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lun

25

mar

2013

FRAGMENTO DE SOLDADO DE FORTUNA DE ALEXIS BRITO DELGADO

 

I

UNA DAMA EN APUROS

 

 

 

Barcelona, 2 de octubre de 1804

 

A aquellas horas de la noche, el escándalo que provenía de la taberna hubiera podido rivalizar con los cañonazos de cualquier campo de batalla; cosa que traía a los vecinos por el camino de la amargura. El edificio de dos pisos construido con planchas de roble, con las ventanas rotas y la puerta principal medio desencajada, exudaba un olor a cerveza que se percibía a dos manzanas de distancia. En el interior, bajo la luz parpadeante de las linternas, una cuarentena de hombres y mujeres de toda índole bebían y cantaban a grandes voces. Irónico, Stark se acarició los largos mostachos y terminó la jarra de brandy que acababa de pedir; disfrutaba con la algarabía y el caos que lo circundaba. A su derecha, sobre la barra del establecimiento, dos mujeres bailaban al ritmo desenfrenado de un violín, mostrando una generosa porción de los muslos cada vez que levantaban una pierna. Al lado contrario, una pareja de forzudos españoles que tenían aspecto de estibadores, luchaban por averiguar quién era capaz de beber más vasos de ron. En rededor, repartidos en una docena de mesas que apenas se mantenían en pie, individuos de duro aspecto: contrabandistas, soldados, tahúres, usureros, mercenarios, marinos y borrachos jugaban a las cartas o empinaban el codo, sin perder de vista en ningún momento el contenido de sus bolsillos.

—Un lugar maravilloso —murmuró el sajón—. Ideal para los curas y la soldadesca de Bonaparte.

En las escaleras que conducían al nivel superior, varias furcias aburridas esperaban que alguno de los hombres que atestaba el local se dignara a realizar una visita a las habitaciones de la planta alta. Stark estudió las medias y los corsés que dejaban poco a la imaginación; mercancía de segunda clase averiada por la mala vida y el exceso de alcohol. La más joven del grupo, debía tener, como mínimo, cincuenta primaveras. Un viejo bajó los escalones tambaleándose, totalmente ebrio, agarrando la barandilla con una mano temblorosa. Sin desearlo, tropezó con sus propios pies y se derrumbó escaleras abajo, formando una batahola con su caída. Acto seguido, se levantó de un salto y elevó la botella que llevaba en la diestra: la suerte de los borrachos lo acompañaba; cualquier otro se hubiera roto el cuello.

—¡No he derramado ni una sola gota! —exclamó entusiasmado.

Una de las fulanas replicó con voz agria:

—Uno que perdió su virilidad el día que Moisés separó las aguas.

Un coro de carcajadas maliciosas escapó de las mujeres; al parecer no había hecho gran cosa con la chica que había contratado escasos minutos antes.

—Ve a dormir la mona, Antonio —rio otra de ellas mientras se retocaba el maquillaje—. Tu mujer debe estar esperándote en casa empuñando una sartén por el mango.

Stark ignoró la escena y recorrió la taberna de un lado a otro con ojos mordaces, buscando a una buena moza que pudiera calentarle la cama. Por desgracia, parecía que tendría que probar suerte en otra parte; la carne fresca escaseaba en aquel antro situado frente a los muelles de Barcelona. En aquel instante, una pareja entró por la puerta y echó un vistazo inquisitivo al local; parecía que no era lo que estaban buscando. Stark estiró la cabeza como un gato en celo: si aquellas mujeres no pertenecían a una noble alcurnia, que el Diablo se llevara su alma. Por el aspecto limpio y adinerado de las túnicas, que les cubrían las cabezas impidiéndole vislumbrar sus facciones, dudaba que pertenecieran a la clase de señoras con las que solía alternar. Una de ellas se adelantó, decidida, ignorando las protestas de la otra, con un contoneo que no pudo resultarle menos que seductor. Al llegar a la barra, apartó a un hombre desvanecido y ordenó con firmeza:

—Dos copas de champán, por favor.

El posadero soltó una estruendosa risotada.

—Hemos agotado las existencias, hermana. —Depositó una botella sobre la barra sucia—. ¿Qué le parece un traguito de coñac?

La desconocida no se dejó amilanar.

—De acuerdo —aceptó—. ¿Tiene vasos limpios?

El hombretón se frotó una oreja con un trapo grasiento para escuchar mejor; era la primera vez en treinta años que le hacían una pregunta como aquella.

—¿Puede repetir lo que ha dicho? —apostilló—. Creo que no la he entendido bien.

La mujer hizo un gesto de exasperación:

—¡No importa! —gruñó—. ¡Deme lo que tenga!

El tabernero se encogió de hombros y llenó dos vasos hasta los bordes. Una mirada lasciva le brillaba en los ojillos porcinos.

—La primera ronda invita la casa, señoras.

La desconocida fue brusca:

—Gracias.

Divertido, Stark contempló como ambas olisqueaban la bebida antes de apurarla de un trago. Como buen conocedor del sexo opuesto, intuía que aquellas mujeres buscaban emociones fuertes; escapar de una vida de sedas y joyas, de criados serviciales y maridos impotentes. La idea de presentarse e invitarlas a su mesa lo puso de buen humor; dadas las circunstancias, era lo más parecido a un caballero que las señoras podían encontrar en aquel tugurio. La mujer que había llevado la conversación pidió otra ronda:

—Dos más, por favor.

El hombretón asintió con una sonrisa pícara.

—Por supuesto, hermana.

En aquel momento, un individuo con pinta de no haber visto una pastilla de jabón en mucho tiempo cruzó el local y se dirigió a la mujer:

—¿Quieres bailar conmigo, preciosa?

Esta se envaró como un resorte.

—No, gracias.

El borracho insistió:

—Podríamos pegarnos un buen revolcón —dijo con voz trémula y aguardentosa—. Te aseguro que te lo vas a pasar muy bien.

La desconocida se mostró altanera:

—¡Déjeme en paz!

Este la agarró por la muñeca con violencia.

—A mí no me desprecia ninguna zorra —resopló amenazadoramente—. ¿Te enteras?

El posadero intervino en la conversación:

—Deja tranquilas a las señoras, amigo —gruñó—. Como molestes a la clientela, te las verás conmigo.

El borracho hizo oídos sordos a su aseveración.

—Vamos a la parte de arriba —instó mientras intentaba llevarla hacia las escaleras—. Te voy a enseñar buenos moda…

Antes de que pudiera terminar la frase, salió despedido por los aires y se derrumbó con la mandíbula rota; el puñetazo del sajón lo había dejado fuera de combate. Este se quitó el sombrero y efectuó una reverencia.

—Lamento haberme inmiscuido en vuestros asuntos, mi señora —se disculpó—. ¿Se encuentra usted bien?

La mujer lo estudió de la cabeza a los pies mientras recuperaba su aplomo.

—Le agradezco su ayuda, caballero.

Los parroquianos no prestaron atención alguna al incidente y volvieron a sus copas. No era la primera vez que contemplaban una trifulca, ni la última. Stark tomó las riendas de la situación.

—Le invito a mi humilde mesa —ofreció—. No creo que beber a solas con su amiga sea una buena idea. Le prometo que ningún borracho os volverá a dar problemas.

Stark notó la sonrisa de la mujer debajo de la capucha.

—Será un placer, señor.

Este hizo un gesto al tabernero:

—Apúntelo en mi cuenta —señaló—. Una botella de brandy y vasos para todos.

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Comentarios: 7
  • #1

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