos les reconfortaron sus palabras.

El capitán Johansson no se dio prisa en virar hacia el banco de niebla aunque acabó haciendo lo que le ordenaban, como siempre había hecho. Enfiló el morro del Intruder hacia la inmensa nube. Silenciosamente aterrado de tener que volar a ciegas en un lugar tan poco acogedor como aquel, a miles de millas de cualquier ayuda posible, redujo la velocidad del dirigible y rezó, cosa que no hacía desde hacía tanto tiempo que no podía recordarlo.

           El cielo empezó a tornarse gris conforme se reducía la distancia con la masa gaseosa y el mar se mostraba agitado bajo ellos, lo que no ayudó en lo más mínimo a mejorar el estado de ánimo de los que estaban a bordo. Tan solo Lord Highbourne parecía inmune al opresivo ambiente, mirando hacia la nube con los ojos de un niño que espera ver la última frontera. Un tipo fuera de lo común, sin duda.

El gris fue dejando paso paulatinamente al blanco de la nube, que los envolvió por completo. La visibilidad era prácticamente nula, apenas se alcanzaban a ver a diez yardas de distancia. El capitán Johansson notaba el sudor brotando bajo su gorra y ni un solo músculo se movía en su rostro, tan concentrado como estaba. El silencio en el puente de mando era sepulcral y únicamente el capitán se atrevía a romperlo, dando escuetas y contundentes órdenes a sus subalternos.

—¡Maldita sea! ¡Por Neptuno! —se quejó el capitán dando un brusco golpe de timón a estribor

El repentino viraje de la nave cogió desprevenidos a algunos de los que estaban en el puente que acabaron rodando por el suelo, Dickinson incluído. La razón de la imprevista maniobra la tenía una aguja de roca que emergía del mar y que se extendía docenas de yardas sobre la fría superficie que tenían bajo ellos. El capitán volvió a corregir el rumbo de la aeronave aprovechando su gran maniobrabilidad. Esta vez con menos brusquedad y hacia babor, esquivando una de las grandes y escarpadas formaciones rocosas que acababa de aparecer entre la niebla.

—¡Esto es un jodido laberinto y volamos totalmente a ciegas! —se quejó un nervioso Johansson al timón.

—Nos vamos a estrellar, siempre pasa cuando me subo a estos malditos cacharros voladores. —predijo Dickinson tratando de recuperar la verticalidad

Steed observó la reacción de su esposa y se puso en guardia. Asa estaba inmóvil como una estatua, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Se había llevado las manos a las empuñaduras de las katanas que colgaban a su espalda y tenía la mirada fija en un punto indeterminado dentro de la nube.

—¿Qué sucede, darling? —preguntó Steed en voz muy baja

—He visto algo moverse dentro de la nube —respondió la kunoichi, aún inmóvil.

De haberse tratado de cualquier otro, Patrick lo habría atribuido a los nervios del momento, pero Asa era dura como el acero y no se asustaba ante nada ni nadie. Si ella decía que había visto algo, es que definitivamente había algo acechándoles dentro de la espesa nube.

El capitán Johansson trataba desesperadamente de ganar altura intentando sortear la niebla por encima. En ese momento, el dirigible sufrió un fuerte golpe en el costado de babor. Creyeron haber chocado contra alguno de los gigantescos pilares pétreos que erizaban aquellas aguas, pero no era así. No había ningún pináculo rocoso al alcance de su vista. Seguidamente y más continuados empezaron a recibir embestidas desde todas direcciones. A través de la cristalera del puente de mando acertaron a ver varias siluetas con correosas alas y de gran tamaño, volando en frenéticos círculos alrededor del zeppelín. Un inhumano graznido les erizó los pelos de la nuca a los que iban a bordo. Y por si eso no era suficiente, las decenas de graznidos de respuesta que vinieron a continuación bastaron para helarles la sangre a todos.

            Una de las criaturas, un pterodáctilo según les explicaría más tarde Lord Highbourne, arremetió contra la barquilla del dirigible, abrazándose a la misma con toda la envergadura de sus alas. Eso les permitió ver a la criatura con todo detalle, su enorme cabeza era una increible mezcla de ave y reptil, con un cráneo acabado en punta y un afilado pico que recordaba al de algunas aves marinas, sólo que mucho mayor en tamaño. Pero sin duda lo más llamativo era su ojo mecánico y los implantes metálicos en su pico y alas. Los extraños depredadores aéreos presentaban protuberancias broncíneas saliendo de sus cráneos.

No era la primera vez que Lord Highbourne, Asa y Steed veían algo como aquello y sabían quién estaba detrás de tal monstruosidad. Otto von Grueber.

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