SIGUENOS EN TWITER:



https://twitter.com/DloreanM

SERIAL STEED E ISIKAWA (III)

ACTO I

ACTO II

 

ACTO III

 

Alden, Steed y Asa Ishikawa se vieron obligados a refugiarse en un portal cercano con el doble objetivo de protegerse del tiranosaurio y para no ser aplastados por la marea humana que huía aterrorizada del lugar. El cordón policial se había roto y el lugar era el vivo ejemplo del pánico. El teniente, con semblante preocupado, se dirigió a Steed.

—Ustedes acabaron con uno de esos bichos y la primera línea ha caído. ¿Podrían hacerlo otra vez?

La mera idea de tener que volverse a enfrentar a aquella masa de dientes y garras hizo que un sudor frío recorriera la espalda de Patrick Steed.

—No es exactamente la misma situación. Antes estábamos en terreno más abierto en el que podía usar mi arma con facilidad. Aquí entre los edificios no va a resultar tan sencillo —trató de justificarse Steed.

Alden lo miró descreído, pero fue Asa la que habló.

—Si es necesario, lo haremos —dijo con contundencia.

Patrick protestó.

—Ni por todo el oro del mundo vas a repetir el numerito de antes. Casi me matas del susto.

Esta vez el tono del teniente era casi de súplica.

—No tenemos a nadie más.

Steed valoró sus opciones, que no eran muchas y finalmente desenfundó su arma para asegurarse de que el tambor estaba cargado. Se disponían a regresar a la calle cuando observaron acercarse varios carros tirados por caballos desde el sur, a través del puente. Eran los militares y traían consigo al menos una ametralladora Maxim y dos cañones de seis libras. Patrick los reconoció, eran los fusileros reales con sus características casacas rojas. Al frente del convoy venía su capitán, montado en un hermoso caballo pura sangre. Tras pedir indicaciones a varios de los agentes de policía, el militar acabó dirigiéndose hasta donde se encontraban Alden, Patrick y Asa.

—Soy el capitán Peter White de los fusileros reales de Londres. ¿Es usted quién coordina la operación aquí? —preguntó al policía.

—Sí, señor. Se presenta el teniente de policía Richard Alden.

El oficial de policía se había puesto visiblemente tenso. A Steed no le sorprendió nada la sumisión de Alden ante el capitán. Si White era capitán de los fusileros reales tenía que ser noble a la fuerza, y había que medir muy mucho sus palabras cuando hablaba con un noble.

El capitán White reparó por primera vez en la presencia de Patrick y Asa y por el aspecto de su rostro no le agradó demasiado.

—No quiero civiles aquí —se dirigió al teniente como si los otros dos no estuvieran allí.

El policía carraspeó antes de contestar.

—No son civiles propiamente dichos. Trabajan para el Ministerio de Asuntos Exteriores. Ellos son...  —y de repente se dio cuenta que no conocía sus nombres, pues no se había molestado en preguntárselo con tanto jaleo.

Fue Patrick quién salió en auxilio del azorado teniente.

—Mi nombre es Patrick Steed y ella es mi esposa, Asa Ishikawa. Efectivamente, como dice el buen teniente, estamos aquí como representantes del Foreign Office a petición del conde de Rosebery.

—Está bien entonces —aceptó el capitán—, pero háganse a un lado y dejen que hagamos nuestro trabajo.

Quedaba patente que el capitán toleraba su presencia pero ni mucho menos le gustaba. Steed trató de advertirle sobre la peligrosidad y extrema velocidad de la criatura, que continuaba con su orgía de destrucción. Ya ni se molestaba en devorar a sus víctimas, ahíto como estaba, pero continuaba cazando presas humanas. Un comportamiento poco natural en un animal sin duda. El oficial del ejército tiró de las riendas de su caballo y se alejó del lugar sin dar oportunidad a continuar la conversación.

El tiranosaurio giró la cabeza hacia los carromatos del ejército y como si reconociera el peligro, se abalanzó sobre ellos. Las armas que transportaban los militares eran lo suficientemente potentes para dañar a la gran criatura, pero necesitaban tiempo para ser montadas y estar dispuestas para su uso, un tiempo que el enorme reptil no iba a darles. Definitivamente, el comportamiento del animal pasaba de lo poco común a lo sumamente extraño. Mientras Steed trataba de buscar alguna solución, los pensamientos se agolpaban en su cabeza, era como si el inmenso reptil supiera exactamente lo que tenía que hacer para evitar ser detenido.

Recordó las protuberancias metálicas incrustadas en el cráneo de la bestia. ¿Y si alguien la estaba controlando? No llegaba a entender cómo eso podía ser posible, pero los hechos parecían demostrarlo. Si era así, quien quiera que estuviese detrás de aquello no podía andar demasiado lejos. Tenía que estar dentro del rango visual, si había visto la llegada de los militares.

Steed se puso sus anteojos e insertó en ellos un filtro especial que sacó de uno de los muchos bolsillos que llevaba repartidos por su indumentaria. Para cualquier observador podría haber parecido que había perdido la cordura; pararse a ponerse los anteojos en un momento como aquel no dejaba de ser un acto totalmente snob y fuera de lugar, pero lo que realmente estaba haciendo era usar la lente especial que había inventado el profesor Quentin, el científico residente de la inteligencia británica. El sorprendente invento permitía a su usuario ver en diferentes espectros de luz, además de protegerlo de sobrecargas sensoriales.

Patrick Steed buscaba desesperado algún indicio en los alrededores que pudiese probar su sospecha, cuando el gigantesco animal atrapó entre sus colmillos a uno de los caballos que tiraban del carromato que transportaba uno de los cañones. Tiró hacia atrás con su poderoso cuello y el vehículo quedó colgando en el aire. Las armas que iban en el interior cayeron al suelo desperdigándose por todos el pavimento. El personal militar que ocupaba los vehículos y que logró sobrevivir, huyó presa del pánico. El  capitán White trató de reorganizar a sus hombres, ordenando a la dotación de la ametralladora Maxim que descargara la brutal potencia de fuego contra el dinosaurio. Las balas empezaron a salir del arma y los primeros impactos atravesaron la carne de la bestia, pero no  durante el tiempo suficiente, ya que fueron barridos por un coletazo del gigante.

De pronto, lo vio. Una fuente de calor en el segundo piso del Hospital Saint Martin, un edificio que permanecía relativamente intacto y por el que la bestia no parecía demostrar ningún interés. Podía tratarse de alguno de los residentes, pero algo en su posición le indicaba que no era así. Nadie en su sano juicio esperaría impasible junto a la ventana, a la escasa distancia que le separaba del monstruo, a menos que se supiera libre de la ira del gigantesco lagarto.

—Asa, el hospital Saint Martin. En el segundo piso, la tercera ventana desde la izquierda. Yo intentaré echar una mano a los militares.

La mujer no necesitó más instrucciones, aunque no recibió mas información, estaba más que acostumbrada a no discutir en el campo de batalla. Había algo o alguien en el segundo piso del St. Martin que debía ser detenido y eso era todo lo que necesitaba saber. Como una exhalación abandonó el lugar desapareciendo por la entrada principal del St. Martin.

El capitán White, a pesar de ser un estirado insufrible, demostró la valentía que se espera de todo oficial británico. Cuando el tiranosaurio puso sus miras en el último de los carromatos que no había sido reducido a astillas, White se interpuso entre el coloso y sus hombres atrayendo sobre sí la atención del furioso monstruo. Un acto noble pero que bien podía costarle la vida. Steed no lo pensó, y reaccionó. Apretó el gatillo y la ráfaga que escupió su arma de repetición llegó en el mejor momento para el capitán. La bestia tenía sus fauces abiertas, prestas a devorar a White y su montura, cuando varios proyectiles impactaron en el interior de la boca del saurio, donde no estaba protegido por su blindaje natural. El dinosaurio aulló de dolor y perdió el interés en el capitán, dispuesto a enfrentarse a la nueva amenaza que Steed representaba. El agente secreto comenzó a pensar que no había sido una buena idea cuando los enormes ojos reptilianos se centraron en él. Iba a hacer falta un milagro para salir de esa.

A toda prisa, Asa Ishikawa se dirigió al lugar que su esposo le había indicado. Durante su recorrido por el interior del hospital se encontró con los últimos rezagados que abandonaban el edificio. Por un momento pensó que podía haberse tratado de un ardid de Patrick para mantenerla fuera de la zona de peligro. Había quedado muy afectado por su poco ortodoxo método de acabar con el primero de los tiranosaurios. Conforme se acercaba a su objetivo pudo percibir que efectivamente había alguien allí. Quien quiera que fuese, estaba en silencio; sin embargo el increíble y entrenado oído de la mujer ninja captó el agitado ritmo de su respiración y de cuando en cuando algún paso que daba y que hacía crujir levemente la madera del suelo. La puerta de la habitación estaba cerrada. Con una patada seca y rotunda la desencajó de sus goznes, haciéndola caer violentamente, provocando un gran estruendo.

Dentro, alguien se asustó con el estrépito y se volvió. Era un hombre de unos treinta años, completamente calvo y que casi se envolvía entero con un abrigo negro de cuero que llevaba muy entallado.

Was in himmel? —preguntó sorprendido el individuo.

Era alemán, no cabía duda, lo cual no hacía más que complicar una situación de por si ya complicada. Un montón de preguntas se agolparon en la mente de Asa, pero las dejó para más tarde, dejándola completamente en blanco, poniendo toda su concentración en el inminente combate. Su adversario no era particularmente fuerte, más bien al contrario. Entraría perfectamente en el estereotipo de un hombre escuálido, pero no bajó la guardia. No era sabio menospreciar a un enemigo por su aspecto y estaba a punto de averiguar lo acertada que estaba.

Asa penetró en la estancia desenfundando sus katanas gemelas al estilo Ishikawa.

—Ríndete si quieres vivir.

El sujeto no se amilanó con la amenaza. Una sonrisa socarrona que no presagiaba nada bueno para la japonesa se dibujó en sus labios.

La kunoichi detuvo su avance cuando un latigazo de dolor atravesó su cabeza. Su mente empezaba a nublarse. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Algún tipo de ataque psíquico quizás? Conocía la existencia de los hechiceros de batalla que eran capaces de dominar la telekinesia, así como otros tipos de kinesias que ella apenas alcanzaba a comprender. Sus ropas no delataban que fuera un miembro de aquella selecta orden. La sangre paró de llegar a su cerebro y su vista se fundió en negro. Sus piernas le fallaron y quedó de rodillas,  forzada por el insoportable dolor que colapsaba lentamente todo su cuerpo.

El alemán parecía deleitarse con el sufrimiento de su víctima y demostrando su inhumanidad se despidió saludando burlonamente con su mano derecha.

—Auf wiedersehen, meine freunde.

Asa se desvanecía. Sus ojos apenas distinguían luces que se extinguían por momentos, pero las palabras de su enemigo le dieron la oportunidad que tan desesperadamente necesitaba. Soltó la espada que empuñaba en su mano derecha dejándola caer. No era manera de tratar una katana pero las circunstancias eran extraordinarias y no dejaban otra opción. Llevó su mano al cinturón y extrajo una shuriken cubierta de un poderoso veneno paralizador. En un solo movimiento y haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban, la lanzó, guiándose por el sonido que delataba la posición del misterioso hombre.

 

 

CONTINUARÁ EL PROXIMO MARTES...

 

Escribir comentario

Comentarios: 0