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FRAGMENTO DE ARGAR, HIJO DEL DEMONIO DE ANDRES DIAZ SANCHEZ

EL FORASTERO

 

 

 

 

 

El forastero llegó a la aldea en un día gris y plomizo, un día que amenazaba tormenta e invitaba a entrar en casa, buscar mantas y sentarse a contemplar las llamas de la chimenea.

El forastero vestía una túnica de guerrero tan sucia que no se adivinaba su color original. La falda llegaba hasta sus rodillas y sus piernas y sus botas de cuero duro estaban cubiertas por una costra de barro seco. Llevaba un capote con los bordes negruzcos y deshilachados, plagado de sietes y jirones. Era un hombre alto y delgado, pero tenía hombros rocosos y piernas y brazos fuertes. De su cadera colgaba una espada larga y recta, con un mango tan grande que podría ser tomada a dos manos, envainada en una funda de cuero y metal. Tenía también una daga para la mano zurda y un cuchillo montero. La capucha estaba bajada y el forastero dejaba al aire libre su rostro cuadrado y pálido, con ojeras pronunciadas y líneas de tensión nacidas de los peligros y penurias que menudeaban en su vida azarosa. Tenía el pelo negro, corto y desastrado, y unos ojos severos, también negros como el ala de un cuervo o el fondo de un pozo, brillantes por el fuego de la ira. En ellos también había una luz enferma, hija de la fiebre y la debilidad.

Caminaba con paso vacilante, como si estuviera borracho, por las calles de la aldea. Se agarraba el costado derecho, oscuro por una mancha húmeda. La sangre le caía por las piernas y goteaba desde la punta de la espada envainada.

Sus piernas temblaron y tuvo que agarrarse a las grietas de una de las casas de piedra. Su rostro blanco, casi azul, se arrugó por culpa del dolor. Se miró el costado rezumante de sangre.

—¡Aldeanos! —gritó—. ¡Auxilio para un herido! ¡Prometo no haceros daño! ¡Solo quiero agua y comida y me marcharé al bosque!

Nadie le contestó. Los rostros de las ventanas eran sombras que huían cuando él los miraba. Nadie abrió la puerta ni salió al barro de las calles.

—¡Fuera! —Gritó alguien—. ¡Márchate!

—¡Solo quiero comida, agua, una venda e hilo para coserme yo mismo la herida! ¡En cuanto me lo deis me iré al bosque!

—¡Fuera! —repitió otra voz.

El forastero golpeó una de las puertas. En otro momento la hubiera echado abajo de una patada, pero ahora estaba muy débil por toda la sangre que había perdido. Llamó a otra puerta, con el mismo resultado. Los cerdos de un corral le gruñeron y un asno rebuznó con voz chillona. Por lo demás, solo había silencio.

Tambaleándose y arrastrando los pies en el barro, se detuvo en el centro de la única plaza de la pequeña aldea.

—¿Dejaréis que muera como un perro? —les gritó.

Nadie respondió.

Soltó un reniego entre dientes, se arrebujó con la capa y echó a andar hacia el campo, seguido por decenas de ojos. Muchos respiraron con alivio cuando se perdió en la distancia.

La lluvia cayó antes de que pudiese llegar al bosque. Era un espectro, una figura trémula y vacilante, pero de algún modo logró mantener el tronco erguido y las piernas en movimiento. Sufrió una laguna en su memoria y cuando emergió de ella se encontró en el interior de la fronda, con la lluvia empapándole y chorreando desde su cabeza y hombros. Cayó en un charco y pensó que se moriría allí mismo, pero logró arrastrarse y llegar al tronco de un gran árbol muerto, con una oquedad lo bastante grande como para cobijarle. La limpió de inmundicia e insectos con una mano temblorosa y se metió dentro.

Llegó la noche y la lluvia arreció. Seguía empapado, pero al menos no estaba ya a la intemperie. Caía en estados de sueño ligero y cuando despertaba se maravillaba de seguir vivo. Las fuerzas iban abandonándole poco a poco. Empezó a dejar de notar las extremidades, tan insensibles como la madera del viejo árbol, y los pensamientos se le volvieron pesados y lentos, como chorros de miel que cruzaran por su cerebro moribundo. Un hilo le unía a la vida y se aferraba a él con los dedos mugrientos de la voluntad. Si bien iba a morir como una alimaña, al menos libraría su última batalla contra la propia muerte. La Señora tendría que luchar para llevárselo a su reino de polvo y cenizas.

El amanecer dio a luz un día sin lluvia, pero tan nublado como el anterior. El forastero seguía en su hueco del árbol, dentro de un gran charco donde flotaban pedacitos de madera. Aún estaba vivo, pero sus latidos eran lentos y erráticos.

—¡Señor! ¡Despertad, señor!

Una mano le zarandeó y su consciencia empezó a emerger del abismo.

—¡Señor! ¡Os he traído agua y comida! ¿Estáis muerto, señor? ¡No os muráis, os lo ruego! ¡He andado mucho siguiendo vuestro rastro y mis padres creen que estoy cuidando las cabras! ¡Suerte que Tirán se ha quedado con ellas y ha prometido no decir nada! Os traigo agua. Bebed, señor.

Una boquilla de barro tocó sus labios azules y el agua dulce y fría penetró en su boca y su garganta. Eso le ayudó a recobrar la fuerza suficiente como para abrir un ojo. Pero su visión era borrosa y solo discernió una figura confusa y pequeña.

Pero bebió más agua y las olas de la fiebre retrocedieron mar adentro.

—¡Salid de ahí, señor, que es un tronco muy sucio! ¡Me estoy poniendo perdida! ¡Yo os ayudaré! Cuidado, voy a tirar de vos. Moveos, por favor. ¡Ahora!

Unas manos pequeñas le agarraron de la cabeza y la capa y trataron de moverle. Encontró la energía para mover las piernas y su cuerpo cayó fuera del árbol, junto a un pequeño torrente de agua.

—¡Ahora bebed leche! ¡También os la he traído! ¡Eso os dará energías!

Le puso otra jarra en los labios y bebió con avidez. Su cerebro fue despertando a medida que el alimento revitalizaba su cuerpo. Bebió y bebió hasta acabar la jarra. Aún estaba muy débil. Temblaba y tiritaba, pero logró enfocar la visión de sus ojos.

Vio ante sí a una chiquilla, una niña no más alta que su propia cadera, con un largo vestido campesino. Estaba delgada, pero tenía la cara redonda y unos ojos de color verde sucio que se abrían como platos mientras le miraban. Su pelo largo estaba revuelto y tenía la cara y las manos tiznadas de la suciedad propia del campo. En ese rostro se abrió una gran sonrisa, con un hueco entre los dientes centrales.

—¡Ya estáis mejor! ¡La leche de mi cabra Marquita reviviría a un muerto! ¡Aquí tenéis más!

El forastero se tragó otra jarra de leche. Le supo a gloria y alejó las tinieblas de la muerte. Consiguió arrastrarse sobre los codos y las nalgas, hasta dejar la espalda apoyada en el árbol. Jadeó y miró a la chiquilla.

—¡Estáis herido, señor! ¡Hay que curar esa herida!

—Por favor… No hables…, tan alto… Mi cabeza…

—¡Eso me dicen todos, señor, que hablo muy alto y rápido y que a veces me aturullo, pero yo sé lo que me digo!  ¡Aquí tenéis un mendrugo de pan, señor! No he podido traer más porque mis padres me habrían descubierto y creo yo que bastante me he arriesgado buscándoos para ayudaros, pues no quería que os murierais. Ayer os vi en la aldea. Yo le dije a padre que podíamos ayudaros, pero él dijo que no, que mejor sería para todos que ese forastero se muriese y nos dejase en paz, que la gente de fuera solo trae problemas. No insistí porque me hubiera dado un buen bofetón y después madre me hubiera dado uno más, y luego Chaquila, mi hermana mayor, se habría reído mucho y entonces yo le tendría que tirar de los pelos, ¡porque la odio!, y al final las dos nos habríamos ganado una buena paliza.

—Espera… —jadeó el forastero. Mordisqueó el pan húmedo—. ¿Cómo te llamas?

—¡Me llamo Ífil, señor! ¡Y os he traído también hilo y una aguja que le he robado a mi madre! Espero que no la eche a faltar, porque entonces tendría que contarles la verdad a mis padres: que he venido a buscaros para salvaros la vida. ¡Y me arrancarían la cabeza!

El forastero reunió fuerzas para sacar el cuchillo montero de su funda. Al verlo, Ífil retrocedió asustada, pero él se dedicó a abrir aún más la rajadura de la túnica en su costado. Había allí una masa de mugre negruzca.

—Eso tiene mal aspecto, señor. No quiero decir que os vayáis a morir seguro, pero tampoco es imposible. 

—Espero no morirme, Ífil. Y con tu ayuda no moriré. Mira, la venda que me puse se ha metido entre los labios de la herida y ha formado una especie de costra de paño y sangre. Eso me ha salvado la vida. ¿Has traído un trapo limpio? Dame ese hilo y esa aguja.

—¡Tomad, señor! Y también he traído un ungüento que limpia y cura las heridas. Una vez me caí por una cuesta y atravesé unas zarzas y se me rajó la pierna hasta la rodilla. ¡Hasta se veía el hueso y casi se me salen las tripas por la boca! Pero madre me puso esta crema y al cabo de poco ya estaba otra vez corriendo con las cabras y con Marquita, que es mi preferida.

El forastero frunció el ceño ante la charla rápida y aguda de la niña, pues su cabeza latía como en la peor de las resacas. Pero parecía imposible hacerla callar y. además, aún estaba demasiado débil como para imponer su voz ronca y quebradiza a la de la chiquilla.       

Se sacó con cuidado el lienzo ya negro, y la herida empezó a sangrar con lentitud. Se mojó los dedos y los olió.

—No es sangre negra y no huele mal —musitó—. La herida no se ha infectado, pero si la descuido, moriré en menos de un día. Dame la venda y el ungüento, Ífil.

—¿Cómo os hicisteis esa herida, señor?

—Un bastardo llamado Tarcual me metió una buena cuchillada en el cuerpo, pero solo atravesó la carne y no interesó las tripas. No era una herida letal, aunque sí aparatosa. Sangraba como un cerdo. Fue eso lo que casi acaba conmigo.

—¿Y por qué ese hombre os quiso matar? —se interesó Ífil, que solo podía callarse ante la expectativa de un buen relato.

—Éramos compañeros y habíamos robado a un noble del sur. Huimos de sus hombres hasta darles esquinazo, pero cuando creía que había pasado el peligro, ese cerdo de Tarcual me acuchilló por la espalda para quedarse con el botín. Algo debí olerme, porque me volví lo justo para que solo me hiriera en un costado. Peleamos y le ensarté como a un pollo en el espetón. El hijo de mala madre aún pudo llegar a los caballos mientras se agarraba las tripas con los dedos, montó en uno y se llevó también el mío, al galope. Su herida era mortal y no duraría mucho, pero me había dejado sin caballos en medio de ninguna parte y con un tajo que no paraba de chorrear. Vi vuestra aldea a lo lejos y me acerqué a ella. El resto ya lo conoces.

—¿Sois un ladrón, señor?

—Ladrón, asesino, soldado de fortuna… Menos honrado, he sido de todo. ¿Qué región es esta?

—Quirbán, señor.

—¿Y quién gobierna aquí?

—Somos propiedad del Señor Utrago, cuyo castillo no queda lejos. ¡Es un lugar horrible, lleno de fantasmas! Incluso se rumorea que el Señor se come a los niños y que hace cosas feas con las brujas en las noches de luna llena.

—No te preocupes tanto por eso, Ífil. La mayoría de los brujos son farsantes. Solo hay que temer a unos pocos. Solo a unos pocos.

Lo dijo de tal manera que la niña le miró con una sombra de temor. Pero la curiosidad pudo más que cualquier prevención y le preguntó, con los ojos brillantes:

—Señor, ¿vos habéis conocido a brujos, a brujos de verdad?    

—Por desgracia, sí. Y a algunos los he mandado de vuelta al infierno del que fueron paridos.

Ífil abrió mucho la boca.

—¿De verdad? —Empezó a sacudir las manos, llena de excitación—. ¡Por favor, por favor, contadme cómo fue! ¡Me encantan las historias y los cuentos!

—Te contaré mil y una historias, muchachita. Pero solo si vienes mañana con más leche y pan. Ahora ya he comido. Tengo vendas, ungüento, hilo y aguja y puedo limpiar y coserme la herida. Mañana ya estará cicatrizada, pero aún no me veo con fuerzas para cazar un conejo, así que habrás de alimentarme tú.

—¡Mañana es demasiado pronto para que tengáis la herida cerrada y seca, señor!

—Me curo rápido, chiquilla. Ya lo verás.

Ífil se levantó de un salto.

—¡Es muy tarde, señor! Debo volver con mis cabras porque a lo mejor descubren que me he marchado. Mañana volveré temprano con más comida y entonces me contaréis historias de magos y brujos y guerreros con sangre y, sobre todo, de princesas y príncipes, con mucho amor y muchos besos. ¿Lo haréis, señor? ¡Por favor, por favor, decid que sí!

—Sí. Te contaré mil historias, no tan bonitas como esas que mencionas, pero al menos sí reales.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Soy yo el que debe darte las gracias. Me has salvado la vida. Si vienes aquí durante tres o cuatro días con comida, te daré esto.

Buscó entre sus ropas y sacó un pequeño broche de plata y oro. La niña jadeó y a sus ojos asomó la mujer adulta que dormía en ella, tan fascinada por las joyas como todas las otras mujeres del mundo. Fue tal su impresión que no pudo pronunciar una sola palabra.

El forastero guardó de nuevo el broche.

—Te lo daré antes de irme si me traes durante esos tres o cuatro días pan y leche. ¿Entendido?

—¡Claro que sí! Señor… ¿puedo preguntaros el nombre?

—Me llamo Argar

Ífil se cogió las faldas y se inclinó como una pequeña damisela de un cuento de hadas.

—Mi señor Argar, yo cuidaré de vos. ¡Pero ahora he de irme! ¡Adiós, señor Argar!

Ya estaba corriendo de vuelta a su hogar, dando saltos mientras su mente infantil agigantaba aquella aventura que había llenado su monótona vida.

Argar empezó a limpiar la herida y a preparar la aguja y el hilo.

     

Al día siguiente, Ífil llegó con más leche y un enorme mendrugo de pan. Argar todavía seguía débil, pero la comida y el descanso del día anterior le habían fortalecido lo bastante como para levantarse y desentumecer las piernas. Sin embargo, no se encontraba aún con energías como para cazar, así que se limitó a devorar las viandas que le trajo la niña. Ella le pidió ver la herida y se sorprendió al ver que, como él le advirtiese el día anterior, estaba ya cerrada y seca. Argar incluso había sacado el hilo de los puntos.

—Te dije que me curaba rápido —le recordó.

La niña le miró con un poco de temor, pero enseguida le exigió esas maravillosas historias que Argar prometiera. Él no le contó sobre princesas y hadas, sino sobre guerras, persecuciones, peligros y penurias. Sus relatos eran reales y no estaban cubiertos de gloria, sino de miedo, ira y sangre. Pero a los niños les encantan las historias truculentas, así que Ífil le escuchaba en silencio, con los ojos desorbitados. También contó Argar sus experiencias con los magos y las criaturas que se arracimaban en los rincones sombríos de este mundo. Y ese terror deleitó a la niña, como deleitan las historias escalofriantes a todos los niños y a los adultos que, en el fondo, no han dejado de ser niños.

Al tercer día, Argar le preguntó:

—Ífil, ¿por qué viniste a salvarme cuando los demás de tu aldea no movieron un dedo?

—Bueno, señor Argar, una vez tuve un perrito que se llamaba Floflo. Era un perro muy lindo y revoltoso y los dos lo pasábamos muy bien. Pero era un poco torpe y un día se cayó del tejado al que había subido y se clavó en la barriga el tridente del heno, y entonces empezó a sangrar y a tambalearse, y yo lloré mucho, pero mi Floflo al final se murió. Cuando os vi recordé a mi perrito y me dije que no podías morir, señor, como el pobrecito…

Se echó a llorar sin poder evitarlo.

—Está bien —le dijo Argar—. Cálmate. Mira, te enseñaré una cosa.

Desenvainó con lentitud la gran espada, cuyo acero brilló bajo el sol.

—¡Qué bonita! —gritó Ífil.

—Se llama Escalanda y es una espada mágica. Un mago al que ayudé grabó estas runas en su hoja y cuando hay un peligro sobrenatural cerca, esas runas se vuelven incandescentes y la espada empieza a llamear.

—¿De veras?

—Sí. Escalanda puede cortar cualquier gaznate, pero fue forjada para descabezar a brujos y a monstruos. ¿Quieres que te cuente una historia más?

—¡Sí!

Pasaron otros dos días y Argar se encontró lo bastante fuerte como para poner trampas y cazar un par de conejos. Se dijo que al día siguiente se marcharía, pero antes, cuando llegara Ífil, le daría el broche de oro y plata, la única parte del botín que Tarcual no se llevó. Luego se echaría de nuevo al camino, en busca de otra guerra en la que emplear su acero. Se preguntó cómo sería echar raíces en un solo lugar, ver pasar las estaciones y los años y tener una mujer y unos hijos como esa pequeña, Ífil.

Se sacó la melancolía de encima. Estaba hecho para viajar y vivir peligros. Un fuego extraño le impulsaba a buscar la guerra, una rabia que le quemaba por dentro como un ardor de estómago que hubiera saltado hasta su corazón y luego a su alma. Esa ira también le llevaba por otros caminos, caminos oscuros en los que se cruzaban la brujería y lo sobrenatural, senderos de perdición que despertaban su interés, como si tuviera un extraño anhelo de conocer cosas vedadas a la mayoría de los hombres, cosas que a él le interesaban y que a otros sumirían en la locura y el horror.

Ífil no volvió al día siguiente. Ni al otro. Tal vez habían descubierto sus faltas en el cuidado de las cabras y la habían castigado. De cualquier modo, Argar le debía el broche de oro y plata y echó a andar hacia la aldea.

Cuando llegó encontró de nuevo sus callejas vacías.

—¡Lugareños! —gritó—. ¡No quiero haceros daño! ¡Busco a una niña llamada Ífil! ¿Dónde está?

Otra vez le contestó el silencio, como días atrás, e igualmente vio las sombras de los rostros en los ventanucos. Pero ahora ya no estaba débil ni sangraba como un cerdo, así que golpeó con fuerza en una puerta desvencijada.

      —¡Respondedme o echaré esta puerta abajo! ¡No me iré de aquí hasta que haya encontrado a esa niña!   

 

 

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