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SERIAL STEED & ISHIKAWA (V)

CAPITULO I: LA JUNGLA URBANA

 

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

 

 

CAPITULO II: LA ISLA DE LA MUERTE

 

ACTO I

 

Patrick Steed y Asa Ishikawa alcanzaron por fin Trafalgar Square, después de un muy azaroso viaje desde Escocia. Desde donde se hallaban podían divisar el recio edificio de la Universal Import & Export, una de las compañías comerciales británicas con más presencia en el exterior. Eso pensaba la mayoría de la gente, pero había un pequeño grupo de elegidos que sabían que aquella construcción albergaba las oficinas principales del Buró del Servicio Secreto Británico. Atravesaron la explanada y entraron dirigiéndose a la recepción.

El empleado que se encontraba tras el amplio mostrador, un tipo de frente muy despejada y aspecto de contable, se sorprendió tanto al ver llegar a la pareja que los pequeños anteojos que usaba cayeron y quedaron colgando de la cadenilla que los sujetaba al chaleco.

—Mr. Steed y Mrs. Ishikawa, es toda una sorpresa. No esperaba verles por aquí, creía que estaban...

El funcionario dejó la frase sin terminar porque se le formó un nudo en la garganta.

—¿Muertos? ¿Es esa la palabra que busca?

Tembloroso como un pudín, el recepcionista trataba de recuperar la compostura perdida pero no salía ninguna palabra de sus labios.

—Imagino que no tendremos otra de esas estúpidas situaciones y nos dejará pasar sin ningún problema. ¿No es así?

—Sí, sí, sí —se apresuró a responder el empleado de la compañía.

Los dos agentes accedieron a las oficinas dejando atrás a un más que aliviado funcionario.

—Disfrutas poniendo nervioso a ese tipo —recriminó Asa a Patrick.

—Mentiría si te dijera que no. Sé que no es culpa suya ser como es. No es más que un producto de esta sociedad hipócrita, pero es que la ejemplifica tan bien que me enerva —dijo tratando de justificarse.

Entre tanto llegaron a un despacho en el que podía leerse “Mercados Orientales” en un rótulo sobre la puerta. Entraron sin llamar y tras pulsar un botón oculto, conocido solo por un muy selecto grupo de personas, un mecanismo neumático desplazó un pesado panel de acero reforzado que dejaba ver un largo pasillo que terminaba en una puerta de roble. Se encaminaron pasillo adentro y la puerta se abrió, dejando ver la familiar silueta del capitán Harrison con su kilt escocés.

—¿Para esto te usa ahora Melville? ¿Para recibir a sus visitas? —bromeó Steed

—El Viejo Gran Hombre está dentro también, por eso estamos solo los imprescindibles. Ha querido venir a saludaros. Me alegro mucho de volver a veros, durante un tiempo creí que nunca volvería a hacerlo.

Patrick estrechó fraternalmente la mano del fortachón escocés.

—Cuando las circunstancias lo permitan —continuó Harrison—, tendréis que contarme lo de la Máquina del Juicio Final delante de un buen whiskey...o de un buen té en el caso de Asa. Pero eso será en otro momento. Ya sabéis, los jefes siempre tienen prisa.

El capitán de los montañeses abrió la puerta que daba acceso al despacho del superintendente Sir James Melville, cabeza visible del servicio secreto británico, y les invitó a entrar.

Era una estancia espaciosa con el suelo cubierto por una lujosa alfombra. En un primer momento les sorprendió hallar la gran mesa que presidía el lugar vacía, más enseguida descubrieron que el superintendente departía en el pequeño saloncito adjunto con el Primer Ministro Sir William Gladstone, el Viejo Gran Hombre.

El primer ministro estaba sentado en el sillón más cómodo y sostenía un vaso de licor entre sus manos.

—Mr. Steed, Mrs. Ishikawa —exclamó Gladstone al verles llegar—, vengan por favor, únanse a nosotros y discúlpenme si no me levanto, pero el lumbago me está matando hoy.

—Sir Gladstone, Sir Melville —saludó cortésmente Steed

—Es toda una alegría volver a verlos sanos y salvos —dijo Melville, que sí se levantó a saludarles

Asa y Patrick tomaron asiento con dos de los hombres más poderosos del imperio.

—Antes que nada, permítanme expresarles mi más sincero agradecimiento por lo que han hecho. Este país está en deuda con ustedes —dijo Gladstone.

—Solo cumplíamos con nuestro deber.

—De una manera excelente, debería añadir.

—Les supongo informados de lo que sucedió. ¿No es así? —preguntó Steed

—Sí, por supuesto —respondió el superintendente Melville—. Recibimos los cilindros con las grabaciones que realizaron en Zanzíbar gracias al capitán Johansson del Mathilda. Con su testimonio y el del resto de la tripulación pudimos hacernos una idea bastante exacta de lo que sucedió. Al menos hasta un punto. Durante más de dos meses les creímos muertos y de repente un buen día un agente del servicio secreto prusiano les trajo hasta nosotros. ¿Qué sucedió en ese periodo de tiempo?

El gesto de Steed se tornó atormentado.

—Créame que me gustaría poder responderle a esa pregunta pero no recuerdo absolutamente nada. Mi primer recuerdo, después de lo de la Máquina del Juicio Final, es despertarme en el castillo de Balmoral y a Asa le sucede exactamente lo mismo. Hay algo que llevo preguntándome desde que desperté. ¿Dónde están Dickinson y el profesor Barnaby?

La expresión en la cara de Melville le hacía presentir que no le iba a gustar la respuesta.

—El sargento Dickinson se encuentra en el Hospital Militar de Cambridge. Por lo que he podido saber será trasladado a Egipto en cuanto le sea dada el alta médica.

—¿Cómo? —preguntó preocupado Steed, haciendo una muestra pública de sentimientos poco habitual en él.

—Eso es como una sentencia de muerte después de lo que sucedió en El Cairo la última vez que estuvimos allí —protestó Asa que hasta el momento no había dicho palabra.

—No me ha dicho dónde está el profesor Barnaby —recordó Patrick al superintendente

Sir James Melville tomó aire antes de responder.

—Cuando ese agente prusiano les trajo aquí, Flabius Barnaby no venía con ustedes.

—¿Cuál es el nombre del prusiano?

—Es un hechicero de batalla, se apellida Kunze si no recuerdo mal.

—Entonces él debe saber algo, tenemos que localizarle —dijo Steed

El primer Ministro William Gladstone carraspeó para atraer la atención de los contertulios sobre sí.

—No hay duda de que es algo que tiene que hacerse, pero creo que tenemos problemas más urgentes. Sin ser el menor de ellos que dos tiranosaurios rex atacaran esta mañana el Puente de Londres, cosa muy inusual, si me permiten la expresión.

—Sí, lo sabemos. Estuvimos dentro de la zona de conflicto —explicó Steed

—Sobre todo yo —apostilló Asa

Patrick miró con ojos entrecerrados a su esposa, recordando su ataque suicida contra uno de los grandes saurios, para luego volver a dirigirse a sus superiores.

—Tenemos noticias de primera mano sobre el extraño incidente de los dinosaurios.

—Pardiez, no nos tengan en ascuas —apuró el primer Ministro

Steed se enfrascó en la tarea de contar todo lo que les había acontecido desde que esa misma mañana uno de los enormes tiranosaurios hiciera descarrilar el tren en el que llegaban a Londres. Les relató el combate contra la primera de las bestias y también como, ayudados por el teniente de policía Alden, fueron trasladados al lugar en el que se encontraba el segundo de los gigantescos saurios. Así como la posterior y oportuna intervención de Lord Highbourne y la tripulación del Mathilda, que puso fin a los desmanes de la criatura. Compartió con los dos mandamases como Asa había capturado a un psíquico prusiano que sospechaban que era quién controlaba a los monstruos y al que lord Highbourne había interrogado averiguando que detrás de todo aquel caos y destrucción estaba la mano del científico prusiano Otto von Grueber.

Al Primer Ministro le costaba creer lo que oía pero no dudaba de la palabra de Steed, pues no tenía motivo alguno para ello.

—¿De dónde sacó von Grueber a esas criaturas? Las suponía extinguidas —preguntó el anciano político dando un sorbo a su licor.

—Lord Highbourne consiguió averiguar que provienen de un lugar llamado La Isla de la Muerte, una remota isla de los mares del Sur no demasiado lejos de Sumatra.

—¿Me está usted diciendo que existe una isla llena de esas criaturas a disposición de Otto von Grueber?

—Eso me temo, Sir Gladstone.

El Primer Ministro y el superintendente Melville cruzaron sus miradas con evidentes gestos de preocupación en sus rostros.

—Tenemos que evitar que lo de hoy vuelva a repetirse —sentenció Gladstone, que necesitó otro trago para asimilar lo que estaba oyendo

—¿Es una declaración de guerra de Prusia? —preguntó Melville a Steed

—No lo parece. Por lo que Lord Highbourne pudo sacar del psíquico al que capturamos, es cosa de von Grueber únicamente.

Melville asintió en señal de comprensión.

—Me parecía una locura por parte de la Liga de Hierro que se arriesgaran a algo así, con los Otomanos en la frontera sur. Pero tratándose de von Grueber no me extraña lo más mínimo, ese hombre está loco y tiene una obsesión enfermiza con Inglaterra —explicó el superintendente

—Aunque La Liga de Hierro no esté oficialmente detrás de esto, seguro que estarán disfrutando con las noticias que en breve les llegarán del éxito del ataque. El Emperador Guillermo debe estar relamiéndose al pensar los miles y miles de libras en daños que han causado sólo dos de esas criaturas. Eso podría darles alas para intentar futuros ataques —añadió el Primer ministro

—Es más que probable —coincidió Steed, que sospechaba que el Viejo Gran Hombre ya había tomado una decisión

William Gladstone se levantó trabajosamente del mullido sillón de orejas que ocupaba. Su avanzada edad había hecho mella en su agilidad, pero no así en su espíritu.

—Caballeros y dama. Me temo que he de retirarme, me llaman los asuntos de estado. He de defender el Imperio de la envidia de los extranjeros y de la avaricia de los nacionales. Hay veces en las que tengo la sensación de que simplemente me limito a apagar fuegos.

Antes de marcharse se dirigió a Melville.

—James, quiero que organices una fuerza de combate. No debe ser oficial. Mercenarios, piratas o cualquier manera que encuentres de que no nos relacionen con esto, pero esas criaturas deben ser exterminadas y el experimento de von Grueber reducido a cenizas. ¡Ah! Y quiero a estos dos al frente de la expedición —dijo señalando a Patrick y Asa

—Entendido señor —respondió Melville

Una vez el Primer ministro hubo abandonado la habitación, Patrick preguntó al superintendente.

—¿Puedo elegir personalmente a la tropa?

—No veo ningún motivo para negárselo.

Con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja Steed dijo.

—Perfecto. Mira por donde creo que le hemos encontrado un nuevo destino al sargento Henry Dickinson.

—No se morirá de alegría por verte, pero siempre lo preferirá a regresar a Egipto —dijo Asa

Steed, más serio, se dirigió a su superior del Buró del Servicio Secreto.

—Sir James. Querría pedirle como favor personal que trate de localizar a Kunze, el Hechicero prusiano. Es la única pista que tenemos para recuperar al profesor Barnaby.

—Les aseguro que moveré cielo y tierra para dar con él. Cuando regresen de su misión en los mares del sur tendrán esa información sobre mi mesa o por San Jorge que dejo de llamarme James Melville.

Asa se acercó a Sir James y en un acto que se salía fuera de todo protocolo cogió las manos del superintendente entre las suyas y dijo.

—No sabe cuanto se lo agradecemos, para nosotros es muy importante. Le debemos mucho al profesor, al igual que todos en este país.

El superintendente respondió un tanto azorado.

—Tiene mi palabra de que haré todo lo que esté en mi mano, Mrs. Ishikawa.

 

CONTINUARÁ EL PRÓXIMO MARTES...

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