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SERIAL STEED & ISHIKAWA (IV)

ACTO I

ACTO II

ACTO III

 

 

ACTO IV

 

Patrick Steed corría por su vida tratando de evitar las bestiales acometidas del tiranosaurio. En varias ocasiones se había visto a pulgadas de las temibles fauces o de ser aplastado por aquella montaña de músculos. Era un juego mortal, tarde o temprano le fallarían las fuerzas. El enorme lagarto no le daba tregua, impidiendo así que pudiera recargar su arma automática.

El capitán White le consiguió un respiro. Había recuperado la ametralladora Maxim de los restos del segundo carromato y se las había apañado para mantener a raya el pánico en sus hombres lo suficiente para montar el arma. Otra nueva lluvia de balas impactó en los cuartos traseros del dinosaurio. Entonces algo pareció cambiar en la actitud de la bestia; ya no parecía interesada en continuar el combate, parecía que la rabia primigenia que lo había controlado durante todo el combate había perdido su ímpetu. El instinto de supervivencia parecía imponerse y el gigantesco animal decidió retirarse en busca de cobertura. Una buena noticia para Steed, White y para los soldados y policías que trataban de contener al monstruo, pero no tanto para el resto de la ciudad. El tiranosaurio continuaba siendo un grave problema, en su huida causó graves destrozos en los edificios a ambos lados de la amplia calle. Si el monstruo conseguía internarse en la urbe, la estela de destrucción podía adquirir proporciones catastróficas. Y lo peor de todo es que no había nada que se pudiera hacer para impedirlo.

Por encima de la línea de los edificios que bordeaban el Támesis apareció desde el sureste la silueta de un barco que se acercaba al lugar a toda velocidad, surcando los cielos de Londres a muy baja altitud. Steed reconoció la fantástica nave. Se trataba del Mathilda, el barco volador del profesor Flabius Barnaby. ¿Podría ser que el profesor hubiera regresado? La aeronave estaba todavía demasiado lejos para poder apreciar más detalles.

   Steed ajustó las lentes de sus anteojos convirtiéndolas en telescópicas. Observó que en la proa había instalado un extraño cañón que él no recordaba de su última estancia en el Mathilda, unos meses atrás. Tras la singular arma había alguien a los mandos, pero no se trataba del profesor. Ajustando al máximo sus lentes reconoció al artillero. Iba vestido con elegantes ropas y llevaba puesto un sombrero de copa alta, más adecuado para asistir a un estreno en el Lyceum que para un combate. Su mandíbula cuadrada y su faz perfectamente afeitada lo identificaban como Lord William Highbourne II, perteneciente a la más rancia nobleza del reino y socio capitalista del profesor Barnaby. Se decía de él que poseía una de las mayores fortunas del mundo, sin embargo estaba a millas de distancia del típico miembro de su privilegiada clase social. Hombre filántropo y aventurero, cualidades que había heredado de su difunto padre, Lord William era toda una celebridad en la nación. Miembro de la reputada Sociedad de Exploradores, con la que había recorrido los rincones más exóticos del planeta y héroe a ratos. Había sabido granjearse las simpatías de los londinenses tiempo atrás cuando él, el profesor Barnaby y el sargento Dickinson habían frustrado un plan de la inteligencia alemana para infiltrar varios agentes en el palacio de los duques de Kent y de paso resolver los misteriosos asesinatos llevados a cabo por El Sapo, un terrible ingenio mecánico anfibio a vapor creado por el científico prusiano Otto von Grüeber.

   Un proyectil salió expulsado por la boca del cañón del barco volador. Steed esperó oír la detonación pero no llegó ningún sonido. <<Si Lord Highbourne pensaba que iba a poder dañar a la criatura con un arma de aire comprimido es que definitivamente había pasado de la categoría de excéntrico a loco como una cabra>> pensó Steed. Sin embargo el proyectil dejó una pequeña pero densa estela de humo blanco y comenzó a trazar una amplia parábola descendente hasta chocar contra el suelo una docena de yardas delante del gigantesco saurio, el cual al darse de bruces con el espeso gas retrocedió de inmediato. Lo que quiera que estuviese usando el lord parecía estar funcionando. Había evitado que la criatura se alejara del margen del río y se adentrara en la ciudad.

   En su brusco retroceso el animal se llevó por delante otro de los edificios ribereños y trató entonces de girar para huir río arriba. Olvidado ya su frenesí destructor, la criatura herida y asustada trató de poner tierra de por medio con los molestos humanos, aunque su huida podía ser tan peligrosa como su furia anterior, por como derribada edificios a su paso.

   Una nueva estela blanca cruzó por encima de sus cabezas cerrando nuevamente el paso al colosal reptil, que reculó cuando el gas llenó sus fosas nasales. Los movimientos del tiranosaurio eran ahora más pausados y lentos. Acorralado por las nubes de gas que le bloqueaban, quedó inmóvil. Poco después empezó a tambalearse hasta perder pie y caer sobre la calzada. El impacto pudo sentirse desde el otro lado del río y varios cascotes cayeron de lo poco que quedaba en pie a su alrededor. La enorme mole levantó una nube de polvo considerable al caer, que se mezcló con el gas que inundaba la zona, formando una oscura mancha sobre el lugar que prácticamente impedía que pasara la luz del sol, dándole un tono siniestro y apocalíptico.

   De pronto se hizo el silencio. Era extraño, después de que la tierra retumbara a cada paso de la bestia y de que los edificios se derrumbaran estremeciéndolo todo, enfrentarse a aquella total carencia de sonido impresionaba. Pero más impresionante era contemplar la dantesca escena de caos y destrucción que había dejado el paso del tiranosaurio. El polvo fue asentándose y un aire fresco que llegó del Támesis se encargó de dispersar a los cuatro vientos la turbia nube. Incluso el aterrizaje del Mathilda fue silencioso, sus motores de éter parecían no querer romper aquella calma. Patrick se dirigió a la nave en cuanto vio arriar una plataforma de carga. Cuando llegaron a la vera del fantástico navío volador, Lord Highbourne ponía el pie en tierra.

—Es un placer verle, Lord Highbourne, su ayuda nos ha sido muy valiosa —dijo Steed.

—No hay de que, el gusto es mío Sir Patrick —contestó con sincera humildad.

   Highbourne usó el título de Steed, cosa que este último hacía en muy contadas ocasiones.

   En aquel momento Asa apareció de nuevo en escena; traía a rastras a un tipo calvo, bastante delgado, que vestía con un largo abrigo de cuero negro.

—Y hablando de placeres —continuó el noble sin inmutarse lo más mínimo al ver la extraña carga que transportaba la japonesa— ¿A quién tenemos aquí? Madame Ishikawa, permítame decirle que está usted cada día más bella.

   Se inclinó a besar la mano de la mujer, que respondió divertida.

—Me halaga usted en exceso, Lord Highbourne.

—Para nada querida. He recorrido todos los puntos cardinales del planeta y no tiene usted rival.

   Steed carraspeó, sabía hasta qué extremos llevaba el lord las buenas maneras y podía llegar a ser exasperante.

—Un asunto asombroso, creía que estos animales se habían extinguido —comentó Steed intentando dirigir la conversación hacia temas más prácticos.

—Esa es la creencia generalizada, pero existen lugares donde aún se pueden encontrar ejemplares vivos. La Isla de la Calavera o la Isla del Trueno en los lejanos mares del Sur, también en zonas remotas de la jungla africana —respondió como experto explorador que era.

—Alguien se ha tomado la molestia de traer a dos hasta Londres y manipular los cerebros de estas bestias. Quizás nuestro inconsciente amigo pueda decirnos algo más sobre ello —dijo Steed mirando hacia la carga que transportaba Asa.

   Asa protestó, vehemente.

—No es una buena idea, ese tipo es un hechicero de combate o al menos tiene algún talento psíquico. Si lo despertamos podría freír nuestros cerebros y escapar. Estuvo a punto de hacerlo conmigo ahí arriba —señaló al hospital St. Martin, donde a duras penas había conseguido detener al desconocido alemán

—De todas formas, me gustaría intentarlo —dijo Lord Highbourne.

   Sacó del interior de su elegante chaqué un pequeño frasco de sales y comenzó a pasarla junto a la nariz del caído. Asa intentó detenerlo.

—No, es muy peligroso.

   El noble la miró y respondió serenamente.

—Sé lo que hago, no se preocupe.

La mujer sabía que era una locura tratar de despertar a un psíquico; todavía era como si la orquesta de Londres estuviera ensayando dentro de su cabeza por su anterior enfrentamiento, pero algo en las palabras de Highbourne la convenció de que tenía razón.

   El alemán calvo reaccionó a las sales y recuperó la consciencia. Lo primero que vio fue el rostro amable y sonriente de Lord Highbourne justo frente de su cara.

—Caballero, me temo que va a tener que responder algunas preguntas.

   El psíquico parecía desorientado, hasta que una sonrisa, familiar para Asa, apareció en su rostro. Iba a usar el ataque mental una vez más. Su cara, sin embargo, pasó de la autosuficiencia a la preocupación en breves segundos al ver que la afable expresión de Lord Highbourne continuaba imperturbable a pesar de sus acometidas psíquicas.

—¿Cuál es su nombre, amigo mío? —preguntó el noble

—Me llamo Hendrik.

   El propio Hendrik se sorprendió de su respuesta. Estaba entrenado para bloquear su mente y sin saber muy bien porqué estaba contando a aquel excéntrico noble todo lo que quería saber.

—Muy bien Hendrik, encantado de conocerle. ¿Qué hace usted en Londres? Por su acento no parece de aquí.

—Me envió el Doktor Herr Otto von Grueber.

 

CONTINUARÁ...

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