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SERIAL STEED & ISIKAWA (II)

CAPITULO I

 

ACTO I

ACTO II

 

Patrick Steed no fue muy consciente de cuánto tiempo pasó exactamente hasta que apareció el primer vagón de vapor autopropulsado de Scotland Yard. El ruidoso motor y la olorosa humareda de la reciente invención hacían imposible no verlo u olerlo incluso antes de su llegada. El vagón policial transportaba a diez agentes que se desplegaron rápidamente por el lugar. Tras hablar con los primeros testigos, Steed vio como algunos de ellos le señalaban y el policía se acercó hasta donde él se hallaba con su esposa, acompañado de dos de sus hombres.

—Soy el teniente Alden. Me informan que ustedes han acabado con el dinosaurio. ¿Es eso cierto?

Un poco molesto por la rudeza de los modales del policía, Steed respondió.

—Buenos días a usted también, teniente. En algo contribuimos a detenerlo, es cierto.

—Acompáñenme —ordenó Alden.

Sin esperar respuesta, el teniente de Scotland Yard volvió sobre sus pasos hacia el vagón de vapor. Avanzadas varias yardas se detuvo al comprobar que Steed y Asa no le seguían.

—No tenemos tiempo que perder —amenazó con un tono que denotaba que no era una sugerencia.

Steed miró a su esposa y se encogió de hombros. De todas maneras debían llegar a las oficinas de la Universal Import & Export en el centro de Londres, lo mismo daba que les llevara la policía que un cochero. Con el caos que se había desatado estaba casi seguro de que era la mejor oferta que iba a recibir. Durante el camino podría tratar de averiguar cómo es que había un tiranosaurio deambulando por la ciudad.

—¡Smith! Dale gas a este trasto. Nos volvemos —gritó el oficial de policía al conductor del vagón de vapor.

Alden subió al interior del vehículo y poco después lo hicieron también Asa y Patrick. Había espacio de sobra en la cabina de pasajeros ya que ocho de los agentes se habían quedado para atender a los heridos y principalmente custodiar el cuerpo de la gigantesca criatura. Los ejes del vagón rascaron con un desagradable ruido cuando el vehículo trató de arrancar. El teniente Alden golpeó la mampara metálica que les separaba del conductor y gritó.

—Smith, maldito estúpido. Este cacharro vale más de lo que ganarás en toda tu vida. Trátalo con más cuidado o tus nietos acabarán de pagar la deuda si lo rompes.

Cuando el teniente dejó de gritar a su subordinado, Steed consideró que era buen momento para intentar averiguar algo sobre la surrealista situación que habían vivido.

—Discúlpeme. Me gustaría saber cómo ha terminado un tiranosaurio bloqueando la línea del expreso Edimburgo a Londres.

Alden respondió sin mirar a su interlocutor y con cara de pocos amigos.

—Eso es seguridad nacional, amigo. Nada que le interese.

—En eso se equivoca. Mi nombre es Patrick Steed y trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores a las órdenes del Conde de Rosebery.

Esto último era una verdad a medias, ya que realmente trabajaba para el Buró de Servicio Secreto, que en última instancia dependía del ministerio de exteriores, pero no era necesario ni aconsejable contar tanto al teniente. La mención del conde pareció relajar algo el huraño carácter del policía, que a regañadientes fue contándole lo poco que sabía.

—La ciudad ahora mismo es un caos y las informaciones que nos llegan son muy confusas. Lo único que puedo confirmarle es que hará menos de una hora un carguero holandés se estrelló a toda máquina contra una de las dársenas exteriores del muelle del puente. Dos de estas criaturas escaparon del interior del navío y han estado dejando un rastro de destrucción por toda la ciudad.

El policía estaba en lo cierto. El matrimonio podía comprobarlo solo con mirar por la ventana. Podían observarse fachadas derruidas, carromatos aplastados y de cuando en cuando algún brazo o pierna que sobresalía debajo de los muchos montones de escombros que se encontraron durante la siniestra ruta.

Steed cayó de repente en lo que el teniente había dicho.

—Espere un momento. ¿Ha dicho dos de esas criaturas?

—Así es. La otra aún debe rondar por los alrededores del muelle, a juzgar por el ruido de las sirenas y las columnas de humo que se ven —señaló hacia el sureste a través de una de las ventanas enrejadas del vagón.

A toda la velocidad que la caldera les permitía se acercaban al centro de la ciudad sorteando todo tipo de inusuales obstáculos en el reguero de destrucción que había causado el ciclópeo lagarto. El agente Smith no paraba de hacer sonar el claxon del vehículo tratando que las numerosas personas que deambulaban por las calles se apartaran y les abrieran paso. Asa pudo ver el miedo y la desesperación en los ojos de la gente.

—Esos dinosaurios no son naturales.

El teniente Alden miró con extrañeza a Asa al oír sus palabras.

—Hasta yo sé que esos bichos se habían extinguido. Pues claro que no son naturales —protestó Alden enervado por el comentario.

Ignorando la evidente hostilidad del policía, Asa continuó con su explicación.

—No me refiero a eso. Lo que intentaba decir antes de que usted me interrumpiera —dijo Asa lanzando una incisiva mirada a Alden—, es que alguien ha manipulado de alguna manera a esos animales. ¿No te fijaste en los tubos metálicos que salían de su cráneo? —preguntó esta vez a su esposo.

—Sí, me dí cuenta. Sumamente extraño, sin duda —estuvo de acuerdo Patrick.

El teniente de policía se atusó su bigote, que ya pintaba canas, como si estuviera rumiando lo que acababa de escuchar.

—¿Están ustedes insinuando que no ha sido un accidente, sino algo premeditado? ¿Quién en su sano juicio podría hacer una cosa así?

—Eso es lo que debemos averiguar, sargento —respondió Steed.

Justo cuando llegaron a la calle del Rey William para dirigirse al Puente de Londres vieron la enorme silueta del segundo tiranosaurio recortarse tras los edificios. Tuvieron que detenerse, pues era imposible seguir avanzando. Una riada humana trataba a toda prisa de huir del lugar y además un numeroso grupo de agentes de policía impedía la circulación de vehículos sobre el puente, al tiempo que trataban de controlar a la turba aterrorizada.

El aspecto de los alrededores era desolador. El frenesí destructivo de la gigantesca bestia era descomunal. La bella aguja de San Magnus el Mártir, todo un símbolo de la ciudad que había sobrevivido a dos terribles incendios, estaba derruida. Incluso el monumento del Gran Fuego de 1666 había sido derribado, amén de muchos otros edificios que habían recibido graves daños.

El teniente Alden, Patrick y Asa descendieron del vagón de vapor y con grandes esfuerzos lograron abrirse paso entre la marabunta de personas hasta llegar junto al cordón policial. Alden reconoció a uno de los policías y se dirigió hasta él.

—Johnson, novedades —ordenó sin perder tiempo en prolegómenos.

—Mi teniente, hasta el momento tenemos cercada a la criatura y hacemos lo que podemos para que no abandone el perímetro. Nuestras armas no parecen afectarle lo más mínimo.

—¿Se han pedido refuerzos?

—Sí, en breve deberían llegar los servoroides de Scotland Yard. Está previsto que los militares envíen unas cuantas armas pesadas. Ya sabe, ametralladoras, cañones y ese tipo de cosas.

—Ya sé lo que son las armas pesadas. ¿Cree que soy idiota, Johnson?

Lógicamente Johnson no respondió a la pregunta por la cuenta que le traía. El agente incluso agradeció la llegada de los dos servoroides de la policía. Las normalmente impresionantes máquinas de guerra, empequeñecían ahora frente al saurio gigante que superaba de largo en tamaño a los vehículos antropomorfos tripulados. Los motores de los servos de combate rugieron y se lanzaron a por el dinosaurio. Los artilleros dispararon sendas descargas de metralla contra el reptil maniobrando para rodearlo. Las armas de los servoroides de la policía no estaban pensadas para enfrentarse a una amenaza como aquella, eran muy útiles en el control de muchedumbres pero contra la gruesa piel del dinosaurio eran poco efectivas.

Entre los agentes de a pie y los servoroides, los policías habían conseguido mantener al saurio relativamente aislado, evitando que la criatura se adentrara hacia el interior de la ciudad. La habían hecho retroceder hasta el margen del río, en lo que hacía muy poco tiempo había sido el popular y bullicioso mercado de Billingsgate, y que ahora no era más que una tabula rasa.

El tiranosaurio acusó el impacto de la descarga del servo de batalla que le atacaba desde el este. Aunque no fue suficiente para penetrar su blindada piel, sí que hizo aullar al gigante de dolor. Steed y Asa Ishikawa observaban la escena con una mezcla de fascinación y horror. Se sentían muy pequeños, como la mayoría de los presentes.

El piloto del servo que había atraído la atención del dinosaurio se preparó para recibir la inminente carga de aquella montaña de músculos en una maniobra bastante inteligente. Sin embargo el tiranosaurio era un experto cazador, apenas diez yardas antes del choque hizo un quiebro con una ráfaga de velocidad colocándose a la izquierda de su adversario. Los servoroides no eran conocidos precisamente por su rapidez. Eran máquinas imparables pero de movimientos toscos y torpes, y no estaban especialmente diseñadas para el combate cuerpo a cuerpo.

Permaneciendo fuera del rango de acción de las ametralladoras del servoroide, el depredador lanzó una dentellada contra el brazo izquierdo de la máquina humanoide, inmovilizándola por unos instantes. El servo que aún no estaba trabado en la melé intentó aprovechar la ventaja que suponía tener a la inmensa criatura de espaldas. Steed supo de antemano cómo acabaría aquello, pues él mismo lo había sufrido en sus carnes. Gritó en un inútil intento de advertir al piloto del vehículo de combate pues era imposible que le oyeran por la distancia y mucho menos en el fragor de la batalla. Permaneció observando, impotente, como el resto de personas que se aglomeraban tras el cordón policial, expectantes ante una batalla en la que estaba en juego la ciudad entera.

Como si lo estuviera esperando, el enorme lagarto agitó de un lado a otro de la calle su cola como una gigantesca cachiporra. El servoroide que se acercaba por su espalda recibió el impacto en pleno torso haciéndolo volar hasta quedar casi incrustado en la fachada de uno de los edificios aledaños en la calle baja del Támesis. Poco después el servo cayó como un árbol que hubiese sido talado de bruces al suelo para no volver a moverse más.

Entonces sucedió algo llamativo. Un obrero que formaba parte del grupo que se amontonaba tras el perímetro de seguridad gritó.

—¡Sí señor! Dales de su propia medicina a esos jodidos polizontes.

Varios de los presentes se escandalizaron por las palabras de aquel tipo pero otros muchos le jalearon y aplaudieron añadiendo sus gritos de protesta. Los servoroides de Scotland Yard tenían un lamentable historial de represión popular y eran cualquier cosa menos queridos por la clase trabajadora. Hasta tal punto llegaba el odio en algunos que en aquella batalla apocalíptica daban ánimos al monstruo prehistórico.

El dinosaurio arrancó de cuajo el brazo del otro servo, perdiendo varios de sus colmillos que se destrozaron contra el metal de la máquina. Escupió el brazo ya inservible y se lanzó sobre su adversario que nada pudo hacer por mantener la verticalidad ante la titánica fuerza del reptil. Con su contrincante cuerpo a tierra estaba claro que el tiranosaurio no iba darle oportunidad de volver a levantarse. Los brutales golpes de su musculosa cola abollaban poco a poco las placas blindadas que protegían el motor del servo. La enorme bestia estaba fuera de si, golpeando con sus poderosas patas. Incluso a base de cabezazos se ensañaba con la máquina caída.

Asa pensó por un momento en la terrible sensación de terror que debía estar sintiendo el piloto del servoroide.

La batalla de titanes caía del lado del gigantesco reptil, que aulló en señal de triunfo para volver a centrar su atención en los humanos de los alrededores. Entonces, incluso los que estaban animando a la bestia, corrieron por sus vidas…

 

Continuará el próximo martes…

 

 

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